La moda de las grandes pelucas


En la actualidad gran parte de la publicidad destinada a la mujer tiene como objeto el cuidado del cabello. Actrices y cotizadas modelos prestan sus melenas para vender todo tipo de productos que conseguirán que nuestro pelo luzca radiante, con cuerpo y sin una sola cana. La marca francesa L´Oreal cuenta desde hace más de veinticinco años con la actriz Andie MacDowell para publicitar su coloración. La americana luce una espléndida madurez convenciendo a millones de consumidoras de la calidad del producto. La lucha contra las canas es una batalla perdida de antemano, pero en nuestra cultura el pelo blanco es sinónimo de edad avanzada. En la era donde se trata de parecer joven a toda costa, el pelo canoso tiene pocas adeptas.

Andie Macdowell.
Andie MacDowell.

Pero el pelo blanco no estuvo siempre tan denostado, es más hubo una época en que causó furor. Si prestamos atención a los retratos de buena parte del siglo XVIII, reparamos en que reyes, reinas, damas y caballeros de todas las edades, incluso niños, lucen el pelo gris o blanco. Las primeras escenas de la película Las amistades peligrosas (Stephen Frears 1988) son elocuentes en este sentido, ya que muestran el arreglo matutino de la alta nobleza en los años previos a la Revolución Francesa. Vemos como el vizconde de Valmont (encarnado magistralmente por John Malkovich) es atendido por varios sirvientes que le bañan, visten y acicalan. La última parte de la “toilette” del joven libertino consiste en el empolvado de la peluca previamente seleccionada. Sobre los hombros se disponía un amplio paño llamado peinador para evitar que la casaca se manchara. El rostro se cubría con una máscara en forma de cono y se pulverizaban los polvos de arroz con los que se lograba esa tonalidad cenicienta tan a la moda.

Fotograma de la película
Stephen Frears. Las amistades peligrosas. 1988.
John Malkovich en el papel de Valmont. Las amistades peligrosas. Stephen Frears. 1988.
Stephen Frears. Las amistades peligrosas. 1988. John Malkovich en el papel del vizconde Valmont.

En el siglo XVII los franceses comenzaron a usar peluca. Luis XIII fue el primer rey que optó por disimular su calvicie y lo mismo hizo su hijo Luis XIV a los treinta y cinco años de edad al ir perdiendo su precioso pelo. La moda de las pelucas comenzó hacia 1670, los comerciantes mandaban cortadores de pelo por toda Europa. El largo de la melena apropiado para su fabricación debía tener un mínimo de setenta centímetros de longitud. En 1659 se fundó en París el gremio de “Barberos fabricantes de pelucas”. De esta época data el primer peluquero famoso llamado Champagne, así como la inauguración de los primeros salones de peluquería regentados por hombres y mujeres. Para la elaboración de pelucas también se utilizaba pelo de cabra y caballo.

Gian Lorenzo Bernini. Busto de Luis XIV. 1665. Palacio de Versalles.
Gian Lorenzo Bernini. Busto de Luis XIV. 1665. Palacio de Versalles.

El ampuloso gusto de la corte de Versalles imponía unas enormes pelucas de pelo largo y rizado. La cabeza masculina se asemejaba a la de un león aunque un poco más ordenada. Las pelucas de pelo tan largo exigían una gran cantidad de “género” por lo que su precio solo estaba al alcance de los más pudientes. En cuanto al color, el mejor valorado en Francia fue el rubio ceniza, mientras que en Inglaterra causaba furor el negro azabache, es decir, lo que más escaseaba en cada país correspondiente. El hombre siempre descontento con lo que tiene, busca y desea de lo que carece.

 Nicolas de Largillière. Retrato de un caballero en traje púrpura. Hacia 1700. Museumslandschaft Hessen Kassel.
Nicolas de Largillière. Retrato de un caballero en traje púrpura. Hacia 1700. Museumslandschaft Hessen Kassel. Kassel. Alemania.
Gustaf Lundberg. François Boucher. Hacia 1741. Museo del Louvre. Paris
Gustaf Lundberg. François Boucher. Hacia 1741. Museo del Louvre. Paris

Después de varias décadas de “pelucones” los hombres se liberaron un poco adoptando apéndices capilares más sencillos en cuanto a forma y tamaño. A mediados del siglo XVIII según apreciamos en las pinturas, los hombres lucían unos pequeños rizos a los lados de la cabeza recogiendo el postizo con una lazada en coleta o trenza. La ventaja del uso de las pelucas no solo era disimular la calvicie, sino ir siempre correctamente peinado.

Jean-Baptiste Simeón Chardin. El niño de la peonza. 1738. Museo del Louvre. Paris.
Jean-Baptiste Simeón Chardin. El niño de la peonza. 1738. Museo del Louvre. Paris
Hubert Drouais.El delfín Louis de Borbón. Museo Nacional del Prado. Madrid.
Hubert Drouais. El delfín Louis de Borbón. Museo Nacional del Prado. Madrid.

Las damas se apuntaron a esta estrafalaria moda bien entrado el siglo XVIII, el primer cambio se produjo empolvando su pelo natural de blanco. El estilo Luis XV presentaba cabezas pequeñas con un sencillo moño dispuesto en la coronilla. Los escotes eran amplios, y a veces el peinado se adornaba con pequeñas flores.

Jean-Marc Nattier. Adelaida de Francia.
Jean-Marc Nattier. Adelaida de Francia. 1765. Palacio de Versalles.

Los disparatados peinados que se lucieron por toda Europa antes de la Revolución Francesa, de los cuales María Antonieta fue su principal valedora merecerán un capítulo aparte. Es preciso señalar que cuando la archiduquesa llegó a Francia en 1770, los peinados femeninos ya habían empezado a crecer y complicarse introduciendo en ellos vistosos adornos como flores, cintas y plumas. El Siglo de las Luces llevó las cabezas a unas cotas de lujo y sofisticación que hasta ahora no han sido superadas.

Antoine-François Callet. Retrato de la princesa de Lamballe. Hacia 1776. Palacio de Versalles.
Antoine-François Callet. Retrato de la princesa de Lamballe. Hacia 1776. Palacio de Versalles.

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