La moda femenina del Rococó al Imperio


          La moda puede parecer algo frívolo y banal, pero no lo es en absoluto ya que encierra toda una serie de componentes sociológicos, además de ser un motor económico clave. En la actualidad disfrutamos de una enorme libertad en cuanto al vestir se refiere, ya que accedemos a todo tipo de prendas y complementos a precios asequibles. Los armarios femeninos están literalmente abarrotados. La publicidad se encarga de hacernos desear las nuevas tendencias para hacernos con ellas a la mayor brevedad posible. Simplemente observando cómo viste un individuo tenemos información no solo de su capacidad económica, sino también de sus gustos y personalidad. La globalización y el impresionante fenómeno de Internet han hecho posible una verdadera eclosión en lo que al negocio de la moda se refiere.

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          Antiguamente solamente las personas adineradas disfrutaban de la posibilidad de contar con absolutamente de todo y en grandes cantidades. Analizando documentos notariales de los siglos XVII y XVIII comprobamos que pocas personas tenía variados atuendos. La ropa era muy costosa y todo se confeccionaba a mano, por lo que la invención y perfeccionamiento de la máquina de coser en el siglo XIX supuso una auténtica revolución. Caballeros y damas debían someterse  a un complicado proceso para su atavío. La sencillez era algo que en personas de alto rango, por lo general, ni siquiera se contemplaba ya que debían ir arregladas conforme a su estatus, lo que implicaba un desembolso considerable. Los gobernantes se preocupaban por los excesivos gastos en este sentido, de hecho se dictaron numerosas pragmáticas contra el lujo a lo largo de la Edad Moderna con el fin de prohibir el uso de costosos tejidos y de proteger la industria nacional

Máquina de coser Singer. 1878.
Máquina de coser Singer. 1878.

        La moda puede llegar a esclavizar, sobre todo a la gente joven. Como hemos apuntado anteriormente, las mujeres del siglo XXI gozamos la posibilidad de elegir por lo que se puede ir vestida a la última y cómodamente. Por desgracia nuestras antepasadas no tuvieron la misma suerte, las mujeres iban embutidas en un sinfín de prendas como el corsé y su antepasado la cotilla o corpiño. La cintura debía ser ínfima, la falda larga y con ahuecadores en su interior, los tacones altos y las joyas grandes. Esto sin hablar del furor, surgido en Francia y exportado a todo el continente, de las descomunales pelucas llamadas “poufs”. Un auténtico dislate cuyo peso debía producir fuertes dolores de cabeza; a tal extravagancia se llegó que las damas iban de rodillas en los carruaje para que pudieran caber tan inmensos artilugios.

Peinado a la independencia o el triunfo de la libertad. Caricatura. Hacia 1780.
Peinado a la independencia o el triunfo de la libertad. Caricatura. Hacia 1780.

         La historia es cíclica y a grandes excesos suelen suceder periodos más discretos. La moda suele estar en íntima conexión con cada época y hasta la misma María Antonieta, una adelantada a su tiempo en estas cuestiones, decidió adoptar un “look” más sencillo y natural usando un traje vaporoso y sin apreturas al que se llamó “vestido camisa”. Sus contemporáneos quedaron desagradablemente impresionados  con esta nueva ocurrencia de la reina, ya que daba la sensación de ir vestida con un simple camisón. María Antonieta se hizo retratar por su pintora madame Vigée Le Brun con este nuevo atuendo. El cuadro fue expuesto en el Salón de París en 1783, pero el vestido demasiado moderno para la época causando un fuerte rechazo.

Elisabeth Vigée le brun. Marie Antoinette con traje de muselina. 1783.
Elisabeth Vigée Le Brun. Marie Antoinette con traje de muselina. 1783. Museo de Versalles.

          El descubrimiento de las ruinas de Pompeya y Herculano a mediados del siglo XVIII siendo rey de Nápoles Carlos VII (más tarde Carlos III de España), propició una vuelta a la Antigüedad clásica y su estética. Esta tendencia unida al estallido de la Revolución Francesa junto al enconado rechazo a todo lo anterior, fueron los motores de un cambio radical en la indumentaria femenina. La mujer de golpe y porrazo se liberó del corpiño, las pelucas imposibles y los tacones comenzando a vestir como las estatuas clásicas. Los colores eran claros fundamentalmente el blanco, y los tejidos vaporosos como la muselina. El calzado también se hizo a imitación de los modelos romanos y se usaron sandalias planas. El llamado estilo Imperio se decantó por siluetas sencillas con el talle bajo el pecho, brazos al descubierto y escotes despejados (sobre todo para la noche). Los vestidos eran enteros y se colocaban por la cabeza o por los pies, como abrigo se usaban chales o unas chaquetillas cortas llamadas spencer. Los peinados también se decantaron por la sencillez, con simples recogidos que imitaban modelos de la Antigüedad. En definitiva, la mujer se liberó de apreturas y tormentos aunque solo fuera por unos años.

Jacques-Louis David. Madame Récamier. 1800. Museo del Louvre. Paris.
Jacques-Louis David. Madame Récamier. 1800. Museo del Louvre. París.
Françoise Gérard. Retrato de Madame Récamier. 1805. Museo Carnavalet. Paris.
Françoise Gérard. Madame Récamier. 1805. Museo Carnavalet. París.

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