María Antonieta, reina del rococó


          El concepto de belleza femenina está en estrecha relación con cada momento histórico. Cada época tiene sus preferencias y sin duda alguna, María Antonieta de Habsburgo- Lorena encarnó el ideal del Rococó. Desde nuestra perspectiva actual, tal vez la reina de Francia no nos parezca la más bella, pero a juzgar por los relatos de sus contemporáneos, poseía un gran magnetismo. Su atractivo residía en el conjunto de su persona y en sus delicadas facciones.

Louise Élisabeth Vigée Le Brun. Maria Antonieta con una rosa. 1783. Palacio de Versalles.
Louise Élisabeth Vigée Le Brun. Maria Antonieta con una rosa. 1783. Palacio de Versalles.

          Físicamente María Antonieta era menuda, esbelta, rubia, de piel blanca y ojos claros. En cuanto a su forma de ser era risueña, inconstante, frívola, y rabiosamente coqueta. Su atractivo era innato, incluso algunos de los que tanto la difamaron quedaron prendados al conocerla personalmente. Según Madame de Staël: “Es imposible poner más gracia y bondad en la cortesía. Posee un especie de sociabilidad que nunca le permite olvidar que es reina, y siempre hace como si lo olvidara.” A pesar de los sabios consejos de su experimentada madre la emperatriz María Teresa de Austria, que le instaba a ser sencilla en su atavío, discreta y trabajadora, María Antonieta se lanzó a los placeres que le proporcionaba su altísima posición. Adoraba el baile y el juego, trasnochaba y se sentía oprimida por la rígida etiqueta que debía seguir en la corte de Versalles, donde cada uno de sus movimientos estaba reglado. Para escapar hizo que su marido le regalara el Petit Trianon, pabellón en el recinto de Versalles que había construido Luis XV, allí se sentía más cómoda rodeada de sus amistades y sin tanto protocolo.

Ange-Jacques Gabriel. Petit Trianon. 1764-72. Inauguración 1769. Versalles.
Ange-Jacques Gabriel. Petit Trianon. Construcción 1764-72. Inauguración 1769. Versalles.

          Luis XVI era la antítesis de su mujer, tanto física como psíquicamente. Sus retratos nos muestran un hombre entrado en carnes y poco atractivo. Su pasión era la caza que practicaba casi a diario y los trabajos manuales. El rey era un hombre de costumbres ordenadas, tímido, bondadoso, amante de la lectura y con una manifiesta incapacidad para tomar decisiones. A pesar de no ser derrochador,  no le negaba nada a su mujer que gastaba a manos llenas en trajes, joyas y todo tipo de atavíos. En cualquier caso, se debe resaltar que la reina para su vida íntima prefería modelos sencillos, de hecho comenzó a usar el llamado vestido-camisa, un traje blanco de una extrema sencillez. En palabras de Caroline Weber, autora de Reina de la moda: “De manera paradójica, para una mujer que se hizo famosa por su presunta frivolidad y su compromiso exagerado con el lujo excesivo, prefería vestir de manera informal. (…) Una de las ironías de la Revolución Francesa es que este vestidito blanco se convirtió, básicamente, en el uniforme de las revolucionarias. Las mujeres que consideraron que María Antonieta había sido terrible para Francia y clamaron porque le cortaran la cabeza, y clamaron por beber su sangre, fueron las mismas que quedaron encantadas con el vestidito blanco por su sencillez, y porque era bastante barato”.

Elisabeth Vigée-Lebrun. María Antonieta con traje de muselina. 1783. Museo de Versalles. María Antonieta luciendo la polémica "robe chemise" hecha por Rose Bertin.
Elisabeth Vigée-Lebrun. María Antonieta con traje de muselina. 1783. Museo de Versalles. María Antonieta luciendo la polémica “robe chemise” hecha por Rose Bertin.

           La vida en la corte estaba presidida por una rígida etiqueta, por los que María Antonieta nada más levantarse por las mañanas, tenía que tomar una decisión trascendental: el atuendo que iba a lucir ese día. La camarera mayor asistida de la primera doncella le presentaba un libro de muestras donde se hallaban prendidas con alfileres las telas de sus cientos de vestidos. Dependiendo de sus actividades de la jornada se decidía por uno u otro. Ser reina de Francia equivalía a ser el máximo exponente de la elegancia y la sofisticación por lo que su guardarropa era fastuoso. Stefan Zweig cuenta para cada estación se confeccionaban nada menos que doce trajes de gala, doce vestidos de fantasía y doce vestidos de ceremonia. La moda francesa era seguida por el resto de Europa y ella su más insigne representante, o como se dice hoy en día, su mejor embajadora.

Jean-Françoise Janinet. Rose Bertin. Antes de 1790.
Jean-Françoise Janinet. Rose Bertin. Antes de 1790.

          Rose Bertin fue la gran modista de la reina. A pesar de ser una costurera de origen humilde se convirtió en un personaje  crucial en la vida de María Antonieta, que se reunía a solas con ella dos veces por semana en sus habitaciones privadas para planear y decidir los nuevos modelos, cada vez más complejos y extravagantes. Juntas formaron un tándem creador de una de las indumentarias más sofisticadas y lujosas que han usado las mujeres a lo largo de la historia. Rose alcanzó un enorme éxito profesional desde su negocio situado en la Rue Saint-Honoré ya que las grandes damas de la corte, esclavas de la última moda,  no querían quedarse atrás. Se desató una loca pasión por el lujo que llevó a un  gran derroche económico, a juzgar por las airadas  críticas de algunos maridos. María Antonieta desde que subió al trono, a la temprana edad de diecinueve años, concibió su papel en el sentido de ser la mujer más elegante y refinada de Francia, y desde luego lo consiguió con creces. Desempeñó su cometido de reina en la forma, como si fuera un personaje teatral, pero no comprendió el profundo significado de su cometido por lo que desatendió sus principales responsabilidades, aunque esa es otra historia.

Elisabeth Vigée-Lebrun.María Antonieta en traje de corte. 1778. Museo de Viena. La reina luce una creación de Rose Bertin.
Elisabeth Vigée-Lebrun. María Antonieta en traje de corte. 1778. Museo de Viena. La reina luce una creación de Rose Bertin.

 

 

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