La estigmatización de San Francisco narrada por San Buenaventura


          “Cierta mañana de un día próximo a la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, mientras oraba en uno de los flancos del monte, vio bajar de lo más alto del cielo a un serafín que tenía seis alas tan ígneas como resplandecientes. En vuelo rapidísimo avanzó hacia el lugar donde se encontraba el varón de Dios, deteniéndose en el aire. Apareció entonces entre las alas la efigie de un hombre crucificado, cuyas manos y pies estaban extendidos a modo de cruz y clavados a ella. Dos alas se alzaban sobre la cabeza, dos se extendían para volar y las otras dos restantes cubrían todo su cuerpo.

Giotto. La estigmatización de San Francisco. 1325. Basílica de la Santa Cruz. Florencia. Giotto. La estigmatización de San Francisco. 1325. Basílica de la Santa Cruz. Florencia.

          Ante tal aparición quedó lleno de estupor el Santo y experimentó en su corazón un gozo mezclado de dolor. Se alegraba, en efecto, con aquella graciosa mirada con que se veía contemplado por Cristo bajo la imagen de un serafín; pero, al mismo tiempo, el verlo clavado a la cruz era como una espada de dolor compasivo que atravesaba su alma.

          Estaba sumamente admirado ante una visión tan misteriosa, sabiendo que el dolor de la pasión de ningún modo podía avenirse con la dicha inmortal de un serafín. Por fin, el Señor le dio a entender que aquella visión le había sido presentada así por la divina Providencia para que el amigo de Cristo supiera de antemano que había de ser transformado totalmente en la imagen de Cristo crucificado no por el martirio de la carne, sino por el incendio de su espíritu. Así sucedió, porque al desaparecer la visión dejó en su corazón un ardor maravilloso, y no fue menos maravillosa la efigie de las señales que imprimió en su carne.

Giotto. La estigmatización de San Francisco. Antes de 1337. Basílica superior de San Francisco de Asís.
Giotto. La estigmatización de San Francisco. Antes de 1337. Basílica superior de San Francisco de Asís.

          Así, pues, al instante comenzaron a aparecer en sus manos y pies las señales de los clavos, tal como lo había visto poco antes en la imagen del varón crucificado. Se veían las manos y los pies atravesados en la mitad por los clavos, de tal modo que las cabezas de los clavos estaban en la parte inferior de las manos y en la superior de los pies, mientras que las puntas de los mismos se hallaban al lado contrario. Las cabezas de los clavos eran redondas y negras en las manos y en los pies; las puntas, formadas de la misma carne y sobresaliendo de ella, aparecían alargadas, retorcidas y como remachadas. Así, también el costado derecho —como si hubiera sido traspasado por una lanza— escondía una roja cicatriz, de la cual manaba frecuentemente sangre sagrada, empapando la túnica y los calzones.

          Viendo el siervo de Cristo que no podían permanecer ocultas a sus compañeros más íntimos aquellas llagas tan claramente impresas en su carne y temeroso, por otra parte, de publicar el secreto del Señor, se vio envuelto en una angustiosa incertidumbre, sin saber a qué atenerse: si manifestar o más bien callar la visión tenida.

Jan van Eyck. San Francisco de Asís recibiendo los Estigmas. Hacia 1430-1432. Museo de Arte de Filadelfia.
Jan van Eyck. San Francisco de Asís recibiendo los Estigmas. Hacia 1430-1432. Museo de Arte de Filadelfia.

          Por eso llamó a algunos de sus hermanos, y, hablándoles en términos generales, les propuso la duda y les pidió consejo. Entonces, uno de los hermanos, Iluminado por gracia y de nombre, comprendiendo que algo muy maravilloso debía de haber visto el Santo, puesto que parecía como fuera de sí por el asombro, le habló de esta manera: «Has de saber, hermano, que los secretos divinos te son manifestados algunas veces no sólo para ti, sino también para provecho de los demás. Por tanto, parece que debes de temer con razón que, si ocultas el don recibido para bien de muchos, seas juzgado digno de reprensión por haber ocultado el talento a ti confiado». Animado el Santo con estas palabras, aunque en otras ocasiones solía decir: Mi secreto para mi, esta vez relató detalladamente —no sin mucho temor— la predicha visión; y añadió que Aquel que se le había aparecido le dijo algunas cosas que jamás mientras viviera revelaría a hombre alguno.

          Se ha de creer, sin duda, que las palabras de aquel serafín celestial aparecido admirablemente en forma de cruz eran tan misteriosas, que tal vez no era lícito comunicarlas a los hombres.”

San Buenaventura. Leyenda Mayor. Capitulo XIII.

Giambattista Tiepolo. Estigmatización de san Francisco. 1767 - 1769. Museo del Prado.
Giambattista Tiepolo. Estigmatización de San Francisco. 1767 – 1769. Museo Nacional del Prado.

San Francisco de Asís recibió los estigmas, es decir, las llagas de la Pasión de Cristo en manos, pies y costado, en septiembre de 1224 mientras hacía retiro de oración y ayuno en el monte de La Verna o Alvernia, en la región de la Toscana, Italia, pocos años antes de su muerte en 1226. Este suceso, narrado por contemporáneos como fray Elías y sistematizado por san Buenaventura, fue interpretado como signo de su profunda configuración con Cristo crucificado y lo convirtió en el primer santo reconocido oficialmente como estigmatizado en la tradición de la Iglesia.

 

Enlace al texto completo:

https://archive.org/details/san-francisco-de-asis-escritos.-biografias.-documentos-de-la-epoca-bac/page/462/mode/2up?q=seraf%C3%ADn

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