Sociabilidad y costumbres de los españoles a finales del siglo XVIII


          “Ideados por el lujo y la afición a las golosinas, los refrescos no contribuyen en mayor medida que las tertulias a fomentar en España las relaciones entre los dos sexos. De ordinario no pasan de ser ligeros refrigerios que se les ofrecen a las personas cuya visita se recibe, y que hacen las veces de preliminares de las tertulias; pero en las ocasiones solemnes —cuando se trata de celebrar una boda, un bautismo, el cumpleaños del señor de la casa— el refresco se convierte  en un asunto importante y sumamente dispendioso. Se invita a todos los conocidos. Conforme van llegando, los hombres se separan de las mujeres, que pasan a sentarse en una determinada sala, donde la etiqueta exige que permanezcan hasta que haya llegado todo el mundo. La señora de la casa recibe sentada sobre un canapé en un lugar destacado de su salón, que recibe el nombre de estrado conforme a antiguos usos que todavía en parte subsisten, y tras el que, por lo general, hay colgada una imagen de la Virgen. En cuanto aparece el refresco, la conversación se anima y los dos sexos se mezclan. Sirven en primer lugar grandes vasos de agua en los que disuelven pequeños terrones de azúcar de forma cuadrada y consistencia muy porosa que llaman azúcar esponjado o rosado. Siguen a continuación las tazas de chocolate, bebida favorita de los españoles un par de veces al día, y que tan beneficioso —o al menos, tan inofensivo— consideran, que no se lo prohíben ni a los moribundos. Tras el chocolate llega una profusión de dulces y golosinas de todas formas y colores. No solo las toman en gran cantidad allí mismo, sino que llenan con ellas grandes cucuruchos de papel, sus sombreros e incluso sus pañuelos. El extranjero que acude por primera vez a esta especie de almuerzo en que lo único vetado son las bebidas alcohólicas, se pregunta por la nación austera y no da con ella.

Luis Meléndez. Bodegón con servicio de chocolate y bollos. 1770. Museo Nacional del Prado. Madrid
Luis  Egidio Meléndez. Bodegón con servicio de chocolate y bollos. 1770. Museo Nacional del Prado. Madrid

          Por lo general, tras los refrescos se pasa a los juegos de mesa o se organiza un baile; pero es muy raro que la fiesta acabe con una cena. Entre los españoles es una refacción muy frugal y casi nunca se reúnen para cenar. Su cocina, conforme se la han transmitido sus antepasados, gusta a muy pocos. Su paladar aprecia los condimentos fuertes. La pimienta, la guindilla, el zumo de tomate, el azafrán, colorean —o infestan— casi todos sus platos. El único que ha hecho fortuna entre los extranjeros es el que en España llaman olla podrida, que consiste en una especie de mezcolanza de carnes de toda clase que se cuecen juntas. Por lo demás, la cocina española solo conserva su pureza entre las familias humildes apegadas a las antiguas costumbres. Prácticamente en todas partes la alternan con la nuestra, que en muchas casas la ha reemplazado por completo.

Luis Egidio Menéndez. Bodegón con ciruelas, brevas, pan, barrilete, jarra y otros recipientes. 1760-1770. Museo Nacional del Prado. Madrid.
Luis Egidio Menéndez. Bodegón con ciruelas, brevas, pan, barrilete, jarra y otros recipientes. 1760-1770. Museo Nacional del Prado. Madrid.

         De modo que por doquier nos imitan, aun cuando se burlen de nosotros. Nuestras modas, por ejemplo, han penetrado en España como en todas partes. Nuestra forma de vestir ha pasado a imponerse bajo la capa española. En cuanto al velo, únicamente lo utilizan las mujeres de pueblo. Las demás recurren a él únicamente para disimular su desaliño cuando salen de casa a pie. Salvo esto, sus peinados y el resto de su adorno están sujetos al imperio de la moda francesa. Los fabricantes españoles se ingenian para satisfacer el gusto dominante y seguir sus rápidas variaciones sin necesidad de recurrir a nuestras manufacturas, pero aún andan lejos de su objetivo. Tácita demostración de ello son las grandes ciudades y la propia Corte, que recurren directamente a París y Lyon como genuinos centros de la moda. En este aspecto, como en muchos otros, los españoles de buen tono reconocen la superioridad de algunas naciones extranjeras y toman de ellas lecciones de elegancia en más de un aspecto. Sus mesas se sirven a la francesa.

Mariano Salvador Maella. Carlota Joaquina, infanta de España, reina de Portuga. 1785. Museo Nacional del Prado. Madrid.
Mariano Salvador Maella. Carlota Joaquina, infanta de España, reina de Portugal. 1785. Museo Nacional del Prado. Madrid.

Cuentan con ayudas de cámara y cocineros franceses. Los vestidos de sus mujeres corren por cuenta de modistas francesas, quienes abren escuelas de buen gusto para jóvenes españolas que confían poder reemplazar bien pronto a sus maestras. Poco a poco desaparecen los vehículos voluminosos y de aspecto antiguo, que ceden su lugar a coches de estilo inglés y francés, que desde hace varios años se fabrican en el propio Madrid y en las demás ciudades grandes. No hace mucho que el lujo de los atelajes de los caballos conoce también rápidos progresos entre los españoles. Nada dejan al azar con tal de conseguir que se asienten entre ellos nuestros artesanos, nuestros fabricantes, nuestros artistas.

Luis Paret y Alcázar. El Jardín Botánico desde el Paseo del Prado. 1790. Museo Nacional del Prado. Madrid.
Luis Paret y Alcázar. El Jardín Botánico desde el Paseo del Prado. 1790. Museo Nacional del Prado. Madrid.

          Tales reconocimientos no se limitan a los objetos de mera frivolidad; comprenden asimismo casi todos los géneros de la literatura francesa e inglesa. Los españoles traducen la mayor parte de los libros que publican ambas naciones: obras sobre moral, arte, historia, novelas incluso, y en especial libros de piedad; en una palabra, aquellos contra los que la ortodoxia no encuentra reproche alguno que formular. Lo único que carece de mérito a sus ojos es nuestra poesía. A su imaginación, exaltada hasta el desvarío, se le antojan frías y tímidas nuestras imágenes. Habituados a la desmesura y la redundancia, no logran apreciar el mérito de la exactitud y la precisión. Los delicados matices del retrato de nuestros. pedantes y de nuestras costumbres escapan a sus ojos habituados en exceso a las caricaturas. En cuanto a las formas de nuestro estilo, el oído de los españoles, estragado por la brillante prosodia de sus frases cadenciosas, no puede dar con el encanto de las palabras, a menudo sordas, que se dirigen al alma antes que a los sentidos; la rotundidad de nuestros elegantes periodos se pierde para ellos.”

Jean-François de Bourgoing. Nuevo viaje a España o Bosquejo del estado actual de la monarquía. Imagen de la Moderna España. Publicaciones Universidad de Alicante. Edición de Emilio Soler Pascual. 2012. pp.636-638.

Jean-François de Bourgoing (1748-1811) fue un escritor y diplomático francés,  embajador de Francia en España.

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