La moda española en la primera mitad del siglo XVII: los retratos de Isabel de Borbón


          Diego Velázquez estuvo al servicio de Felipe IV durante casi cuatro décadas, a través de sus retratos podemos apreciar los diversos cambios que se produjeron en la moda española a lo largo del siglo XVII. Como ya hemos señalado en varias ocasiones, la indumentaria masculina fue bastante inmovilista. Estaba formada básicamente por tres piezas: jubón, ropilla y calzas, con el negro como color predominante. La moda femenina, en cambio, llegó a altas cotas de lujo y ostentación. La gorguera fue abandonada por los hombres en 1623 debido a una pragmática que trataba de erradicar los altísimos gastos que suponían estos cuellos, mientras que las damas las siguieron usando algunos años más, tal y como atestigua la obra del pintor sevillano. Este complicadísimo adorno no solamente se llevó en España, otros países siguieron estos usos siendo los encajes flamencos los más valorados.

Retrato ecuestre de Isabel de Borbón. Hacia 1635. Museo Nacional del Prado. Madrid.
Diego Velázquez. Retrato ecuestre de Isabel de Borbón. Hacia 1635. Museo Nacional del Prado. Madrid.

          La indumentaria femenina en España durante casi todo el siglo XVII estuvo bastante alejada de influencias extranjeras, siguiendo sus propios gustos y preceptos. Hoy vamos a fijarnos en algunos retratos de Isabel de Borbón (1602-1644) para acercarnos a la moda en la corte madrileña. Isabel fue reina consorte de España por su matrimonio con Felipe IV, siendo hija de Enrique IV, primer rey de la dinastía Borbón en Francia. y María de Médicis. Diego Velázquez la retrató en varias ocasiones, se trata de retratos de aparato en los que la reina aparece de cuerpo entero con una postura bastante hierática, sin duda influenciada por el pesado atuendo que porta. Doña Isabel luce un sayo (cuerpo) muy ceñido e independiente de la basquiña (falda). El sayo remata en punta y queda completamente rígido, para que esto fuera posible se introducía una varilla central llamada busc (procedente del italiano busco, astilla) que solía estar fabricadas con marfil, hueso, madera o metal, y a veces adornada con delicados motivos. Esta varilla, que llegaba a pesar hasta un kilo, se podía extraer para que la señora tomara asiento con algo más de comodidad.

Diego Velázquez. Isabel de Borbón. 1632. Colección privada. Nueva York.
Diego Velázquez. Isabel de Borbón. 1632. Colección privada. Nueva York.

          El rico sayo se ataba por detrás y tenía mangas dobles, las propiamente dichas que cubrían el brazo y las perdidas o bobas que salían de los brahones (adornos en la sisa). El torso femenino quedaba totalmente aplastado por los cartones de pecho que consistían en unos cartones engomados que se colocaban entre la tela y el forro. Bajo el sayo se usaba una camisa larga y sobre esta un corpiño. La basquiña se disponía sobre verdugado que le proporcionaba esa silueta cónica. El verdugado era una estructura realizada a base de varillas de mimbre atadas con cintas cuyo objetivo era ahuecar las faldas. Sobre este se colocaban las faldas interiores y la exterior, siendo su cometido que la basquiña luciera perfecta, estirada y sin arruga alguna. El verdugado tuvo su origen en Castilla en el siglo XV y de ahí pasó a la corona de Aragón, Italia, América y Europa durante el siglo XVI. La leyenda cuenta que este artilugio fue usado por Juana de Portugal, mujer de Enrique IV de Castilla, apodado “El impotente”, para ocultar su embarazo de Juana “La Beltraneja”. Sea ficción o realidad, el verdugado es una de las grandes aportaciones españolas a la historia de la indumentaria, ya que con diversos cambios, formas y bajo diferentes denominaciones llegó al siglo XIX. Su tamaño creaba no pocos problemas, para que las damas cupieran holgadamente tenían que estar bastante separadas; de hecho, se creó un tipo de asiento llamado “sillón de verdugado”, sin brazos y ancho.

Diego Velázquez. Isabel de Borbón. 1623. Kunsthistorisches Museum. Viena.
Diego Velázquez. Isabel de Borbón. 1632. Kunsthistorisches Museum. Viena.

          La gorguera trajo consigo un nuevo tipo de peinado, el llamado peinado bobo; un recogido hueco a veces con rellenos que podía llevar algún adorno como una pluma. Estos cuellos tan altos imposibilitaban cualquier tipo de peinado que no fuera un recogido, tampoco los pendientes podían colgar ya que no había espacio material para ello. En España se llamó a la gorguera cuello alechugado por la similitud de su forma con las hojas de la lechuga. Para su confección se utilizaba lienzo, lino o encaje en varias capas y se rizaban o planchaban formando distintos tipos de pliegues. La moda de los cuellos alechugados se originó en nuestro país en la segunda mitad del siglo XVI alcanzando a principios de la centuria siguiente un tamaño desmesurado y por lo tanto, un precio astronómico. La reina lleva una gorguera confeccionada con gasa, ya que por motivo de la pragmática antes mencionada, los cuellos de encaje habían sido prohibidos. La postura de la reina es de gran dignidad, según cuentan las crónicas era una mujer atractiva, inteligente y jovial. Vemos que en una mano lleva un abanico, pieza indispensable de cualquier alta dama de la época, mientras que la otra la apoya en un asiento, típico recurso compositivo del retrato de aparato. Otro de los elementos que solían portar las damas eran los pañuelos. Toda mujer tenía al menos uno y a poder ser guarnecido de encajes. El abanico, el rosario y el pañuelo fueron piezas imprescindibles en el atuendo de una dama española del Antiguo Régimen.

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