La verdad de la pintura


          Cuando se contempla a solas, pasados los primeros instantes, presa la mirada del hechizo ilusorio, acaba por no saber medir en dónde termina el lienzo y dónde comienza la realidad de la sala; la sugestión presenta como posible entrar en el escenario de la anécdota cortesana. Y no merced a un artificio engañaojos, propio de perspectivistas diestros.

Diego Velázquez. Las Meninas o la familia de Felipe IV. 1656. Museo del Prado. Madrid.
Diego Velázquez. Las Meninas o la familia de Felipe IV. 1656. Museo del Prado. Madrid.

            Se dirá que el juego de luces produce el efecto; y aunque ello sea cierto, que nada sin el manejo de la luz se logra en la pintura, fuera insuficiente recurso. Hay un juego más hondo y trascendental: el del estímulo ejercido sobre el contemplador para que se adentre en la profundidad del ámbito simulado; estímulo que provocan a una el vano luminoso de la puerta y el espejo. Aquél con la atracción que para los ojos tiene la luz; éste al sugerir el lugar fuera del cuadro, sitio de los Reyes; fuerzas en sentido contrario, llamadas opuestas, que impulsan a la ida y a la vuelta y, de nuevo, al retorno hasta el fondo, con recorrido reiterado que la gradación de términos facilita. Esta inquietud, de raíz barroca, se acrecienta al sentir la necesidad de otro espejo en el que Velázquez se mira al autorretratarse. Pudiera sostenerse que parte de los elementos necesarios de la composición de Las Meninas están fuera del cuadro; y en este vital desbordamiento radica la verdad de la pintura. El contemplador se trueca en testigo de presencia, envuelto por la misma atmósfera.

Diego Velázquez. Las Meninas o la familia de Felipe IV. Detalle. 1656. Museo del Prado. Madrid.
Diego Velázquez. Las Meninas o la familia de Felipe IV. (detalle). 1656. Museo del Prado. Madrid.

            Si de esto, que acaso sea la entraña de la creación artística, se pasa a la manera cómo se ha logrado, habría que demorarse en la consideración de tantos pormenores que fuera prolijidad cansada. Veamos alguno. Por ejemplo, el de la unidad de ambiente, o de atmósfera. Abundan las pinturas comparables a teatros infantiles, en las que los personajes, recortados en láminas, se separan más o menos del foro en planos paralelos. Fue invención barroca trabar en el sentido de la profundidad los distintos planos mediante figuras de enlace, situadas de través. Velázquez añade los imparables lazos del ambiente que, penetrándolo todo, dan al ámbito dentro del cual la escena se desarrolla la apariencia justa de la misma realidad, por virtud de la observación de los cambios que en los objetos –forma y color- introducen las capas de aire interpuesto.

Diego Velázquez. Las Meninas o la familia de Felipe IV. Detalle. 1656. Museo del Prado. Madrid.
Diego Velázquez. Las Meninas o la familia de Felipe IV. (detalle). 1656. Museo del Prado. Madrid.

            Contornos próximos, intermedios y remotos se funden dentro del fluido luminoso cada uno en la debida proporción; y adviértase que esta unidad de atmósfera se consigue gracias a la diferencia en intensidad y en tono de cada centímetro de superficie. Otro extremo que convendría examinar es el del colorido. Más que por su brillo y fluidez, que son grandes, sorprende el colorido de Las Meninas por su armónica valoración. Cada tono, además del grado de intensidad propio, tiene el que le proporciona la vecindad de los que le rodean.

Diego Velázquez. Las Meninas o la familia de Felipe IV. Detalle. 1656. Museo del Prado. Madrid.
Diego Velázquez. Las Meninas o la familia de Felipe IV. (detalle). 1656. Museo del Prado. Madrid.

            En el ambiente gris del recinto, que contribuyen a dorar la luz del fondo y el suelo rojizo –por cierto, de material indefinido-, cobran corporeidad los personajes lujosamente vestidos. De negro, con manga acuchillada que deja ver la camisa blanca, el pintor; de verde oliva y blanco de plata es el traje de Doña María Agustina Sarmiento, que adorna su cabellera con lazos blancos en forma de mariposa; la Infanta viste de blanco cremoso, con aderezo en el pecho y lazos color de rosa; de amarillo grisiento y blanco Doña Isabel de Velasco, con puños de encaje negro y lazos rojos, en el pelo, que es más oscuro que el de Doña Margarita y el de Doña María, lleva lazos blancos; la ropa de la enana es azul con franjas blancas, en contraste con Nicolasito, vestido con tela rojiza.

            El pormenor de los tonos, por concienzudo que se hiciese, ni dará idea vaga a quien desconozca el cuadro. La descripción del colorido llena las más inútiles páginas en un libro de arte; supóngase hasta qué punto subirá la inutilidad al referirnos en un cuadro como Las Meninas. Tampoco se deberá entrar en minucias técnicas, por ejemplo, la de las correcciones o arrepentimientos; basta señalar el más visible y notorio: la pierna derecha del enanillo, hoy graciosamente inflexionada, era en un principio vertical.

Diego Velázquez. Las Meninas o la familia de Felipe IV. Detalle. 1656. Museo del Prado. Madrid.
Diego Velázquez. Las Meninas o la familia de Felipe IV. (detalle). 1656. Museo del Prado. Madrid.

        Se diría que todos estos detalles materiales perturban la contemplación de la pintura; sumergidos en ella se desvanecen para quedar como realidades únicas las figuras en su ambiente. Y no porque Velázquez fuese “solamente un pintor de retratos”, según el juicio restrictivo formulado por Maier-Graefe, sino porque, como escribió Justi, “su marco encuadra un mágico espejo que aniquila los siglos, un telescopio para la distancia temporal, que revela los movimientos espectrales de los habitantes del antiguo Palacio hace dos siglos. En esta pintura el ideal del historiador se ha convertido en verdad y en realidad.”

Sala de las Meninas.
Sala de las Meninas.

          Esta como negación del tiempo, esta actualización de lo pasado da a Las Meninas , sobre todas sus cualidades técnicas y artísticas, un valor que trasciende del puramente estético. El cuadro en un trozo de la vida de España. La alianza extraña que se da en el lienzo entre instantaneidad y sosiego hácele manantial que fluye continuo, variable y permanente.

William Sterling Maxwell. Velázquez y sus trabajos. 1855.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. May Amiàn dice:


    https://polldaddy.com/js/rating/rating.jsMaravilloso,! Cuanto me gustaría verlo contigo! Este cuadro le cabe lo que le quieras echar!

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