Madrid: la masa viviente más extraordinaria del mundo entero


 

Leonardo Alenza. Tertulianos ilustrados en el café de Levante. 1839. Muswo Lázaro Galdiano. Madrid.
Leonardo Alenza. Tertulianos ilustrados en el café de Levante. 1839. Museo Lázaro Galdiano. Madrid.

          “He visitado casi todas las capitales importantes del mundo; pero, en conjunto, ninguna me ha interesado tanto como la villa de Madrid, donde a la sazón me hallaba. No hablo de sus calles ni edificios, de sus plazas ni de sus fuentes, aunque algo de esto hay en Madrid digno de nota; Petersburgo tiene calles más hermosas; París y Edimburgo, edificios más suntuosos; Londres, plazas más bellas, y Shiraz puede alabarse de poseer fuentes más lujosas, aunque no aguas más frescas. ¡Pero la población!… Cercados por un muro de tierra que apenas mide legua y media a la redonda, se agolpan doscientos mil seres humanos, que forman, con toda seguridad, la masa viviente más extraordinaria del mundo entero; y no se olvide nunca que esta masa es estrictamente española. La población de Constantinopla es harto singular, pero han contribuido a formarla veinte naciones -griegos, armenios, persas, polacos, judíos; estos últimos, de origen español, dicho sea de paso, y que aún hablan entre sí el castellano antiguo-.

Luis Paret y Alcázar. La puerta del Sol en Madrid. Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba. La Habana.
Luis Paret y Alcázar. La puerta del Sol en Madrid. Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba. La Habana.

          Pero la población de Madrid, en su totalidad, sin otra excepción que un puñado de extranjeros, principalmente sastres, guanteros y perruquiers franceses, es española neta, aunque buena parte de ella no haya nacido en la capital. Aquí no hay colonias de alemanes, como en San Petersburgo; ni factorías inglesas, como en Lisboa; ni multitudes de yanquis insolentes callejeando, como en La Habana, con un aire que parece decir: «Este país será nuestro en cuanto queramos apoderarnos de él»; sino una población inculta, sorprendente, formada por muy varios elementos, pero española, y que lo seguirá siendo mientras la ciudad exista. ¡Salud, aguadores de Asturias, que, con vuestro grosero vestido de muletón y vuestras monteras de piel, os sentáis por centenares al lado de las fuentes, sobre las cubas vacías, o tambaleándoos bajo su peso, una vez llenas, subís hasta los últimos pisos de las casas más altas! ¡Salud, caleseros de Valencia, que, recostados perezosamente en vuestros carruajes, picáis tabaco para liar un cigarro de papel, en espera de parroquianos! ¡Salud, mendigos de la Mancha, hombres y mujeres que, embozados en burdas mantas, imploráis la caridad indistintamente a las puertas de los palacios o de las cárceles! ¡Salud, criados montañeses, mayordomos y secretarios de Vizcaya y Guipúzcoa, toreros de Andalucía, reposteros de Galicia, tenderos de Cataluña! ¡Salud, castellanos, extremeños y aragoneses, de cualquier oficio que seáis! Y, en fin, vosotros, los veinte mil manolos de Madrid, hijos genuinos de la capital, hez de la villa, que con vuestras terribles navajas causasteis tal estrago en las huestes de Murat el día Dos de Mayo, ¡salud! Y a las clases más elevadas -a los caballeros, a las señoras-, ¿las pasaré en silencio?

Lorenzo Quirós. Ornatos de la calle de las Platerías con motivo de la entrada de Carlos III en Madrid. Hacia 1763. Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. En depósito en el Museo Municipal de Madrid.
Lorenzo Quirós. Ornatos de la calle de las Platerías con motivo de la entrada de Carlos III en Madrid. Hacia 1763. Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. En depósito en el Museo Municipal de Madrid.

