El guardainfante, un traje del barroco español


       Los desfiles de Alta Costura, en ocasiones, despliegan sobre la pasarela modelos tan complejos y sofisticados que nos producen verdadero asombro. Pero como no hay nada nuevo bajo el sol, es preciso señalar que modas “disparatadas” han existido siempre. La moda es un reflejo de cada momento histórico, con su mentalidad, inclinaciones y expectativas. En este caso nos vamos a referir al guardainfante, un atuendo femenino del barroco español absolutamente extravagante por su riqueza y por lo exagerado de su tamaño. El guardainfante consistía en un armazón colocado alrededor de la cintura, en forma de gran cesta invertida y realizado a base de aros de metal o mimbre unidos con cintas o cuerdas, cuya función era ahuecar la basquiña (falda exterior). Debido a su gran tamaño, la tela quedaba muy estirada, por lo que lucía espléndida, probablemente sin arruga alguna. Por su complejidad y dimensiones, la falda tenía unas aberturas que permitían recolocar los alambres en el caso que se salieran de su sitio.

Diego Velázquez. Mariana de Austria. Hacia 1652. Museo Nacional del Prado.
Diego Velázquez. La reina Doña Mariana de Austria. 1652-1653. Museo Nacional del Prado. Madrid.

       Este atuendo, que se concebía en un sentido global, constaba exteriormente de un cuerpo y una falda. El cuerpo o jubón, que remataba en amplios faldones, era muy entallado y aplastaba el pecho. El busto femenino se presentaba completamente plano, para lo cual se utilizaban corpiños emballenados. Las mangas del jubón eran acuchilladas (abiertas longitudinalmente dejando asomar la camisa) y sobre el pecho se desplegaba un cuello amplio, llamado valona cariñana, en cuyo centro se colocaba un broche. El peinado tenía vital importancia, ya que la cabeza debía tener un tamaño acorde con la gran basquiña para no parecer ridículamente pequeña. Por tal motivo se ensanchó por medio de pelucas y postizos que se colocaban mediante alambres y se adornaban con flores, plumas y joyas.

Diego Velázquez. Las Meninas o la familia de Felipe IV. 1656. Museo del Prado. Madrid.
Diego Velázquez. Las Meninas o La familia de Felipe IV. 1656. Museo Nacional del Prado. Madrid.

        El enorme tamaño del vestido provocaba todo tipo de inconvenientes, siendo objeto de todo tipo de controversias y de las más airadas críticas.  Es preciso señalar que las damas no cabían por las puertas, por lo que debían franquearlas de una en una y de lado. Además, se tuvieron que modificar las puertas de los carruajes y de las sillas de manos. Más adelante, la forma redondeada de la falda evolucionó hacia un tamaño alargado que se denominó guardainfante “de codos”, ya que estos podían apoyarse sobre la falda.  Al contemplar los retratos tenemos la sensación de que las damas se hallan literalmente embutidas en una mesa. La citada tipología se puede ver en el retrato de la infanta Margarita fechado hacia 1665 y en los retratos de la marquesa de Santa Cruz y la condesa de Monterrey.

Juan Carreño de Miranda. Doña Inés de Zúñiga, Condesa de Monterrey. Hacia 1660-1670. Museo Lázaro Galdiano. Madrid.
Juan Carreño de Miranda. Doña Inés de Zúñiga, Condesa de Monterrey. Hacia 1660-1670. Museo Lázaro Galdiano. Madrid.

       Evidentemente, este vestido estaba al alcance de pocas mujeres, ya que las fuentes documentales nos informan que fue un traje usado por las capas altas de la sociedad. También debemos precisar que durante un tiempo el guardainfante fue un atuendo preceptivo en la corte española. Concretamente en Sevilla, en la colección Focus, hay una espléndida vista de la ciudad fechada en torno a 1660, en la que vemos a mujeres caminando con este vestido.

          Para rematar las “comodidades”, las señoras se subían a los chapines, una especie de zuecos con una altísima plataforma de corcho donde metían el pie ya calzado. Según un escrito de la época el tacón era tal alto que las hacía crecer prodigiosamente.  En definitiva, un conjunto absolutamente majestuoso que dejó boquiabiertos a los visitantes extranjeros, tal y como atestiguó un caballero francés en su visita a corte española en 1659: “La reina y las dos infantas estaban en el extremo de la sala, también bajo un dosel y sobre un estrado cubierto con una gran alfombra. La reina me pareció bastante joven; pero todo el tiempo que pude tomar después de que hube llegado a la primera fila, adonde me costó gran trabajo llegar, lo empleé en contemplar a la infanta.  Estaba peinada de manera como la pintan, y con un guardainfante aún mil veces mayor de lo que uno se figura; porque, sin hipérbole, la reina y la infanta estaban bastante lejos de la una de la otra y, sin embargo, sus verdugados se tocaban, y tenían todo el espacio de un dosel para ellas dos, aunque la infantita no estuviese más que sobre el borde.”

Chapines. España. 1580-1620. Victoria & Albert Museum. Londres.
Chapines. España. 1580-1620. Victoria & Albert Museum. Londres.

        Diego Velázquez nos dejó testimonio de tan singular indumentaria en diversos retratos de la familia real. Mariana de Austria, segunda esposa de Felipe IV, adoraba el guardainfante y lo usó muy exagerado. Pero al fallecer el rey adoptó las tocas de viuda hasta su muerte. Su hija, la infanta Margarita, es una de las imágenes más famosas y repetidas de la Historia del Arte, al ser el personaje central de La familia de Felipe IV, popularmente conocido por Las Meninas. La infanta, una niña de cinco años, lleva un vestido de seda brocada con un cuerpo rígido y falda sobre guardainfante, al igual que Isabel de Velasco y María Agustina Sarmiento de Sotomayor, las dos meninas que le atienden. En definitiva, aunque tal vez nos haya pasado desapercibido, uno de los cuadros más famosos de la historia nos muestra la desmesura de las modas de tiempos pasados.

Juan Bautista Martínez del Mazo. La infanta doña Margarita de Austria. Hacia 1665. Museo Nacional del Prado. Madrid.
Juan Bautista Martínez del Mazo. La infanta doña Margarita de Austria. Hacia 1665. Museo Nacional del Prado. Madrid.

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