Las impresiones de una lady inglesa en su visita a los Sitios Reales: Aranjuez, La Granja y El Escorial


Mariano Salvador Maella. María Luisa de Parma. 1789-1792. Museo Nacional del Prado. Madrid.
Mariano Salvador Maella. María Luisa de Parma. 1789-1792. Museo Nacional del Prado. Madrid.

          “El día 17 fui presentada a la reina y al rey por la duquesa de San Teodoro. Fue una audiencia privada, lo que hizo que su majestad dispensara que yo apareciera vestida con un traje con ahuecador por la parte de atrás; pero ni siquiera el pretexto de ser extranjera pudo obtener la dispensa de aparecer sin guantes ante su Católica Majestad. Esta prenda le causa al rey tal efecto repentino y violento que sólo la reina elige enfrentarse a las consecuencias. Los guantes de piel blancos producen efectos similares a muchos de la rama española de los borbones. La forma de ser de la reina es sumamente refinada. Muestra gran facilidad para entablar conversación y gusto para elegir los temas; todo lo que dijo era halagador, amable, y bien expresado. El rey era todo un bon homme y sus grandes talentos consisten en sus aptitudes como un garde de chasse.

Francisco de Goya. Carlos IV de rojo. 1789. Museo Nacional del Prado. Madrid.
Francisco de Goya. Carlos IV de rojo. 1789. Museo Nacional del Prado. Madrid.

          La reina llamó a su hijo favorito, el infante don Francisco, un niño guapo y vivo con un parecido de lo más escandaloso al príncipe de la Paz. Ella enumeró los hijos que tenía y los que había perdido: Sólo quedaban seis. ‘Encontrará feo a mi hijo mayor, al cual va a ver, es clavado a mí’. Me pidió que volviera por la tarde para ver sus diamantes por los que tiene una regia afición.

Francisco de Goya. Francisco de Paula Antonio de Borbón y Borbón-Parma, infante de España. 1800. Museo Nacional del Prado. Madrid
Francisco de Goya. Francisco de Paula Antonio de Borbón y Borbón-Parma, infante de España. 1800. Museo Nacional del Prado. Madrid

          Luego fuimos a ver a la princesa de Asturias y al príncipe, un chico torpe como los Bentincks: la pequeña princesa es muy agradable en su forma de ser. Yo no iba adecuadamente vestida; el luto por el rey de Etruria era de lana mientras que mi vestido era simplemente de crepé de color bronce y negro. Me disculpé ante la reina por no haber tenido tiempo ni aviso para prepararme. Aunque lord Holland no había sido presentado debido a la gran ignorancia de Frere de todas las reglas, ella deseaba que viera las joyas. Me es difícil saber cuál es la mejor colección, la del difunto rey Augusto de Polonia, ahora en Dresde, o ésta. El bebé nos inquietó muchísimo. La ciudad de Aranjuez está construida a trechos regulares, pero sorprendentemente mal calculada para adaptarse al clima. Las casas son bajas, las calles excesivamente anchas y la calzada cubierta de arena blanca suelta; las casas construidas con piedra blanca que refleja intensamente el calor y la luz. Los paseos y raíces de los árboles son regados con frecuencia, lo que refresca el aire, casi perniciosamente por la humedad emitida.

Francesco Battaglioli. Vista del Palacio de Aranjuez. 1756. Museo Nacional del Prado. Madrid.
Francesco Battaglioli. Vista del Palacio de Aranjuez. 1756. Museo Nacional del Prado. Madrid.

          Es un lugar de residencia sano y agradable hasta finales de mayo, pero entonces viene el calor y a causa de las aguas pantanosas de las cercanías la gente padece tercianas, etc. En algunos sitios el aire está infectado de sustancias pestilentes ya que no está permitido enterrar a ninguna persona o animal en el Sitio Real, por lo tanto se echan en un montón y se dejan pudrir. Además, el rey no siente aversión hacia esta costumbre, puesto que los cadáveres y las reses muertas sirven para alimentar a los cuervos, etc., lo cual es pesca para su red, ya que es indiferente a la calidad de su chasse. Los caballos matados por los toros en el ruedo también yacen expuestos al calor del sol. La Casa del Labrador es una pequeña casa construida por el rey en el jardín del Príncipe, bellamente equipada con muebles franceses y paredes con frescos italianos. En una habitación circular u octagonal grandes vidrieras cubren los rincones o paneles que se abren con un resorte y descubren un oratorio en un hueco, en otro un escritorio, etc. Pero la bonne bouche es un cabinet â l’anglaise ricamente equipado.Se detienen con peculiar satisfacción ante este lujo y no pasan por alto la más minúscula tubería. La familia real desayuna con frecuencia en esta supuesta mansión rural.

