Un galán a la última moda


          De toda la vida ha habido modas absurdas, incómodas y caras. En aras de alcanzar la ansiada belleza, mujeres y hombres se han sometido a dictados caprichosos y extravagantes. El presente tampoco se encuentra exento de disparates, aunque se ha mejorado notablemente en aras de la comodidad. Hoy vamos a hablar de la ausencia de esto último, es decir, de las apreturas y molestias que sufrían los devotos de las últimas tendencias en la España del siglo XVII.

         El escritor y dramaturgo Juan de Zabaleta nos ofrece en el Día de fiesta por la mañana, un relato costumbrista donde nos muestra su particular visión de los tipos que poblaban la sociedad madrileña de mediados del siglo XVII. El autor va narrando la manera de solazarse de distintos arquetipos, quedando muchos de ellos bastante mal parados. Los capítulos dedicados al galán y a la dama nos son de gran ayuda para acercarnos a la indumentaria española del Barroco, mientras se hace una enconada crítica a las personas preocupadas en exceso por su aspecto físico, y por lo tanto, demasiado presumidas y esclavizadas por la moda.

Bartolomé Estebán Murillo. Don Andrés de Andrade y la Cal. 1665. Metrpolitan Museum of New York.
Bartolomé Estebán Murillo. Don Andrés de Andrade y la Cal. 1665. Metrpolitan Museum of New York.

          El galán era un individuo vanidoso cuyo traje debía estar a la última. El estoico joven debía sufrir todo tipo de apreturas para presentarse en sociedad absolutamente arrebatador. El traje del caballero español era excesivamente ceñido. y por lo tanto. muy incómodo. El relato comienza en casa del joven la mañana del día festivo, una vez se ha levantado de la cama procede a arreglarse con esmero para salir a la calle a dejarse ver. Para tan complicado procedimiento es asistido por varias personas a su servicio. Nuestro protagonista se va embutiendo en todas las prendas, hasta quedar hecho un auténtico pincel. Entre todas ellas, el autor destaca el precioso jubón (prenda de manga larga que se ponía sobre la camisa) confeccionado con un rico tejido. Sobre el uso de telas recamadas de oro o plata es importante resaltar que estaban prohibidas, aunque parece ser que este veto no se respetaba. Felipe IV promulgó una serie de disposiciones sobre el uso de determinados tejidos y la prohibición de otros tantos.

Antonio de Pereda. El sueño del caballero. Hacia 1650. Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Madrid.
Antonio de Pereda. El sueño del caballero. Hacia 1650. Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Madrid.

          El traje de los españoles era muy ceñido, lo cual provocaba una postura envarada que sorprendía a los extranjeros. El tormento también afectaba a los pies, ya que los zapatos debían quedar muy apretados. El caballero francés Antonio de Brunel, que visitó España en 1654, quedó impresionado del martirio que debían sufrir los hombres, sobre todo en lo que respecta al calzado estrecho. Zabaleta se mofa de esta absurda moda detallando el tremendo esfuerzo que debe hacer el oficial de zapatero para calzar al presumido galán, cuando lo más fácil y lógico sería usar un zapato cuya medida fuera acorde con la del pie y dejarse de extravagancias.

Bacía de barbero. Porcelana vidriada de pasta dura, esmaltada con decoración de la familia azul con escudo de armas de familia Holandesa. China. Hacia 1700. Honolulu Academy of Arts.
Bacía de barbero. Porcelana vidriada de pasta dura, esmaltada con decoración de la familia azul con escudo de armas de familia Holandesa. China. Hacia 1700. Honolulu Academy of Arts.

         Acto seguido entra el barbero. El galán toma asiento para que se proceda al afeitado de su bello rostro. Sobre sus hombros se despliega un peinador y se le coloca la cabeza en la bacía, para pasarle el jabón y la cuchilla (por esas fechas estaba de moda el bigote con las puntas hacia arriba, para lo cual se usaban hierros calientes). El galán ya está vestido, calzado y afeitado por lo que se procede a la colocación de la golilla, un tipo de valona que comenzó a usarse en España hacia 1623. Zabaleta la aborrece por su incomodidad y afirma:”… es como meter la cabeza en un cepo, tormento inexcusable en España. Ésta es la nación de cuantas la razón cultiva, que menos cuida de sus comodidades. Está la golilla aforrada en blanco por dejar de la valona no más que algunos visos”. Después se ciñe la ropilla (prenda exterior con mangas), tan ajustada que le cuesta un rato atarse el cinturón.

Diego Velázquez. Felipe IV. 1656. National Gallery. Londres. El rey lleva golilla y bigote con puntas para arriba.
Diego Velázquez. Felipe IV. 1656. National Gallery. Londres. El rey lleva golilla y bigote con puntas para arriba.

          Para poder vestirse y ser afeitado cómodamente, el joven se ata el pelo con una cinta. Una vez concluido todo el proceso se la retira cayendo la melena en guedejas. Este tipo de peinado fue muy criticado, incluso el mismo rey lo prohibió en 1639, el veto rezaba así: “Prohibición de guedejas y copetes en los hombres sin excepción de privilegio o fuero”. Zabaleta pone de manifiesto, una vez más, que las leyes en materia de indumentaria no se acataban. Ya con la melena al viento, el caballero solo precisa espada, capa y sombrero. El mismo se pone el acero al cinto y un criado le coloca la capa de bayeta (paño) labrada con puntas (encajes). Por último, se acomoda un sombrero de castor negro, nada más y nada menos que confeccionado en París; el autor echa pestes de su alto precio, afirmando que con un solo sombrero se podrían comprar mantos para seis viudas pobres.

Juan Carreño de Miranda. El duque de Pastrana. Hacia 1679. Museo del Prado. Madrid.
Juan Carreño de Miranda. El duque de Pastrana. Hacia 1679. Museo del Prado. Madrid.

          El caballero luce espléndido y pide un espejo para admirar su bella estampa: “Pónese el sombrero en la cabeza y danle el espejo. En él se hace el galán una visita de cumplimiento a sí mismo, porque parece que era dejar una obligación vacía salir de casa sin haberse mirado. Agradáse de verse tan compuesto y dase la norabuena de lindo”. Nuestro protagonista ya está listo para salir a la calle la mañana del día festivo, esperando que alguna dama caiga rendida a sus encantos. Esperemos que así sea.

Bartolomé Esteban Murillo. Retrato de Íñigo Fernández de Velasco, duque de Frías.
Bartolomé Esteban Murillo. Íñigo Fernández de Velasco, duque de Frías. 1658. Museo del Louvre. Paris.

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