Nobleza y literatura en el Siglo de Oro


          “Aunque la alta nobleza tuvo un papel destacado en el mundo literario de la Edad de Oro, lo hizo sobre todo como protectora a través del mecenazgo o la creación de academias literarias. Algunos de ellos fueron también poetas ocasionales, pero son realmente pocos los aristócratas que formen parte del canon literario de la época. Francisco de Borja y Aragón, príncipe consorte de Esquilache, escritor de mérito, alternó su vocación literaria con las obligaciones de su alta posición llegando a ser virrey del Perú en el sexenio de 1615-1621. Diego de Silva y Mendoza fue conde consorte de Salinas amén de otros títulos nobiliarios. Era hijo de la princesa de Éboli y, protegido por el círculo del duque de Lerma, llegó a ser virrey de Portugal. Tanto Esquilache como Salinas tuvieron parte muy activa en las academias literarias de Aragón y Madrid respectivamente. 

Peter Paul Rubens. Retrato ecuestre del duque de Lerma. 1603. Museo Nacional del Prado. Madrid.
Peter Paul Rubens. Retrato ecuestre del duque de Lerma. 1603. Museo Nacional del Prado.

          Pero el más destacado poeta perteneciente a la alta nobleza fue don Juan de Tassis y Peralta, II conde de Villamediana y correo mayor del reino. Amigo y seguidor de Góngora, destacó por el poema mitológico Fábula de Faetón, aunque su mayor popularidad le vino de las continuas sátiras con las que fustigaba a Lerma y, más adelante, a Olivares. Su muerte y los motivos de ella lo han convertido en un personaje legendario. La noche del 21 de agosto de 1622 volvía a su casa después de su jornada en la corte en un coche donde lo acompañaba don Luis de Haro, hijo del marqués de Carpio. Cuando el coche circulaba por la calle Mayor, un hombre se encaramó inesperadamente en el pescante y se abalanzó sobre el conde asestándole tal herida con un arma blanca «que aun en un toro diera horror», según cuenta Góngora a un corresponsal suyo dos días después. El cuchillo le rompió dos costillas, le atravesó el corazón y le salió por la espalda. Villamediana se lanzó sobre el criminal, pero este postrer esfuerzo lo dejó definitivamente muerto sobre el estribo del coche.

Manuel Castellano. Muerte del conde de Villamediana. 1868. Museo Nacional del Prado.
Manuel Castellano. Muerte del conde de Villamediana. 1868. Museo Nacional del Prado. Depositado en el Museo de Historia de Madrid.

          Este crimen se relacionó ya en su tiempo con las insinuaciones amorosas del conde hacia la reina. Era entonces Isabel de Borbón una joven de 19 años, hermosa e inteligente, pero no muy atendida por su esposo Felipe IV. Villamediana fue nombrado gentilhombre de la reina; a esta cercanía y a las atenciones del conde, doña Isabel de ningún modo podría corresponder más que con algún gesto de simpatía, suficiente quizá para alimentar la audacia de don Juan. En una fiesta de toros en la Plaza Mayor de Madrid, Villamediana se presenta con un vestido al que ha cosido varios reales de plata y lleva una divisa que dice «Son mis amores reales». Como Ícaro y como Faetón, sus héroes favoritos, Villamediana había intentado subir a alturas que a ningún mortal estaban permitidas.

Juan de la Corte. Plaza_mayor de Madrid. Siglo XVII. Museo Municipal. Madrid.
Juan de la Corte. Plaza Mayor de Madrid. Siglo XVII. Museo Municipal. 

          Pero el episodio que dio más que hablar fue la representación en los jardines de Aranjuez de la fantasía teatral La Gloria de Niquea, escrita por el propio conde. Ocurrió en la primavera de 1622, solo unos meses antes de su asesinato. En un momento de la representación, el fuego se extiende por el escenario y, en medio de la confusión general, don Juan coge a la reina en sus brazos y la salva de las llamas. Muchos pensaron que el propio conde había provocado el incendio para gozar de ese fugaz contacto con el cuerpo de doña Isabel. Lo cierto es que, después de la jornada de Aranjuez, perdió el favor del monarca. Todo ello desató por los mentideros de Madrid el rumor de que la mano real estaba detrás del crimen. Es el «impulso soberano» del que habla esta décima atribuída a Góngora:

Mentidero de Madrid,
decidnos, ¿quién mató al conde?;
ni se sabe ni se esconde,
sin discurso discurrid:
—Dicen que le mató el Cid
por ser el conde Lozano;
¡disparate chabacano!,
la verdad del caso ha sido
que el matador fue Bellido
y el impulso soberano.

Anónimo. Isabel de Borbón, reina de España, primera esposa de Felipe IV. Hacia 1620. Museo Nacional del Prado. Madrid.
Anónimo. Isabel de Borbón, reina de España, primera esposa de Felipe IV. Hacia 1620. Museo Nacional del Prado. 

            Se dijo que el asesino huyó por las calles donde le esperaban sus cómplices exhibiendo un salvoconducto real. El crimen de la calle Mayor quedó impune y se impuso una especie de ley del silencio sobre el asunto”.

Taller de Velázquez. Fuente de los Tritones. 1657. Museo Nacional del Prado.
Taller de Velázquez. Fuente de los Tritones. 1657. Museo Nacional del Prado. Esta fuente, se encuentra hoy en el  Campo del Moro de Madrid. En el siglo XVII se situaba en el Jardín de la Isla, en Aranjuez, donde en 1622 se representó La gloria de Niquea del conde de Villamediana.

Francisco Martinez Cuadrado. La edad de oro. Vida, fortuna y oficio de los escritores españoles en los siglos XVI y XVII. Sevilla. Editorial Renacimiento. 2020. pp. 103-106.

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