Vista de los jardines con el Palacio de la Granja al fondo.
Vista de los jardines con el Palacio de la Granja al fondo.

          Como el bebé estaba tan enfermo decidimos probar el aire fresco de montaña de San Ildefonso. Nos quedamos allí hasta el 7 de julio. Los jardines están considerados entre los mejores de Europa; tienen el antiguo estilo francés de setos altos podados, salons de verdure, avenidas, etc. Aunque ése es el estilo que prefiero con mucho a cualquier otro, sin embargo estos jardines son sombríos y sólo impresionantes por el número de sus fuentes que no tienen rival. Obtuvimos permiso del intendente para que pusieran las fuentes en funcionamiento para nosotros, petición normalmente concedida al pagar dos onzas de oro. Me sorprendió ver canales para conducir el agua a las raíces de los árboles, igual que se hace en Aranjuez y Madrid.

Teodoro Ardemans Palacio de la Granja. El palacio y los jardines de la Granja de San Ildefonso son el símbolo principal del reinado de Felipe V.
Teodoro Ardemans. Fuente de los jardines del Palacio de la Granja. 

          Allí no hay humedad o frescor, pero aquí la cercanía de las montañas causa frecuentes tormentas de truenos y lluvia. Además del gran jardín vimos los privados del rey y la reina; en uno nos mostraron el seto detrás del cual se oculta el rey para disparar a los gorriones. Por un momento la fachada del palacio le recuerda a uno la fea fachada de Versalles; el corps de logis es la iglesia. La fachada que da al jardín es bastante bonita; las ventanas son grandes cristales hechos en la fábrica, unidos sin marcos. El interior del palacio no es muy notable; los mejores apartamentos no están ocupados, pues Carlos III vivió en ellos, y la reina, a la que le desagrada el silencio de los jardines, prefiere quedarse en los que ella ocupó cuando era princesa de Asturias, porque desde ellos puede ver el patio donde se ejercitan los gardes de corps, etc., etc. En las salas inferiores está la colección de estatuas, bustos, y bronces que pertenecían a Cristina de Suecia y comprados a su muerte por Felipe V en Roma. Vimos la fábrica de cristal a fondo; hicieron una gran luna para nosotros. En cuanto al tamaño, se han hecho varias que superan las hechas en Francia, Bohemia, Venecia o Inglaterra. Consideran la extremada ligereza un mérito del material; las copas que están muy talladas apenas pesan más que lo haría el papel de escribir en esa forma.

Michel-Ange Houasse. Vista del Monasterio de El Escorial. Hacia 1722. Museo Nacional del Prado. Madrid.
Michel-Ange Houasse. Vista del Monasterio de El Escorial. Hacia 1722. Museo Nacional del Prado. Madrid.

          Dejamos San Ildefonso el siete de julio a las seis de la tarde. Encontramos en el camino un avance numeroso de la corte que venía con provisiones, etc., para preparar la residencia real. Descendimos a la luz de la luna que nos iluminó hasta que llegamos a El Escorial a las cuatro de la mañana. El convento y palacio de El Escorial forman un edificio de prodigiosa magnitud, sólido, triste, y más sombrío de lo que se puede imaginar. Los muros son altos y las aberturas para las ventanas demasiado pequeñas. La iglesia tiene una elevación poco común, los arcos de considerable amplitud y las columnas inmensas. La magnitud de la escala hace que el tamaño del vaisseau (no conozco una palabra inglesa igual de apropiada) parezca más reducido. Los cuadros de la sacristía están muy bien, pero no teníamos luz para distinguirlos puesto que se acercaba una gran tormenta y el cielo fue ennegrecido por cargadas nubes. No vi los claustros ni nada del interior del convento con excepción de un par de patios, porque el Sr. Frere había metido la pata como siempre con lo de la bula del nuncio, puesto que sin ese permiso no puede entrar ninguna mujer. La decepción fue menor a causa del tiempo y nuestra intención de volver allí. A las once de la noche salimos para Madrid adonde llegamos a las nueve de la mañana.”

Lady Holland y George Eliot. La España del siglo XIX vista por dos inglesas: Lady Holland y la novelista George Elliot. (1802-1804 y 1867). Zaragoza. Ediciones IFC (Serie verde). 2012. pp.132-135.