La imagen real


          Los cuentos clásicos de hadas suelen están protagonizados por príncipes y princesas. Las heroínas de los relatos infantiles personifican un ideal. La Cenicienta o La Bella Durmiente encarnan arquetipos de belleza física y moral. Recuerdo de pequeña, una colección de  cuentos antiguos en casa de mi abuela materna, eran libros ilustrados con preciosos dibujos en blanco y negro de  jóvenes  princesas con largas y onduladas cabelleras. Yo era una niña y me fascinaban aquellas imágenes.  Más adelante comprendí que las princesas de los cuentos son una cosa y las de carne y hueso otra. La ficción permite la ensoñación,  pero la realidad es bien distinta  ya que tener sangre azul no implica necesariamente poseer valores morales ni atractivo físico.

Gustave Doré. La bella durmiente del bosque. Ilustración de los cuentos de Perrault. 1867
Gustave Doré. La bella durmiente del bosque. Ilustración de los cuentos de Perrault. 1867.

          Para familiarizarnos con los rostros de la familia real española a través de los siglos, una  buena opción sería hacer un recorrido por el Museo del Prado. Una significativa  parte de los fondos de la pinacoteca provienen de la Colección Real, desde que fuera inaugurado como Museo Real de Pinturas en 1819, gracias a la determinación de  Isabel de Braganza, segunda mujer de Fernando VII.  Desde el siglo XVI hasta el XIX podemos hacer un repaso exhaustivo del aspecto físico de nuestros reyes, reinas e infantes. Al observar detenidamente la larga serie de retratos custodiados en el museo, comprobamos que en España y en resto de Europa hubo  reyes y reinas de físico poco atractivo; más si cabe teniendo en cuenta que los pintores trataban, con todos los medios a su alcance, de presentar a sus egregios modelos de la manera más digna y favorecedora posible. Tal vez la más bella sea la emperatriz Isabel en el retrato póstumo que le hizo el gran Tiziano.

Tiziano Vecellio. La emperatriz Isabel de Portugal. 1548. Museo Nacional del Prado. Madrid.
Tiziano Vecellio. La emperatriz Isabel de Portugal. 1548. Museo Nacional del Prado. Madrid.

          Una de las definiciones que nos ofrece el diccionario de la Real Academia de la palabra retrato es la siguiente: “Descripción de la figura o carácter, o sea, de las cualidades físicas o morales de una persona.” Esta definición podría estar en consonancia con lo que se pretendía transmitir a través del retrato de las cabezas coronadas, el cual debía ofrecer una imagen de majestad y poder en la que todo estaba medido y calculado, siendo fundamentales  la postura y la indumentaria. Los monarcas  aparecían rodeados de una serie de atributos de su poder tales como la corona, el bastón de mando, el manto de armiño o el toisón de oro, mientras que las reinas lucían impresionantes joyas y ropajes.

Miguel Jacinto Meléndez. María Luisa Gabriela de Saboya. Hacia 1712. Museo Lázaro Galdiano. Madrid.
Miguel Jacinto Meléndez. María Luisa Gabriela de Saboya. Hacia 1712. Museo Lázaro Galdiano. Madrid.

          En la actualidad sucede algo similar con las fotografías oficiales,  a través de ellas se trata de ofrecer una imagen atractiva e incluso cercana. Los mejores fotógrafos  son requeridos por las casas reales, estos profesionales juegan el papel que en su tiempo desempeñaron los pintores de cámara. Mario Testino ha inmortalizado en diversas ocasiones a la familia real inglesa y fue el encargado de la imagen oficial del  príncipe Guillermo con su prometida con motivo de su compromiso matrimonial. También Isabel II se puso bajo los focos de Annie Leboivitz que hizo un retrato de la soberana lleno de armonía y serenidad, emulando una obra de Sir Thomas Lawrence de 1789.

Mario Testino. Retrato del príncipe Guillermo de Inglaterra y su prometida. 2010.
Mario Testino. Retrato del príncipe Guillermo de Inglaterra y su prometida. 2010.

Annie Leibovitz. Retrato de la reina Isabel II de Inglaterra. 2007.
Annie Leibovitz. Retrato de la reina Isabel II de Inglaterra. 2007.

Sir Thomas Lawrence. Retrato de la reina Carlota de Inglaterra. 1789. National Gallery. Londres.
Sir Thomas Lawrence. Retrato de la reina Carlota de Inglaterra. 1789. National Gallery. Londres.

          Felipe VI es un hombre muy  alto, de buena planta y con innegable atractivo físico,  pero los primeros reyes de la dinastía borbónica en España junto con sus respectivas esposas fueron  más bien poco agraciados. Isabel de Farnesio y Bárbara de Braganza estaban entradas en carnes por su afición a la buena mesa, mientras que Carlos III y Carlos IV tenían una más que importante nariz. Sus respectivas mujeres tampoco les iban a la zaga, diversas  crónicas de la época  hablan sobre la supuesta fealdad de María Amalia de Sajonia, consorte de Carlos III,  estampa  que  no concuerda en absoluto con sus retratos que nos muestran a una dama de aspecto agradable.

Louis de Silvestre. Maria Amalia de Sajonia. 1738. Museo del Prado. Madrid.
Louis de Silvestre. Maria Amalia de Sajonia. 1738. Museo Nacional del Prado. Madrid.

          María Luisa de Parma fue relativamente agraciada en su juventud, pero a consecuencia de sus veintitrés  embarazos y catorces partos envejeció prematuramente, su tez se volvió amarillenta y perdió  la dentadura. Al observar el espléndido retrato de Mengs, como princesa de Asturias, y los que le pintó  Francisco de Goya años más tarde parece que nos  encontramos ante otra persona. Los pintores y escultores que trabajaron para las casas reales europeas  han transmitido  a la posteridad no solo la semblanza de reyes y reinas, sino el mensaje que las monarquías  deseaban trasladar a sus súbditos, una semblanza adecuada y representativa, no en vano el refrán dice: “Una imagen vale más que mil palabras”

Anton Rafael Mengs. María Luisa de Parma, princesa de Asturias. Hacia 1765. Museo del Prado. Madrid.
Anton Rafael Mengs. María Luisa de Parma, princesa de Asturias. Hacia 1765. Museo Nacional del Prado. Madrid.
Francisco de Goya y Lucientes. María Luisa de Parma. 1789. Museo Nacional del Prado. Madrid.
Francisco de Goya y Lucientes. María Luisa de Parma. 1789. Museo Nacional del Prado. Madrid.

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