El sombrerito y la mantilla


          “Los autores extranjeros que han hablado tanto y tan desatinadamente acerca de nuestras costumbres, al describir el aspecto de nuestros paseos y concurrencias han repetido que la capa oscura en los hombres, y el vestido negro y la mantilla en las mujeres, presta en España a las reuniones públicas un aspecto sombrío y monótono, insoportable a su vista, acostumbrada a mayor variedad y colorido.

Francisco de Goya. Retrato de Joaquina Candado. Hacia 1802. Museo de Bellas Artes de Valencia.
Francisco de Goya. Retrato de Joaquina Candado. Hacia 1802. Museo de Bellas Artes de Valencia.

 

          Hasta cierto punto, preciso será darles la razón, y acaso ésta es una de las pocas observaciones exactas que acerca de nosotros han hecho. Y decimos hasta cierto punto, porque el más preocupado con esta idea no dejaría de sorprenderse al ver la notable revolución que de pocos años a esta parte ha verificado la moda en el atavío de damas y galanes españoles. El Prado de hoy no es ya ni por asomo el Prado de 1808, ni aun el de 1832; ¡tales y tan variados son los matices que han venido a modificar su fisonomía! Con efecto, no es ya la uniformidad el carácter distintivo de aquel paseo las leyes de la moda, encerradas antiguamente en ciertos límites, dejan ya más vuelo, más movimiento a la fantasía; en esto como en otras cosas se observa el espíritu innovador del siglo; y ante su influencia terrible, que hace ceder las leyes y los usos más graves apoyados en una respetable antigüedad, ¿cómo podría oponer resistencia la débil moda, variable de suyo y resbaladiza? Es sin duda por esta razón por la que, convencida de su impotencia, ha abdicado su imperio, resignándolo en otra deidad menos rígida: es, a saber, el capricho.

Francisco de Goya. Maja en el balcón. 1808. Metropolitan Museum. Nueva York.
Francisco de Goya. Maja en el balcón. 1808. Metropolitan Museum. Nueva York.

 

          Desde que este último ensanchó los límites del imperio de la moda nada hay estable, nada positivo en ella; huyeron los preceptos dictados a la fantasía: cada cual pudo crearlos a su antojo, y el buen gusto y la economía ganaron notablemente en ello. De aquí nace esa variedad verdaderamente halagüeña en trajes y adornos: el vestido dejó de ser ya un hábito de ordenanza, una obligación social; en el día es más bien una idea animada, una expresión del buen gusto y hasta del carácter de la persona que le lleva. No es esto pretender erigir en principio la sabia aplicación de los colores a las pasiones; hartos estamos ya de celos azulados y de verdes esperanzas; pero en la combinación de todos ellos, en el dibujo, en el corte del vestido, ¿quién no reconoce aquella expresión del alma, aquella parte animada que podremos llamar la poesía del traje? Y siendo éste libre, como lo es en el día, ¿Por qué hemos de dudar que tenga cierta analogía con las inclinaciones de la persona? Así los anchos pliegues, las mangas perdidas, los ajustados ceñidores, serán adoptados con preferencia por las damas altisonantes y heroicas; la sencillez de la inocencia escogerá el color blanco, las gasas y las flores; la coquetería, las plumas; el orgullo, los diamantes, y la frivolidad y tontería… ¿pero qué escogerá la tontería que luego no se dé a conocer?

Vicente Palmaroli. Días de verano. Hacia 1885. Museo Carmen Thyssen. Málaga.
Vicente Palmaroli. Días de verano. Hacia 1885. Museo Carmen Thyssen. Málaga.

 

          Semejante observación no podía tener en lo antiguo exactitud pues, como queda dicho, la voz de la moda avasallaba todas las inclinaciones, hacía callar todas las voluntades. Arrastrados a su terrible carro, veíanse correr hombres y mujeres, jóvenes y viejos, grandes y pequeños: la figura raquítica y la colosal se doblegaban bajo las mismas formas: la morena tez se ataviaba con los mismos colores que la blanca: la esbeltez del cuerpo sufría los pliegues que plugo darle a la obesidad: el hermoso cuello gemía bajo el yugo que disimulaba el feo: y la rubia cabellera usaba los mismos lazos que tan bien decían a la del color de ébano…

Eugenio Lucas VIllaamil. En el palco. Museo Carmen Thyssen. Málaga.
Eugenio Lucas VIllaamil. En el palco. Museo Carmen Thyssen. Málaga.

