Sevilla, calles tortuosas, suciedad y pestes


          En los comienzos de la Edad Moderna nuestra urbe hispalense, al igual que muchas otras, desprendía un desagradable olor y mostraba una notable suciedad en sus callejas y rincones, en el interior y fuera de su cinturón amurallado, en lugares públicos y particulares. No faltaban refugios apetecibles y cómodos para el cuerpo y la vista, pero éstos eran recintos cerrados, acotados, restringidos para una minoría de privilegiados. Claustros recoletos, deliciosos jardines privados, patios encantadores de mansiones o casas señoriales y alegres huertas aparecían por algún que otro sitio de casco urbano y de los alrededores , pero el acceso a todos estos lugares era restringido, no estando al alcance de la población sencilla y humilde el gozar de ellos.

Bartolomé Esteban Murillo. San Diego de Alcalá dando de comer a los pobres. Hacia 1646. Real Academia de San Fernando. Madrid.
Bartolomé Esteban Murillo. San Diego de Alcalá dando de comer a los pobres. Hacia 1646. Real Academia de San Fernando. Madrid.

         En contra de lo que se pudiera pensar, tampoco existían grandes plazas ni hermosos parques para el solaz de los sectores populares. Sevilla era un ciudad de calles estrechas y tortuosas, con pocos ensanches o zonas abiertas, y aunque en el siglo XVI se construyó y se derribó mucho, creándose o ampliándose determinadas plazas, se mantuvo con el predominio de la angostura. Los lugares de esparcimiento se localizaban preferentemente en las cercanías del río y en los paseos que corrían paralelamente a su cauce, aunque ya dijimos que las orillas del Guadalquivir tampoco destacaban por su limpieza y buen olor. La mayor transformación ambiental se efectuó en la década de los setenta del siglo XVI al urbanizarse la hasta entonces llamada laguna del barrio de la Feria, que pasó de ser un lugar apestoso, lleno de inmundicias e insano a convertirse en una zona de recreo, con árboles, fuentes y nuevos elementos arquitectónicos, sitio de paseo para todos, que sería el origen de la actual Alameda de Hércules (…)

Braun y Hogenbert. Civitates Orbis Terrarum. Vista de Sevilla desde el Aljarafe. 1588
Braun y Hogenbert. Civitates Orbis Terrarum. Vista de Sevilla desde el Aljarafe. 1588.

          En un entorno urbano dominado por la falta de limpieza pública y privada, con un sistema de desagüe deficiente y defectuoso, con una red viaria mal pavimentada y tortuosa, con unas calles frecuentemente inmundas, polvorientas unas veces, embarradas otras, con muchos muladares y rincones convertidos en estercoleros, todo esto propiciaba la proliferación de animales e insectos altamente peligrosos para la salud de los habitantes de la ciudad, por ser vehículos (vectores) que podían producir en cualquier momento un contagio infeccioso o generar un brote epidémico. Perros, ratas, pulgas y piojos tenían que moverse con suma facilidad y abundancia en aquel ambiente insano, siendo la suciedad dominante un buen terreno de cultivo para que a través de estos agentes (y no por los miasmas del aire “inficionado” como todos creían) se transmitieran las enfermedades y males contagiosos, de continua presencia en aquellos tiempos.

Anónimo. Vista de Sevilla. Hacia 1660. Fundación Focus Abengoa. Sevilla.
Anónimo. Vista de Sevilla. Hacia 1660. Fundación Focus Abengoa. Sevilla.

          Sobre todo, las ratas y los piojos (aquéllas difundiendo la peste por el intermedio de las pulgas cuando estaban infectadas, éstos responsables de la propagación del tifus exantemático o petequial) convivían cotidianamente con las personas, mayormente en los barrios y lugares humildes, no siendo motivo de alarma especial ni de preocupación sanitaria predominante cuando estallaba un brote epidémico. Si desde siempre habían proliferado las ratas, las pulgas y los piojos, y las personas estaban familiarizadas con su presencia, resultaba lógico que no sospechasen ni siquiera del grave peligro que estos animalillos suponían. La teoría médica, por todos admitida, decía que las pestes ( en sus variadas modalidades) se producían cuando el aire estaba viciado, corrompido o en mal estado, siendo los miasmas los causantes de la propagación de los contagios. Esta corrupción del aire podía ser causada por la conjunción negativa de los astros y por los efluvios pestilentes de las aguas estancadas, o ser achacada a la acción maligna del Diablo, aunque en esta última instancia se pensaba que el verdadero origen de tales males estaba en la acción castigadora de Dios en respuesta a los pecados de los hombres.

Bartolomé Esteban Murillo. Niño espulgándose. Hacia 1650. Museo del Louvre.
Bartolomé Esteban Murillo. Niño espulgándose. Hacia 1650. Museo del Louvre.

Juan Ignacio Carmona. Crónica urbana del malvivir (S. XIV-XVII): insalubridad, desamparo y hambre en Sevilla. Universidad de Sevilla. Secretariado de Publicaciones. 2000. pp. 43-44.

 

 

 

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s