La dama presumida

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          Juan de Zabaleta en su Día de fiesta por la mañana (1654), fue desgranando a una serie de arquetipos que poblaban el Madrid de su tiempo. Hoy nos hacemos eco de las palabras que dedica al arreglo de una dama. La acción se sitúa en casa de una mujer casadera la mañana de un día festivo. La joven nada más levantarse de la cama, se pone el peinador sobre los hombros y comienza su toilette maquillándose el rostro. El autor, algo misógino por cierto, crítica el abuso que hacían las mujeres de los cosméticos considerándolos un auténtico fraude: “…pónese a su lado derecho la arquilla de los medicamentos de la hermosura y empieza a mejorarse el rostro con ellos. Esta mujer no considera que, si Dios gustara que fuera como ella se pinta, Él la hubiera pintado primero. Dióle Dios la cara que no le convenía y ella se toma la cara que lo le conviene. Para lo que quiere la cara que se pone es para agradar a las gentes”.

Juan Carreño de Miranda. Doña María de Vera y Gasca. Hacia 1670. Colección BBVA..
Juan Carreño de Miranda. Doña María de Vera y Gasca. Hacia 1670. Colección BBVA.

          Los productos de maquillaje en el siglo XVII se denominaban afeites.  Para Zabaleta  son una estafa, ya que las mujeres engañan a los hombres pareciendo más bellas de lo que son: “Ve un hombre a una mujer en la calle más blanca que la nieve, las cejas como de ébano, las mejillas como de rosa, los labios como de coral y la garganta como de alabastro. Como no la ha visto su cara natural, piensa que es aquella su cara y enamórase  della.” Pero por desgracia nada es lo que parece, ni alabastro, ni ébano ni coral, sino pellejo oscuro, falta de cejas y mejillas sin brillo. Si el hombre pudiera comprobar lo que se encuentra bajo los afeites quedaría espantado y apartaría “los ojos de aquellos horrores”. El autor no fue el único que crítico el abuso del maquillaje, también Quevedo y otros lo denostaron.

Juan Carreño de Miranda. Doña Inés de Zúñiga, Condesa de Monterrey. Hacia 1660-1670. Museo Lázaro Galdiano. Madrid.
Juan Carreño de Miranda. Doña Inés de Zúñiga, Condesa de Monterrey. Hacia 1660-1670. Museo Lázaro Galdiano. Madrid.

         Volviendo a la dama,  nos la encontramos ya  maquillada por lo que procede a arreglarse el cabello, adornándolo con tantos lazos que parece un florero. A mediados del siglo XVII las cabezas femeninas presentaban peinados voluminosos con grandes rizos adornados con cintas, broches o plumas. Una vez rostro y peinado estaban resueltos, se procedía a la colocación del guardainfante, sin duda la parte más compleja del proceso. Zabaleta no escatima críticas hablando de este particular artilugio: “este es el desatino más torpe que el ansia de parecer bien ha caído” y prosigue: “con tanto ruedo que colgada podría servir de pabellón”. El guardainfante era una estructura fabricada con aros de mimbre o metal que se colocaba bajo la falda con el objeto de proporcionarle un considerable tamaño, llegando, en ocasiones, a diámetros  inverosímiles.

Anónimo. Vista de Sevilla. Hacia 1660. Fundación Focus Abengoa. Sevilla.
Anónimo. Vista de Sevilla. Hacia 1660. Fundación Focus Abengoa. Sevilla.

          A continuación se ponía el jubón: “Entra luego por detrás en un jubón emballenado, y queda como un peto fuerte”. Esta pieza tenía el talle en la cintura y amplios faldones, y  por aquellas fechas se llevaba escotada por delante y por detrás, de tal manera que los hombros asomaban: “traen los hombros fuera de los jubones”. Sobre el pecho se disponía la valona cariñaña, un amplio y lujoso cuello.  La dama está casi lista para salir, solo le faltan algunos complementos imprescindibles como los guantes, “una estufilla de martas”, es decir, unos manguitos de piel de marta, y  el manto de humo,  llamado así por lo fino de su tejido. En verano nuestra protagonista lleva un carísimo abanico que costó seis escudos: “hasta que se usaron los abanicos costó el aire de balde”. La mañana del día festivo, la joven ya está lista para ir a misa, a ser observada y admirada. Esperemos que después de tan largo proceso  tenga éxito en su paseo y sea admirada por muchos.

Juan Carreño de Miranda. Doña Francisca de Velasco, Marquesa de Santa Cruz. Hacia 1665-1670. Colección particular. Madrid.
Juan Carreño de Miranda. Doña Francisca de Velasco, Marquesa de Santa Cruz. Hacia 1665-1670. Colección particular. Madrid.

          En los días festivos, el teatro era uno de los entretenimientos más frecuentes. Según relata Zabaleta los hombres iban después de almorzar, pero las mujeres acudían antes para encontrar un buen asiento. El lugar  que ocupaban se denominaba  cazuela, ya que hombres y mujeres se sentaban por separado, al igual que en misa: “Entran y hállanla salpicada, como de viruelas locas, de otras mujeres tan locas como ellas”. Una vez sentadas, entraba el cobrador y comían avellanas para pasar el rato. Los espacios de socialización eran bastante limitados en el siglo XVII, momento en que el teatro se convirtió en el espectáculo por antonomasia en España. Las comedias representadas en los corrales fueron una de las diversiones favoritas. Los corrales eran patios donde se disponía un escenario sin telón. La gente sencilla se sentaba en el patio, mientras que la más distinguida se acomodaba en los palcos llamados aposentos. La cazuela estaba situada al final del patio, y justo delante del escenario había unos bancos para los plebeyos que podían pagarse una entrada más cara. Los corrales de comedias eran lugares bulliciosos donde hombres y mujeres se veían. Tanto unos como otros tenían que aguzar el ingenio para poder encontrarse, pero parece ser lo conseguían.

Corral de Comedias de Almagro. Siglo XVII.
Corral de Comedias de Almagro. Siglo XVII.

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