El vestido femenino en el siglo XVIII


          Durante el siglo XVIII la todopoderosa Corte de Versalles marcó la pauta con respecto a la manera de vestir en toda Europa. Hacia 1707 la implantación de la nueva moda en España era un hecho. El vestido de la mujer podía ser entero o constar básicamente de dos piezas: casaca y basquiña. La primera era una chaqueta entallada que llegaba hasta las caderas, por cuyas mangas asomaban los encajes de la camisa; bajo la casaca se usaba el “monillo”, un cuerpo sin mangas. El “petillo” era una pieza de adorno rígida y en forma de triángulo que se cosía delante del pecho. El escote, que era pronunciado, podía ir cubierto por una especie de pañuelo llamado bobillo que solía ser de seda.

Anton Rafael Mengs. Maria Carolina de Lorena. Reina de Nápoles. c 1768. Museo del Prado. Madrid
Anton Rafael Mengs. Maria Carolina de Lorena. Reina de Nápoles. c 1768. Museo del Prado. Madrid
Petillo 1730-40. Museo del Traje. Kyoto.
Petillo 1730-40. Museo del Traje. Kyoto.

         La basquiña o saya era la falda y  habitualmente se confeccionaba a juego con la casaca. El guardapiés o tapapiés era una falda larga, por cuyo nombre sabemos su función. En España estaba muy mal visto que los pies de las mujeres quedaran al descubierto, se entendía como algo pecaminoso. Sin duda, esta era la pieza más costosa ya que para su confección se destinaban los materiales y adornos más lujosos como seda, raso, encajes o guarniciones de plata entre otros. A partir de mediados del siglo XVIII las faldas subieron un poco por lo que los pies ya quedaron a la vista.

          Para ahuecar la falda se usaba el miriñaque, llamado tontillo en España, este era  un artefacto que comenzaba en las caderas, formado por cinco hileras de aros de  caña o acero unidos entre sí por cuerdas. Esta pieza pasó de ser redondeada a tener forma mas bien rectangular como podemos apreciar en el retrato de la reina María Luisa de Parma. Como resultado  cada dama ocupaba mucho espacio lo que incluso provocó la transformación de los asientos, retranqueando los brazos para su mejor acomodo. En ocasiones las faldas  eran tan anchas  que solo podían cruzar  las puertas o espacios estrechos de una en una.

Francisco de Goya. La reina María Luisa con tontillo. 1789. Museo del Prado. Madrid.
Francisco de Goya. La reina María Luisa con tontillo. 1789. Museo del Prado. Madrid.

          El delantal, era otro elemento cotidiano que no sólo se utilizaba para las labores caseras, sino que formaba parte del atuendo tal  y como puede verse reflejado en las pinturas  de la época. Las damas los lucían de telas livianas como seda o muselina, a veces guarnecidos de encajes. Para abrigarse  se cubrían con mantos o capotillos, cuyos materiales variaban según la estación del año, siendo el más común el paño, pero también eran corrientes la llamada piel de liebre (mezcla de lana y pelo de cabra) y la de camello, incluso para la confección de vestidos. Los mantos iban desde la cabeza al ruedo de la falda y se ataban a la cintura con una cinta; Los más elegantes se confeccionaban con telas ligeras, el  manto de  “humo” era negro en señal de luto, el “de lustre” brillante  y el “de soplillo” muy fino, de ahí su nombre. En las manos podían llevar guantes, mitones y manguitos.

Manguito. Epoca Carlos III. Museo del Traje. Madrid.
Manguito. Epoca Carlos III. Museo del Traje. Madrid.

          A finales del siglo XVIII, la española comenzó a “uniformarse” para salir a la calle, usando  una basquiña negra y larga sobre el resto de la ropa, que una vez llegaban a casa se quitaba. Esta prenda era algo consustancial a todas las clases sociales, cada mujer tenía al menos una; por lo que en los paseos de las ciudades se apreciaba cierto parecido  en el vestir ya que todas usaban basquiña negra y mantilla. En cuanto a los colores, conforme avanzaba el siglo se iban suavizando tendiendo a tonos pastel en tonalidades como el rosa, el celeste o el amarillo. Este último le encantaba a María Antonieta.

Zapatos. 1730 Museo del traje. Madrid
Zapatos. 1730 Museo del traje. Madrid

          Caballeros y damas usaban zapatos de tacón, el cual levantaba el talón y empujaba el pie hacia delante, siendo la punta estrecha, el empeine se cerraba por medio de una lengüeta con hebilla. Las personas adineradas usaban hebillas de plata u oro, a veces salpicadas de piedras semipreciosas. El calzado se fabricaba con telas o pieles como el becerrillo, el cordobán o la badana. A raíz de la Revolución Francesa la indumentaria se transformó por completo tendiendo hacia el “look” campestre inglés y hacia la antigüedad clásica. No hay que olvidar que los descubrimientos de Pompeya y Herculano supusieron una revolución estética en todos los órdenes desde la arquitectura a la pintura pasando por la moda y el peinado. Las mujeres comenzaron a usar vestidos sueltos y vaporosos, tal y como hacían las estatuas romanas. El tejido estrella fue la muselina. El talle pasó a situarse bajo el pecho y el calzado se hizo plano, incluso se pusieron de moda las sandalias. El sexo femenino se libró, al menos por unos años, de los incómodos corsés, miriñaques y tacones altos.

4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Me ha parecido fantástico, como siempre he aprendido mucho con tu artículo.
    En cierta ocasión leí que la moda femenina que tendía a los clásicos romanos después de la Revolución no tuvo mucho éxito, duro más bien poco, no sé que habrá de cierto. Sobre todo el confeccionar los vestidos de las señoras con muselina, parece ser que se les notaban todos los defectos de sus cuerpos y pasó pronto. Ya te comento no se que veracidad tendrá esto.
    No tenía ni idea que a María Antonieta le encantara el color amarillo.
    De todas formas ¡ Que horror !, que moda tan incómoda.
    Una duda, ¿ Por que se ponian todas una basquiña negra sobre sus faldas ?, no le veo el sentido.

    1. Por lo visto a finales del siglo XVIII las mujeres salían a la calle “uniformadas” con la mantilla negra o blanca y la falda siempre negra. Yo tampoco entiendo muy bien por qué se hacía, ya que parece algo incómodo y engorroso ir quitándose la falda cuando se entraba en casa. Viajeros extranjeros cuentan esta costumbre de las mujeres españolas también bastante sorprendidos. Los criticones contaban que lo hacían para así pasar mas desapercibidas, vete tu a saber.
      Muchas gracias.

      1. No sé lo mismo era que como las calles estaban tan sucias así no se manchaban. ¡ “Vaya usted a saber” !….¿ Y los zapatos ?, estarían perdidos.
        Mi abuela contaba que las señoras de la época de mi bisabuela se cosían en el bajo de la falda un fieltro, éste recogía el polvo del suelo, se descosía y se cambiaba por otro cuando estaba sucio, una porquería.
        La verdad es que como los tejidos eran tan diferentes, no había lavadora, ni tinte, la higiene brillaba por su ausencia.
        Si nos trasladáramos en el túnel del tiempo 100 años atrás o menos nos moriríamos, con la higiene actual no podríamos vivir en esa época. Cogeríamos alguna infección y ” caput”.

  2. Mercedes dice:

    Muy interesante y entretenido Bárbara!!……. Ya lo leí en su día, y lo vuelvo a releer …..

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