El prognatismo de Carlos V


          Nada mejor que acudir a las fuentes para acercarnos a distintos episodios de la historia por quienes tuvieron la oportunidad de presenciarlos. Resulta particularmente interesante conocer el aspecto de determinados individuos muy señalados. Muchas veces el físico está íntimamente relacionado con la personalidad y nos ofrece claves para comprender caracteres y formas de conducta. El historiador Manuel Fernández Álvarez en su biografía titulada Carlos V, el césar y el hombre, recoge diversos testimonios sobre la semblanza del emperador escritos por personas que tuvieron la oportunidad de conocerle.

Barend van Orley.  Carlos I de España.  Hacia 1515-1516. Museo de Bellas Artes de Budapest.
Barend van Orley. Carlos I de España. Hacia 1515-1516. Museo de Bellas Artes de Budapest.

          La primera de ellas corresponde al año 1525, fecha de la victoria en la batalla de Pavía, momento de inmenso poder y prestigio en la vida del emperador. Su autor, el embajador veneciano Contarini, dice así: “Es de estatura mediana, ni muy grande ni muy pequeño, de color más bien pálido que rubicundo; de cuerpo bien proporcionado; bellísima pierna, buen brazo, la nariz un poco aguileña, pero poco, los ojos inquietos, el aspecto grave, pero no cruel ni severo; en él ninguna parte de cuerpo se puede afear, excepto el mentón, o sea todo el maxilar inferior, el cual es tan ancho y tan largo que no parece natural de aquel cuerpo, sino postizo, donde sucede que no puede, cerrando la boca, unir los dientes inferiores con los superiores, antes los separa el espacio de grosor de un diente, de donde en el hablar, máxime al terminar la cláusula, balbucea alguna palabra, lo cual frecuentemente no se entiende muy bien…”. Por tanto Carlos V tenía una muy visible anomalía, no sólo estética sino que le dificultaba el habla. Los retratos de su familia ponen de manifiesto que era un defecto genético heredado de su abuelo paterno Maximiliano I de Habsburgo.

Berhard Strigel. El emperador Maximiliano y su familia. 1515. Kunsthistorisches Museum. Viena.
Berhard Strigel. El emperador Maximiliano y su familia. 1515. Kunsthistorisches Museum. Viena.
Alberto Durero. Maximiliano I de Habsburgo. 1519. Kunsthistorisches Museum. Viena.
Alberto Durero. Maximiliano I de Habsburgo. 1519. Kunsthistorisches Museum. Viena.

          El prognatismo es una enfermedad de la cavidad oral que presenta una alteración de la forma de la mandíbula que la hace sobresalir del plano de la cara. Se trata, por tanto, de un problema óseo que provoca que los dos maxilares no encajen conllevando problemas de salud, sobre todo en el terreno digestivo ya que la mordida no es correcta. En la actualidad el prognatismo tiene bastante solución debido a los  avances médicos, pero en el siglo XVI uno tenía que conformarse con lo que la naturaleza le hubiera dado. Se comprende que Carlos V se dejara barba, un remedio para disimular esta imperfección.

           La siguiente semblanza del monarca fue escrita por Badoaro, otro embajador veneciano. Han pasado casi treinta años, el emperador ha abdicado y se ha retirado a Yuste: “Es su Majestad cesárea de mediana estatura y aspecto grave. Tiene la frente espaciosa; los ojos azules y que dan muestra de una gran fortaleza de ánimo; nariz aquilina y un poco torcida; la mandíbula inferior larga y ancha, lo que le impide juntar los dientes y hace que no se entienda bien el final de sus palabras. Sus dientes de delante son poco numerosos y cariados; su tez es hermosa, su barba es corta y apuntada. Es bien proporcionado de persona. Su complexión es flemática de origen melancólico. Padece casi continuamente de hemorroides y, a menudo, en los pies y en el cuello de la gota, por la que tiene contraídas las manos. Ha escogido el monasterio de Yuste para vivir allá, a causa de que el aire de ese sitio es el más propicio de España para el restablecimiento de su salud…”. Por desgracia en el monasterio no se restableció su maltrecha salud, sino contrajo el paludismo, enfermedad que le llevó a la tumba en 1558.

Barend van Orley. Retrato de Carlos V santo emperador romano. Después de 1515. Museo municipal de Bourg en Bresse.
Barend van Orley. Retrato de Carlos V santo emperador romano. Después de 1515. Museo municipal de Bourg en Bresse.

          El último texto que traemos a colación corresponde al primer marqués de Santa Cruz, don Álvaro de Bazán y Guzmán nos cuenta: “Fue el Emperador don Carlos mediano de cuerpo, de ojos grandes y hermosos, las narices aguileñas, los cabellos rojos y muy llanos…la barba ancha redonda y bien proporcionada, la garganta recia,…ancho de espaldas, los brazos gruesos y recios, las manos medianas y ásperas, las piernas proporcionadas. Su mayor fealdad era la boca, porque tenía la dentadura tan desproporcionada con la de arriba que los dientes no se encontraban nunca; de lo cual se seguían dos daños: el uno el tener el habla en gran manera dura, sus palabras eran como belfo, y lo otro, tener en el comer mucho trabajo; por no encontrarse los dientes no podía mascar lo que comía ni bien digerir, de lo cual venía muchas veces a enfermar…”. De las citadas lecturas sacamos la conclusión que Carlos V tenía un físico atlético, estatura media para su época y unos rasgos normales, a no ser por su excesivo prognatismo. Este defecto, que heredaron sus sucesores, le causó muchos problemas de salud, aunque a decir verdad la alimentación de su majestad muy rica en grasas y carnes no debió ser de gran ayuda.

Lucas Cranach, el Viejo. Carlos V. 1533. Museo Thyssen-Bornemisza. Madrid.
Lucas Cranach, el Viejo. Carlos V. 1533. Museo Thyssen-Bornemisza. Madrid.

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