“A pesar de los numerosos presagios que le anunciaban su muerte, Décimo Bruto le convenció para que se acercase al Senado donde se habían conjurado para asesinarle. Falleció a los cincuenta y un años y por voluntad de los senadores fue incluido entre los dioses.

En el momento en que tomaba asiento, los conjurados le rodearon so pretexto de presentarle sus respetos, y en el acto Tilio Cimbro, que había asumido el papel principal, se acercó más, como para hacerle una petición, y, al rechazarle César y aplazarlo con un gesto para otra ocasión, le cogió de la toga por ambos hombros; luego, mientas César gritaba “¡Esto es una verdadera violencia!”, uno de los dos Cascas le hirió por la espalda, un poco más abajo de la garganta.

César le cogió el brazo, atravesándoselo con un punzón, e intentó lanzarse fuera, pero una nueva herida le detuvo. Dándose cuenta entonces de que se le atacaba por todas partes con los puñales desenvainados, se envolvió la cabeza en la toga, al tiempo que con la mano izquierda dejaba caer sus pliegues hasta los pies, para caer más decorosamente, con la parte inferior del cuerpo también cubierta. Así fue acribillado por veintitrés puñaladas, sin haber pronunciado ni una sola palabra, sino únicamente un gemido al primer golpe, aunque algunos han escrito que, al recibir el ataque de Marco Bruto, le dijo: “¿Tú también, hijo?”. Mientras todos huían a la des-bandada, quedó allí sin vida por algún tiempo, hasta que tres esclavos lo llevaron a su casa, colocado sobre una litera con un brazo colgando”.
Augusto de Prima Porta. Siglo I. Museos Vaticanos.
Suetonio. Vida de los doce Césares. Libro I.
