“La expansión económica que comenzó en el siglo V y el comercio que se vinculó a ella, llevaron hasta Bizancio una impresionante cantidad de mercancías orientales, e incluso podría decirse que también la peste, que diezmó el imperio en tiempos de Justiniano o, al menos, se aceleró por el comercio que unía el Bósforo con los puertos de la India, el mar Rojo y Egipto.

Pero aparte de esto, es innegable que Oriente se sentía más próxima, especialmente gracias a la seda. Incluso en la época del Imperio romano de Occidente, las rutas comerciales asiáticas implantaron en el oeste las técnicas de fabricación de la seda. En la costa oriental del Mediterráneo, en ciudades como Gaza, Beirut y Tiro, se había desarrollado un floreciente negocio de sericultura. No es casual que esas zonas fueran anteriormente lugares especializados en otras actividades textiles, como la elaboración de la lana.

En un principio, los tejedores de estas zonas se inspiraron tanto en la tradición del arte helenístico como en el gusto persa, creando así espléndidas telas de seda con hilos procedentes de China. Por otra parte, la ciudad de Tiro también era particularmente conocida por la producción de púrpura, un tinte obtenido de un particular molusco que habitaba en las aguas poco profundas de la zona. El color púrpura, cuando se aplicaba a la lana, a esa fibra proteica, permanecía sin desvanecerse durante muchos años, y, dado que la seda también era una fibra proteica, el tinte sobre este tipo de material actuaba de igual manera. El resultado era extraordinario: las sedas teñidas de púrpura se convirtieron en objetos de lujo, codiciados tanto en el territorio romano como en el iraní. En el mundo bizantino, las sedas de color púrpura se convirtieron rápidamente en un elemento distintivo de los miembros de la familia imperial.

En este sentido, la basílica de San Vital de Rávena contiene dos famosos mosaicos que representan a la familia real bizantina y su séquito, mostrando claramente el esquema cromático de la jerarquía imperial. En el centro de uno de los mosaicos está el emperador Justiniano, y en el centro del otro, la emperatriz Teodora; ambos con largas túnicas de color púrpura. Todos los miembros de la corte que están representados visten prendas con algunos detalles púrpuras, pero la cantidad de este disminuye a medida que se avanza desde el centro del mosaico hacia los extremos. Durante mucho tiempo, el color púrpura permanecería asociado al poder, y el control de su producción fue cuidadosamente gestionado por las autoridades bizantinas.

Lo mismo ocurrió con la seda. En la época de Justiniano, se creó una industria que monopolizó el suministro de hilos e hilados de seda en todo el imperio: los talleres que fabricaban telas para el palacio imperial y para las iglesias bizantinas también realizaban ofrendas para iglesias exteriores al imperio y para potencias extranjeras. Debido al gran volumen de peticiones, las materias primas a menudo escaseaban y los funcionarios bizantinos se dirigían hasta el Irán sasánida, mucho más cercano a los productores chinos. Pero Irán también contaba con una industria de la seda y sus productos competían con los de Bizancio, por lo que los precios solían ser muy elevados. Los hilos y materiales de seda que llegaban a través de las rutas marítimas se transportaban inicialmente por tierra desde China hasta los puertos situados en la costa oeste de la India, y luego llegaban al Mediterráneo por los mares Arábigo y Rojo. Ante esta serie de problemas de suministro, no es extraño que, en algún momento, los emperadores bizantinos decidieran producir internamente las materias primas para su industria.

En este sentido, Procopio afirma que Justiniano, en el siglo VI, resolvió el problema introduciendo la sericultura: supuestamente pidió a algunos monjes nestorianos que exportaran ilegalmente huevos de gusanos de seda procedentes de China. Probablemente esta historia es inventada, especialmente poque la mera posesión de esos gusanos, sin tener en cuenta su alimentación ni el control del hilado, no habría sido suficiente para asegurar la producción de seda.

De cualquier manera, es probable que la cría de gusanos de seda se introdujera en Bizancio en la época de Justiniano. De hecho, en el siglo VII, la sericultura estaba consolidada en el Imperio bizantino, lo que favoreció una extensa circulación de hilos e hilados en una parte considerable del Mediterráneo, incluso en Italia: por ejemplo, en Calabria, el cultivo de moras y la sericultura se introdujeron alrededor del siglo VI, continuando con una larga tradición de elaboración textil que caracterizaría durante mucho tiempo la historia de esa parte del sur de la península.

Hubo, por tanto, una importante demanda de seda. En las cortes merovingia y carolingia posteriores, por ejemplo, el uso de velos de seda en las mujeres era una práctica muy, muy extendida. EL uso de este textil era muy habitual también en otras zonas de Europa, comenzando por Roma, donde, durante mucho tiempo, el papado habría realizado compras masivas de telas orientales para la decoración de iglesias, así como para ropa y atuendos.”
Franco Cardini, y Alessandro Vanoli. La ruta de la seda. Una historia milenaria entre Oriente y Occidente. Editorial Almuzara, S.L. Córdoba. 2002. pp.99-102.