“Los números de las casas no se inventaron para que te orientaras mejor por las ciudades o para recibir el correo, aunque cumplen muy bien ambas funciones. En realidad fueron diseñados para que fuera más fácil encarcelarnos, controlarnos y gravarnos. Los números de las casas no existen para ayudarte a encontrar el camino, sino para que el Gobierno pueda encontrarte.
La invención de los números de las casas no es una nota al pie en la historia, recuerda Tantner a sus lectores, sino todo un capítulo. Para él ese capítulo comienza en Viena.

En 1740, durante uno de los octubres más fríos y lluviosos de los que se tenían memoria, Carlos VI, emperador del Sacro Imperio Germánico, salió a cazar. Enfermó gravemente y falleció, posiblemente por culpa de un almuerzo a base de setas venenosas. Su primogénita, María Teresa, que entonces tenía veintitrés años, se convirtió de repente en la archiduquesa del imperio Habsburgo.

Sus padres creían que todavía tendrían un heredero varón y le habían dado una «educación cortesana», es decir, clases de baile y música. En 1746, un emisario prusiano la describió como una mujer de melena clara, rostro redondeado y una nariz pequeña «ni aguileña ni respingona», boca grande y cuello bien formado. Los embarazos habían estropeado su figura, escribió —María Teresa dio a luz a dieciséis hijos a lo largo de diecinueve años—, pero «tenía los brazos y las manos maravillosas».

Su vida no fue fácil. Había heredado una amalgama de territorios endeudados que abarcaban Austria, Hungría, Croacia, Bohemia, Transilvania y algunas zonas de Italia, y pasó años combatiendo a sus rivales. El marido de María Teresa, Francisco I, se desvaneció y murió de repente durante la boda de su hijo. María Teresa cosió su mortaja, se rapó el pelo y pintó sus habitaciones de negro. Por si fuera poco, la viruela acabó con la vida de tres de sus dieciséis hijos, incluida María Josefa, de dieciséis años, justo antes de que esta abandonara Viena para casarse con un príncipe napolitano, y le dejó cicatrices permanentes a otra, María Isabel, dejándola incasable (María Teresa llamó a todas sus hijas María, al estilo George Forman). A ojos de María Teresa, que entendía el matrimonio como una forma de diplomacia, María Isabel, considerada su hija más hermosa, estaba muerta para el imperio.

En 1763, María Teresa y su hijo José II, que pronto se convertiría en corregente, perdieron la guerra de los Siete Años, en la que todos los reinos de Europa se vieron envueltos. Esta vez las bodas no bastaron para mantener el imperio unido. María Teresa intentó arrebatarle la rica provincia de Silesia —una región de la actual Polonia —a su archienemigo, Federico I de Prusia, Pero sus tropas, exhaustas, regresaron a casa con las manos vacías. María Teresa estaba desolada. De no ser porque siempre estaba embarazada, dijo— tuvo ocho hijos solo durante las guerras contra Prusia—, se habría unido a la batalla sin dudarlo.
Necesitaba más soldados. El imperio de los Habsburgo todavía se regía por un sistema feudal. Los terratenientes controlaban a las familias que trabajaban la tierra y eran los responsables de reclutar las tropas. No es de extrañar que se quedaran con los campesinos más fuertes y trabajadores y enviaran al resto al frente. En teoría, María Teresa reinaba en un imperio lleno de hombres jóvenes y robustos, pero ¿de qué le servían si no podía encontrarlos?

Por eso, en 1770, el mismo año en que su hija menor, María Antonieta, se casó en Versalles, María Teresa ordenó un «reclutamiento de armas», un recuento de todos los hombres en edad de alistarse de su territorio. Pero pronto descubrió otro problema: no tenía forma de contarlos en los laberintos de los pueblos. No había forma de distinguir las casas.
Dio con la solución: numerar las viviendas. Al asignar un número a cada puerta y hacer un listado con sus ocupantes, la casa dejaba de ser anónima y los militares podían encontrar a los hombres en edad de combatir. En marzo de 1770, María Teresa firmo la orden. Más de mil setecientos oficiales y funcionarios se desplegaron por todo el imperio. Un pintor profesional entraba en cada pueblo y dibujaba un número en la pared correspondiente con una pintura espesa y negra hecha a base de aceite y huesos hervidos. En formularios impresos, los escribanos registraban a cada hombre y su estado para combatir. Peinaron pueblos y aldeas en lo más profundo del invierno, mientras la lluvia emborronada la tinta barata. Al final, numeraron más de 7 millones de «almas»: un total de 1.100.399 casas. Se pasaron de tiempo y presupuesto, pero los encargados de la numeración enviaron tantos rollos de formularios a Viena que no cabían en el palacio”.
Deidre Mask. El callejero. Qué revelan los nombres de las calles sobre identidad, raza, riqueza y poder. Editorial Capitán Swing. Madrid. 2023. pp. 108-110.
* Para saber más: Anton Tantner. House numbers. Pictures of a forgotten history. Reaktion Books. 2015. https://reaktionbooks.co.uk/work/house-numbers
Vaya, no tenía ni idea al respecto, gracias por la información! Saludos