El libro de Paul Poiret, Art et Phynance [sic], ha salido por fin, y es lo que nadie se esperaba de esta mente vigorosa, artística, desilusionada y mondaine[1]. No es más que la conmovedora y torpe historia de cómo le arrebataron su despótico negocio de costura los bancos democráticos y unos abogados cuyos nombres cambia un poco al recordarlo a fin de escapar del libelo, pero cuyas caras describe perfectamente, a fin de que el juicio de la posteridad no sea favorable. Es un libro patético, el típico relato de un esteta del siglo XIX engullido por el plan de una corporación del siglo XX.
Durante una época, Poiret fue un genio parisino de la indumentaria, y su más hospitalario, aunque deslenguado, bon vivant. Nacido y criado en el corazón de su bourgeoisie[2], educado a la manera tradicional en uno de los antiguos lycées católicos de la capital, no obstante salió de todo eso con su personalidad intacta. Por muchos años fue uno de los grandes couturiers[3] de la ciudad.
Pero jamás consideró que la costura fuera una vocación excluyente. Su energía siempre le llevó por múltiples caminos, e incluso a descarriarse. En los treinta años posteriores al inicio de su carrera estética y financiera, vendiendo paraguas elegantes en una pequeña tienda, se emperró en abrazar cualquier otra rutilante profesión que se le pusiera por delante. A punto ya de cumplir cincuenta años, le dio por escribir comedias de un acto. En 1926 hizo su debut como pintor, con un estilo a la manera, aunque quizá no lo bastante, de Cézanne. Ese mismo año se retiró como actor de comedias tras haber recorrido el Midi con una compañía ambulante representando la obra de Mme. Colette La Vagabonde. El año de la Exposition des Arts Décoratifs[4], abrió un restaurante en una barcaza en las orillas del Sena. Diseñó un tiovivo moderno. En lugar de caballos puso una figura de sí mismo, y caricaturas de sus amigos, midinettes, tratantes de vinos, y personajes conocidos de la calle. El populacho de Paris montaba sobre sus lomos para darse una vuelta.

Se contó entre los primeros couturiers que también fueron perfumistas y decoradores. Como creador de Martine y Rosine, bautizados en honor de sus dos hijas, para las que esas empresas subsidiarias iban a ser su dote matrimonial, perfumó a la mitad de las vedettes de París con sus fuertes aceites, introdujo las alfombras negras, diseñó salones para Spinelly[5] y creó para Isadora Duncan una habitación sin ventanas. Un año vendió su colección de cuadros modernos, solo para iniciar una inmensa colección de libros modernos, cada volumen encuadernado en una seda que el mismo había concebido, cada texto ilustrado según sus órdenes con acuarelas que se superponían a la palabra impresa. Poseído de una paciencia e impaciencia infinitas, nada resultaba demasiado oneroso si complacía a su ojo y su ego rebosantes de talento.

Justo después de que acabara la última guerra, abrió un teatro privado en sus magníficos jardines próximos a los Champs-Élysées. Allí, al aire libre, bajo un cielo de goma artificial e hinchable, se interpretaron piezas románticas. Allí fue donde Yvette Guilbert[6], deliciosa reliquia de las antiguas noches de Butte, se puso sus guantes negros de 1890 y cantó. Los grandes cañones alemanes ya no hendían el aire del siglo XX.
Pero con la intermitente meticulosidad que le caracterizaba, Poiret instaló en su teatro las luces de gas de antes de la guerra para incrementar esa momentánea ilusión. Tenía una manera maravillosa de ir siempre a contracorriente. Fue un hombre que dejó su impronta en los gustos de la década, pero a quien su década jamás satisfizo. Siempre intentó instalarse en otros siglos, como si para él el tiempo y la historia fueran optativos.
La verdadera explicación a la curiosa carrera, carácter y manías de Poiret reside al parecer en su creencia de que, en una reencarnación anterior, él fue casi oriental (quizá un príncipe). Como para rodearse de compañeros apropiados, insistentemente vistió a su clientela, ya fuera de Chicago o Berlín, con los abalorios, dorados y escarlatas del suntuoso Oriente

