El toreo caballeresco


La primera constancia documental que se tiene de una corrida de toros  celebrada por la Corona se remonta al siglo XII, lo que no implica que no se produjeran con anterioridad. El poder político festejaba sus triunfos por todo lo alto y parece que los toros eran una parte inexcusable de los mismos. Las plazas públicas, convenientemente preparadas con andamios y gradas, servían de escenario a los lances. El siglo XVII supuso sin duda el momento culminante del toreo caballeresco. La Corte española estuvo radicada en Valladolid desde 1601 a 1605, donde nacieron la infanta Ana, futura reina de Francia y nuestro Felipe IV. Los festejos públicos que la ciudad costeó a lo largo de la centuria  fueron de todo tipo, no solo se celebraban toros y cañas en las plazas sino también el llamado toro enmaromado y el enfrentamiento de toro y león. Por  las calles se prodigaban otro tipo de divertimentos  tales como las vacas encascabeladas, ensogadas, bueyes y novillos.

Plaza Mayor de Valladolid en la actualidad.
Plaza Mayor de Valladolid en la actualidad.
Felipe Gil de Mena. Fiesta en la Plaza Mayor de Valladolid Segunda mitad siglo XVII.
Felipe Gil de Mena. Fiesta en la Plaza Mayor de Valladolid. Segunda mitad siglo XVII.

          Felipe III mandó construir la Plaza Mayor de Madrid, para que entre otras cosas sirviera de marco a los festejos taurinos. En 1619 fue inaugurada solemnemente con la Corte en pleno. Cada autoridad tenía su lugar asignado ocupando los reyes el balcón de la Casa de la Panadería donde no podían sufrir percance alguno si un toro se desmandaba. Para sus salidas de palacio la familia real estaba protegida y custodiada por el Real Cuerpo de Alabarderos creado por Fernando el Católico en 1504. El rey de Aragón fue víctima de un atentado en Barcelona y se decidió a crear un cuerpo especial que velara por su seguridad. Volviendo a la Plaza Mayor de Madrid, las fuentes nos cuentan que los juegos de toros eran presenciados por miles de personas, al ser de iniciativa cortesana insignes caballeros acompañados por sus séquitos participaban en los lances. El rejoneo se consideraba un ejercicio adecuado para la formación de los nobles, los cuales debían demostrar su condición, valentía y temple en el coso. Esta disciplina tenía sin lugar a dudas una dimensión de la que evidentemente carecían  otras actividades llevadas a cabo por la aristocracia.

Rodrigo de Villadrando.El príncipe Felipe, futuro Felipe IV, y el enano Soplillo Hacia 1620. Museo del Prado. Madrid.
Rodrigo de Villadrando.El príncipe Felipe, futuro Felipe IV, y el enano Soplillo. Hacia 1620. Museo del Prado. Madrid.

          Felipe IV (1605-1665) fue el monarca con mayor afición a la tauromaquia de la dinastía de los Austrias, era un consumado jinete y un hombre aficionado a todo tipo de saraos.  Fue un hombre amante de las artes y los placeres, mujeriego empedernido, católico ferviente y pecador arrepentido. Un rey versátil ya que practicaba actividades que iban desde la caza a la poesía. Sufrió la terrible desgracia de ver morir a casi todos sus hijos legítimos dejando  como heredero de tan vasto imperio a un niño enfermizo y débil que no consiguió tener descendencia. Su reinado fue muy largo, cuarenta y cuatro años que comenzaron por la temprana e inesperada muerte de su padre Felipe III en 1621,  cuando tan solo contaba con dieciséis años. A partir de este momento se abre una época de continua decadencia del imperio hispano a la vez que se produce un impresionante auge de las artes y la literatura. Los veinte primeros años de su reinado fueron pródigos en todo tipo de celebraciones. Las clases altas se holgaban con bailes, romerías, mascaradas, juegos de toros y cañas, fuegos artificiales, cacerías y representaciones teatrales entre otras cosas. También se festejaron con gran júbilo solemnidades religiosas como fueron la canonización Santa Teresa de Jesús, San Francisco Javier, San Ignacio de Loyola y San Isidro labrador en 1622 por el Papa Gregorio XV. Desde nuestra perspectiva actual resulta un poco chocante que la canonización de un santo fuera celebrada con juegos  de toros pero de hecho así fue. En honor a Santa Teresa se celebraron aproximadamente treinta corridas con mas de doscientos toros.

an de la Corte. Plaza Mayor de Madrid. Museo Municipal. Madrid.
Juan de la Corte.  Fiesta en la Plaza Mayor de Madrid. 1623. Museo Municipal. Madrid.

          Felipe IV en persona  participó en los juegos de cañas en honor al príncipe de Gales, futuro Carlos I de Inglaterra en agosto de 1623. Varios escritores se hicieron eco del acontecimiento, López de Zárate nos dejó estos versos: “Antes de que reines en las dos Bretañas, pompa te ofrecen las Españas”, el español siempre tan fatuo. En pleno siglo XVII  se produjo una eclosión del toreo caballeresco para lo cual el noble debía ir bien pertrechado. Un tratado de la época nos cuenta: “Su Magestad gusta tanto de verlo y de se haga con primor”, lo que nos indica que era un espectador exigente. La monta a la jineta era la mas común por aquellos tiempos y los jóvenes de la nobleza debían acreditar ser buenos jinetes, hecho inherente a su condición de caballeros. Antes de enfrentarse al toro su cometido era entrenar y conocer las diversas suertes. El festejo tenía un fuerte componente visual en la indumentaria de los rejoneadores y sus lacayos, al toreador no le faltaban la capa y el sombrero elementos indispensables de la indumentaria masculina de  la época.

Gregorio de Tapia y Salcedo. Ejercicios de la jineta con león.
María Eugenia de Beer.  Ejercicios de la jineta. 1643. Biblioteca Nacional de España.

          Los sombreros tenían mucho vuelo, por delante el ala se levantaba  para gozar de buena visibilidad, en cuanto a su adorno se engalanaba con las maravillosas plumas que llegaban de las exóticas aves del Nuevo Mundo. Las plumas eran  costosas por lo que se  recomendaba que solo se usara una, primero por no  perderlas pero también para evitar molestias y distracciones; en cuanto a la capa, se colocaba al  lado izquierdo. El rejoneador  mostraba la elegancia de su vestido pero lo crucial era trasladar  al público su aplomo en la lidia por lo que todos sus movimientos debían estar presididos por la templanza. Su traje estaba compuesto por las siguientes prendas: justillo, coleto, calzas, medias, borceguíes, gregoriana, espuelas, espada y por último la daga. Las ropas eran ajustadas, cómodas y confeccionadas con materiales resistentes como el ante.

 Continuará….

Gregorio de Tapia y Salcedo. Rejoneo.
María Eugenia de Beer. Rejoneo. 1643. Biblioteca Nacional de España.
Diego Velázquez. Felipe IV cazador. Hacia 1633. Museo del Prado. Madrid.
Diego Velázquez. Felipe IV cazador. Hacia 1633. Museo del Prado. Madrid.

4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Esteban dice:

    Me encanta!!! Enhorabuena Bárbara

    1. ¡Muchas gracias Esteban! Verdaderamente es un tema interesante.

  2. Mercedes dice:

    Ya lo habia leido, pero me ha encantado volverlo a hacer !!!!!!!!

    1. ¡Entonces lo tuyo es afición verdadera!
      Muchas gracias y un abrazo.

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