          En verdad tengo poco que decir de ellos. Apenas los traté, y lo que vi de sus costumbres no era muy a propósito para sublimarlos en mi imaginación. Yo no soy de los que, vayan donde vayan, siguen la inveterada práctica de vilipendiar a las clases altas y de exaltar a su costa al populacho. En muchas capitales, la parte más notable e interesante de la población es precisamente la aristocracia. Tal ocurre en Viena, y más especialmente en Londres. ¿Quién puede rivalizar con el aristócrata inglés en prestancia, fuerza y valentía? ¿Quién monta mejores caballos? ¿Quién goza de posición más sólida? ¿Quién más amable que su esposa, su hermana o su hija? Pero tratándose de la aristocracia española, así de las señoras como de los caballeros, cuanto menos se diga en cada uno de los puntos aludidos será mejor. Sin embargo, sé muy poco acerca de ellos, lo confieso; quizá tengan sus admiradores, a los que cedo la tarea de escribir su panegírico. Le Sage los describió tales como eran hace casi dos siglos; sus rasgos son poco seductores, y no creo que hayan mejorado desde que el inmortal francés los retrató. Hablaré, pues, con más gusto de las clases bajas, no sólo de Madrid, sino de toda España. Un español de la clase baja, sea manolo, labriego o arriero, me parece mucho más interesante que un aristócrata.

Cafés cantantes de Madrid. Hacia 1873.
José Blas Vega. Cafés cantantes de Madrid. Hacia 1873.

          Es un ser poco común, un hombre extraordinario. Le faltan, es cierto, la amabilidad y la generosidad del mujik ruso, capaz de dar su único rouble antes que el forastero pase necesidad; tampoco tiene su tranquilo valor, que le hace invulnerable al miedo y le impulsa, al mando de su zar, a arrostrar cantando una muerte cierta. En el carácter español hay menos abnegación y más dureza; le anima, en cambio, un sentimiento de altiva independencia que roba la admiración. Es ignorante, por supuesto; pero, cosa singular, invariablemente he encontrado en las clases más bajas y peor educadas mayor generosidad de sentimientos que en las altas. Mucho tiempo ha sido moda hablar del fanatismo de los españoles y de su mezquino recelo de los extranjeros. Esto es verdad hasta cierto punto; pero es verdad, principalmente, respecto de las clases altas.

          Si el valor o el talento de los extranjeros nunca ha alcanzado en España el premio merecido, la gran masa de los españoles no tiene la culpa de ello. He oído calumniar a Wellington en el mismo soberbio teatro de sus triunfos; pero nunca por los soldados viejos de Aragón y de Asturias, que le ayudaron a vencer a los franceses en Salamanca y en los Pirineos. “

José María Avrial y Flores.Vista de la fachada sur del Museo del Prado, desde el interior del Jardín Botánico. Hacia 1835. Museo Nacional del Prado. Madrid.
José María Avrial y Flores. Vista de la fachada sur del Museo del Prado, desde el interior del Jardín Botánico. Hacia 1835. Museo Nacional del Prado. Madrid.

 

George Borow. La biblia de España. 1843.

 

El escritor y filólogo británico George Borow (1803-1881)  realizó un periplo por España y Portugal  entre 1835 y 1840 con el fin de difundir la biblia protestante. Fruto de su viaje escribió La Biblia en España, o el viaje, las aventuras y el encarcelamiento de un inglés en un intento por difundir las Escrituras en la península, un libro de viajes de notable interés del que hemos recogido el pasaje que dedica a Madrid.

4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Oscsr dice:

    Siempre excelente y con un maravilloso aporte pictórico!!!

    1. Bárbara dice:

      Los relatos de viajeros constituyen una fuente de notable interés aunque a veces nos critiquen. Un cordial saludo Oscar.

  2. STELLA CERON R. dice:

    Muy interesante artículo. Muchas gracias

    1. Bárbara dice:

      Muchas gracias mi fiel lectora. Un cordial saludo.

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