Incluso su vida privada, cuando fue rico, tuvo un toque de pachá. Sus cenas aún resultan legendarias en París. Las famosas fiestas de Boni de Castellane[7], mientras aún era un joven ricachón que disfrutaba del oro de los Gould, no fueron más deslumbrantes que las de Poiret. En uno de los magníficos bailes de disfraces de Poiret, «La Mille et Deuxième Nuit», trescientos invitados se quedaron a ver el amanecer en su jardin del Faubourg Saint-Honoré. Esclavos negros sirvieron comida en mesas de veinte metros de longitud. Esclavas de piel más clara yacían, fingiendo dormir, sobre inmensas escaleras doradas erigidas detrás de los árboles. En uno de los salones yacía Mme. Poiret, vestida con plumas. De Max, el actor, en otro salón, recitaba poemas, y su traje temblaba con el agitarse de miles de perlas. Entre flores eléctricas, unos loros vivos estaban encadenados a los arbustos; los acompañaban monos y cacatúas.

Tratantes de alfombras, mendigos y vendedores de dulces, contratados para hacer oír su murga, se paseaban entre la multitud. Se consumieron miles de gambas, trescientas langostas, melones e hígados de oca; y novecientos litros de champán. En contraste con la exquisitez de la escena, y para demostrar que el color de Oriente es ciertamente el rojo, tras la mesa donde estaban los corderos muertos había un carnicero. Para contemplar su pequeño imperio, Poiret se sentaba en un trono[8].

No en balde en la puerta de su habitación privada de la maison de couture hubo durante años el siguiente cartel para que lo leyeran su medio centenar de empleados:
DETENTE Y PIENSA
PREGÚNTATE TRES VECES
SI REALMENTE DEBES MOLESTARLE
La constelación y el zodíaco pintados en el techo del vestíbulo del local que tuvo posteriormente en la Rotonda indicaban la posición de las estrellas en el momento de su nacimiento. Creía en lo que él denominaba su destino.
Antes de la guerra de 1914, cuando visitó los estados alemanes para observar su nuevo Münchner-Wiener Werkstädter Kunst[9] y darles conferencias sobre sus propias teorías estéticas, se llevó con él, como ilustración y réclame, a sus más hermosas maniquíes, que escandalizaron a los burgueses. En su gira de conferencias norteamericana de 1927, Poiret fue cien por cien occidental. Viajó a Nueva York tan sólo acompañado por su mánager. El tema de su gira de conferencias era suplicar a las mujeres norteamericanas que dejaran de vestirse como hombres o incluso como las demás mujeres norteamericanas, una tendencia demasiado democrática en la que opinaba que nuestras matronas sobresalían.

Como hombre ostentoso y público de París, Poiret fue conocido por todos, y no siempre apreciado. Un hombre de su energía posee fuerza suficiente para crearse grandes enemistades. En las relaciones con sus empleados fue eficaz, generalmente invisible, a menudo tiránico. Llevó su negocio ciñéndose estrictamente a su temperamento. (En Francia las fortunas se hacían mediante lo que a menudo denominamos mala gestión.) «¿Quién ha diseñado ese vestido?», preguntó una vez. en uno de sus abarrotados desfiles de gala mientras una de sus maniquíes desfilaba con uno de los vestidos de su firma que hasta ese momento nunca había visto. «Así que lo ha hecho Mademoiselle X, ¿eh? —añadió cuando le dieron el nombre de una de sus ayudantes de diseño—. Bueno, pues despídala. ¿y cuál es el precio de ese vestido de ahí? —preguntó señalando otra prenda que acababa de ver—. ¿Tres mil? Déjelo en mil quinientos. Y aun así le costará que alguien se lo quede por nada.» Aunque puede que esto último sea leyenda.

