La defensa de un traje «adecuado»


          “La uniformidad en el vestir es característica del pueblo de Estados Unidos. El hombre de ocio y el trabajador, la señora y la criada, visten ropas del mismo material y corte. La igualdad política hace que nuestros compatriotas sean reacios a toda distinción de atuendo que pueda suponer una diferencia de casta. La uniformidad resultante no favorece lo pintoresco, y nuestro mundo cotidiano en América tiene, en consecuencia, el aspecto cutre de haber sido levantado por los judíos en Chatham Street y vestido con un traje universal de ropa de segunda mano. Nuestra gente trabajadora, al reivindicar su derecho a la igualdad social, poniéndose en la cabeza el sombrero de copa y la endeble cofia, y vistiendo sus cuerpos con abrigos ajustados y túnicas vaporosas, no sólo interfieren con lo pintoresco, que es de menor importancia, sino que hacen, creemos, un sacrificio imprudente de comodidad, conveniencia y economía.

James McNeill Whistler. Madre del artísta. 1871. Museo de Orsay. París.
James McNeill Whistler. Madre del artísta. 1871. Museo de Orsay. París.

          ¿Qué podría ser más desfavorable para el libre movimiento de los músculos, esencial para aquellos oficios y ocupaciones que requieren el ejercicio de la fuerza física, que el escaso abrigo y los ajustados pantalones que están ahora en boga? Sería lo mismo poner a Hércules una camisa de fuerza, y ponerlo así a matar a la hidra, que a nuestros musculosos hijos del trabajo vestirse con trajes de corte a la moda, y así esforzarse en su poderoso trabajo. Es sorprendente que la blusa del obrero francés no sea generalmente adoptada. Nada puede ser más elegante, conveniente y económico. Sus líneas son fluidas, su forma admite una perfecta libertad de movimientos y puede confeccionarse con un material barato y duradero.

Jean-François Millet. Retrato de Louis-Alexandre Marolles. 1841. Museo de Arte de la Universidad de Princeton.
Jean-François Millet. Retrato de Louis-Alexandre Marolles. 1841. Museo de Arte de la Universidad de Princeton.

          Por lo general, los artistas adoptan la blusa para trabajar en sus estudios, garantizando así tanto su buen gusto como su utilidad. El ciudadano americano libre no tiene por qué despreciarla como símbolo de esclavitud. La blusa francesa ha reivindicado su derecho a la vestimenta de un hombre libre en muchos encuentros sangrientos con la tiranía en las barricadas y en las calles de París.

          En cuanto a la idoneidad del vestido femenino de moda para los fines de la jornada laboral, nadie se atreverá, suponemos, a sostener que el miriñaque es conveniente en el armario chino o seguro en la proximidad de una estufa al rojo vivo, y que una cola fluida de seda es la escoba más apropiada para el suelo de la cocina. Sin embargo, el miriñaque y la cola se encuentran constantemente en estos lugares inapropiados y en estas proximidades peligrosas. No podemos entender por qué Bridget y Katarina, y su señora también, de hecho, cuando la ocasión lo requiere, no deberían vestir apropiadamente, no decimos a sus esferas, sino a sus ocupaciones. Saldrían ganando en todos los aspectos: gusto, comodidad, conveniencia y economía. Es un error que la sirvienta suponga que gastando su dinero en vestidos chillones y galas de pega avanza en su posición social, aunque con su crujiente seda pueda pasar desapercibida en la oscuridad o, al salir por la puerta principal un domingo, sea tomada a distancia por su señora. Puede gastarse el sueldo de medio año en un sombrero endeble, pero no le servirá de nada: la dama falsa seguirá siendo evidente. Si tiene encantos personales propios y desea que sean apreciados, que siga el consejo de los de buen gusto, que le dirán que la ruda frescura de la belleza natural aparece con mayor ventaja en un entorno sencillo. Un gorro blanco, una chaqueta ceñida, con mangas ni tan ajustadas que impidan el movimiento ni tan sueltas que puedan mojar la salsa o barrer el vaso de orina, y una falda corta de tallo sencillo -lisa o de muchos colores, según el caso- constituyen un traje apropiado para la criada. Se pueden añadir retazos de encaje de algodón, trozos de cinta brillante y cuellos y puños de lino, según el gusto.

Andreas Herman Hunæu. La princesa Dagmar de Dinamarca con su perro, hacia 1660. Museo Amalienborg. Copenhague.jpg
Andreas Herman Hunæu. La princesa Dagmar de Dinamarca con su perro. Hacia 1660. Museo Amalienborg. Copenhague. La princesa de Dinamarca luce el tipo de miriñaque a la moda en la década de 1860.

Cualquiera que haya visto el cuadro de la Niña de Chocolate de la Galería de Dresde no dudará de las capacidades pintorescas de un vestido que fue tan eficaz en este caso particular que consiguió un marido rico y con título para la original del retrato. Aquellos que no son tan sentimentales como para preferir recibir en la sopa mechones de pelo, como diarias muestras de afecto de la cocinera, deberían insistir en el gorro femenino como elemento esencial de la limpieza.”

“Suitable dress”. Harper´s Bazaar nº1. Nueva York, 2 de noviembre de 1867.

Jean Etienne Liotard. La chica del chocolate. 1744-1745. Gemäldegalerie. Berlín.
Jean Etienne Liotard. La bella chocolatera. Hacia 1744. Staatliche Kunstsammlungen. Dresde.