 

          ¿Qué significaba entonces el vestido relativamente a la persona que le llevaba? ¿Qué quería decir una joven fría y sin gracia vestida de andaluza? ¿qué una desenfadada malagueña cubriendo los zapatos con la guarnición de su vestido? Nada, absolutamente nada, sólo que era moda: que la modista y el sastre lo querían, el traje no era más que la expresión: el sastre, la idea.

Mantilla. Encaje de chantilly. Museo del Romanticismo. Madrid.
Mantilla. Encaje de chantilly. Museo del Romanticismo. Madrid.

 

          ¡Qué diferencia ahora! El albedrío es libre en la elección; el refinamiento de la industria ofrece tan portentosa variedad en las telas y en las formas, que sería ridículo hasta el pretender reducirlas a precepto. Sin negar las debidas aplicaciones, el color negro no tiene ya respecto al gusto preferencia alguna sobre los demás; la seda sobre el hilo; el bordado sobre el dibujo. Recórranse, si no, esos surtidos almacenes, obsérvese ese Prado, y díctense después reglas fijas e invariables: telas de todos los colores y dibujos, trajes de todos los tiempos y naciones, han sustituido a la inveterada capa masculina, a la antigua basquiña femenil, y en variedad hemos ganado cuanto perdido en nacionalidad o españolismo.

John James Chalon. Una sombrerería en París. 1822.
John James Chalon. Una sombrerería en París. 1822.

 

         Una de las innovaciones más graves de estos últimos tiempos es sin duda la sustitución del sombrerillo extranjero en vez de la mantilla, que en todos tiempos ha dado celebridad a nuestras damas. En varias ocasiones se ha procurado introducir esta costumbre; pero el crédito de nuestras mantillas ha ofrecido siempre una insuperable barrera. El sombrero era un adorne, puramente de corte: como los uniformes y las grandes cruces, imprimía carácter: no hace muchos meses que una señora de gorro era equivalente a una señora de coche, y si tal vez se atrevía a pasear indiscretamente el uno sin el otro por las calles de Madrid, corría peligro de verse acompañada por la turba muchachil y chilladora. Únicamente saliendo al campo por temporada, la esposa del rico comerciante o la hija del propietario osaban aspirar al adorno de la aristocracia, al sombrero; y eso, para lucirlo en las eras de Carabanchel o en los baños de Sacedón. Hoy es otra cosa; la mantilla ha cedido el terreno, y el sombrerillo, progresando de día en día, ha llevado las cosas al extremo que es ya miserable la modista que no logra envanecerse con él”.

Luis de Madrazo. Retrato de Cecilia de Madrazo. 1880. Colección particular.
Luis de Madrazo. Retrato de Cecilia de Madrazo. 1880. Colección particular.

Traje y mantilla de blonda. 1850-1860. Museo del Romanticismo. Madrid.
Traje y mantilla de blonda. 1850-1860. Museo del Romanticismo. Madrid.

 

Ramón de Mesonero Romanos. Artículos escogidos de las Escenas Matritenses. 1835.

7 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Mercedes Valenzuela dice:

    Magnifico !!

    1. Bárbara dice:

      Muchas gracias Mercedes. Un fuerte abrazo.

  2. Milton Donoso Vargas dice:

    Es una maravilla conocer acerca del sombrerito y la mantilla. Perfecto, gracias.

    1. Bárbara dice:

      Muchas gracias por su comentario. Un cordial saludo.

  3. Rafael dice:

    Cualquier descripción literaria o iconográfica de los atuendos del pasado, incluso entre las clases más modestas, nos lleva forzosamente a la conclusión de que nunca se ha vestido tan mal en Europa como hoy, con las naturales excepciones. Tanto hombres como mujeres, pero lo que la ropa y el brutal calzado femenino actual hace con ellas hoy es un verdadero crimen.

  4. STELLA CERON dice:

    Muy romántica y femenina la moda española de esas épocas. Gracias Bárbara.

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