«Entre todas las obras de la Antigüedad que pudieron escapar a la destrucción, la estatua de Apolo representa el supremo ideal del arte. El artista la creó enteramente conforme al ideal y no tomó de la materia más que lo imprescindible para realizar y hacer visible su intención. Este Apolo supera a todas las demás imágenes suyas tanto como el Apolo de Homero al que pintaron los poetas posteriores. Su figura es superior a la humana y su actitud refleja la grandeza que encierra. Una eterna primavera, como la de los felices Elíseos, viste la seductora virilidad de los años de plenitud de una amable juventud y penetra delicadamente en la orgullosa constitución de sus miembros. Conduzca el lector su espíritu al reino de las bellezas incorpóreas e intente ser creador de una naturaleza celestial para llenar su espíritu de bellezas que se elevan sobre la naturaleza, pues en este reino nada hay que sea mortal ni venga exigido por las necesidades humanas. Ni venas ni tendones tensan o conmueven este cuerpo, y un espíritu celeste se difunde en suave corriente envolviendo cada contorno de su figura. Apolo perseguía a la serpiente Pitón disparando su arco, y ahora su pie poderoso la ha alcanzado y aplastado. Desde la altura de su satisfacción, su sublime mirada parece perderse, por encima de su victoria, en el infinito.
El desprecio se instala en sus labios, y el enojo que lo invade, dilata sus fosas nasales y asciende hasta su orgullosa frente. Pero la serenidad que en bienaventurada quietud flota sobre él permanece imperturbada, y sus ojos están llenos de dulzura, como la de las Musas que desean abrazarlo. En todas las figuras que del padre de los dioses nos han quedado, y que son honra del arte, este dios no se aproxima a la grandeza con que se reveló al entendimiento del divino poeta, pero aquí, en el rostro de su hijo, se reúnen las bellezas de todos los demás dioses, como en Pandora. Tiene la frente de Júpiter preñada de la diosa de la sabiduría, y unas cejas cuyos arcos manifiestan su voluntad; y tiene también los grandes ojos abovedados de la reina de las diosas, y una boca como la que inspiró al amado Branco su dulce voluptuosidad. La suave cabellera juega en esta divina cabeza como los tiernos y flexibles zarcillos de la vid movidos por una leve brisa. Parece ungida con el óleo de los dioses y rodeada en lo alto por el nimbo encantador de las Gracias. La contemplación de esta maravilla del arte me hace olvidar todo lo demás, y yo mismo procuro adoptar una postura digna para poderla admirarla como se merece. En esta veneración, mi pecho parece ensancharse y elevarse como alguien henchido del espíritu de la profecía, y me siento transportado a Delos y a los bosques licianos, lugares que Apolo honró con su presencia. Y me parece que la figura de mi contemplación, como la de Pigmalión, cobra vida y movimiento. ¡Cómo pintarla, cómo describirla! Tendría que ser el arte el que guiase mi mano para poder dar continuidad a los primeros trazos que aquí he esbozado. Yo sólo puedo dejar a los pies de la imagen la idea que de ella he transmitido, como las coronas de los que querían ceñir las cabezas de los dioses, pero no las alcanzaban. El concepto de un «Apolo de caza», que el señor Spence quiere derivar de esta estatua, no se compadece con la expresión del rostro”.
Johan J. Winckelmann. Historia Del Arte De La Antigüedad. Johan 2019. Internet Archive. pp. 324-326.
Enlace a la obra: https://archive.org/details/winckelmann-johan-j.-historia-del-arte-de-la-antiguedad-epl-fs-1764-2019/mode/2up