Al comienzo de sus días de gran fama, y tras unas puertas custodiadas, cuando le entraba el arrebato de inspiración, Poiret hacía sus propios diseños. Los couturiers franceses que diseñan personalmente las ropas que los han hecho famosos son muchos menos de los que se cree. Algunos serían incapaces de cortar el babero de un bebé. Uno de los más grandes, una mujer, es incapaz de coser un botón. Pero en sus mejores tiempos Poiret dominaba lo que hacía haciéndolo él mismo. La teoría de la costura es que las modas deben cambiar. Las fortunas se hacen cambiándolas. Las parisiennes, cuyas fluctuantes modas supuestamente siguen las mujeres de todo el globo, han aparecido, en consecuencia, con los pliegues, los talles, los volantes, y qué sé yo colocados cada año en un sitio diferente, y cada éxito en el cambio le ha reportado una fortuna a su creador. Poiret permaneció indiferente a todas estas mutaciones. Año sí y año no sus clientas parecían princesas asiáticas o sacerdotes tártaros vestidos de escarlata, negro, con borlas y magníficos dorados. (Para sus intereses, todo Oriente le servía.) Un vestido de Poiret se identificaba nada más verlo, como el espléndido uniforme de un húsar de antes de la guerra.
Con la grandiosa obstinación de un dictador y un artista, Poiret diseñaba de manera tan egotista los vestidos que le gustaban como si fuera él quien tuviera que llevarlos. Arriesgó su fortuna. Cuando los estilos (o sea, las ganancias) de posguerra tendieron hacia una simplicidad masculina y nada teatral, él siguió aferrado a su horma oriental, femenina y estrafalaria, como un fabricante de coches que después de la invención birlochos de seis caballos. Debido a su terquedad y coraje, fue uno de los pocos couturiers modernos que de hecho perpetuo su nombre. En el arte de lo ultramoderno en vestido y decoración, Poiret creó un género Poiret, tan definido para los entendidos como los vestidos que fechaban cualquier dibujo o grabado de época. Desde el punto de vista histórico, no era moco de pavo.

Poiret no fue el único artista de su familia. Su hermana Nicole Groult fue la segunda modista del grupo; Mme. Germaine Poiret, posteriormente poetisa, tue la tercera. Mme. Boivin, otra hermana, fue una de las primeras e influyentes engastadoras de joyas moderna. Durante varias generaciones, los Poiret fueron conocidos como ricos commerçants parisinos de mentalidad liberal, famosos por su tolerancia, su gusto en las artes, y sus ideas tolerantes y progresistas.
Aunque se casó con una mujer rica y fue padre de una familia numerosa, Poiret fue siempre un hombre público, no privado. Desde sus primeros y fáciles éxitos profesionales, que obtuvo muy poco después de acabar su aprendizaje con Doucet y Worth, vivió en los teatros, bulevares, y restaurantes de su generación, donde sus excentricidades le hicieron famoso. Asistía a los estrenos con capa y esmoquin de franela. Todas las prendas que llevaba se hacían a su gusto, incluso sus sombreros. Durante años, en verano iba de blanco. Barbado, de piel oscura, de ojos viriles y pies bonitos y pequeños, en verano recorría las avenidas parisinas vestido de inmaculado tusor[10] como si fuera un cazador de leones que está de visita. Siempre fue de buen diente, un exigente gourmet, infatigable comedor y hombre de apetitos. Con el correo matinal, su secretaria solía traerle una jarra con zumo de frutas exóticas recién hecho. Poiret siempre llevaba en los bolsillos cajas de confites y bombones que todo el día estaba comiendo.
En su apogeo, a M. Poiret se le consideró un hombre rico. Su vida fue una serie de aficiones caras. Se le achacaba haber derrochado varias fortunas igual que un niño pequeño derrocha todo lo que tiene. Hacia finales de la década de los años veinte, Poiret, al que ganar dinero le pareció siempre una empresa tediosa, encontró sus negocios demasiado complicados para su escasa paciencia. Le vendió el negocio a un consorcio, posteriormente se interesó en una pequeña empresa de confección, que no tenía más nombre que su número de teléfono. Luego se retiró completamente.
Hoy en día, sin dinero, sin posición, viviendo del paro, en su buhardilla ha pegado «Una lista de antiguos amigos que no han ayudado a Paul Poiret». La lista es bastante larga[11].
Janet Flanner. París era ayer (1925-1939). Barcelona. Alba editorial. 2003. pp. 254-261.
Janet Flanner (1892-1978) nació en Indianápolis, Indiana, en una familia cuáquera. Asistió a la Universidad de Chicago y entró a formar parte de la plantilla del Indianapolis Star, donde fue, en 1916, su primer crítico cinematográfico. Después de un breve matrimonio y una temporada en Nueva York, viajó por Europa hasta instalarse finalmente en París en 1922. Allí residiría hasta 1975, exceptuando el intervalo de la segunda Guerra Mundial. En 1925, Harold Ross la contrató para escribir una «Carta desde París» quincenal para su nueva revista, The New Yorker. Desde el principio, estos artículos —firmados con el seudónimo de Genêt— destacaron por su sensibilidad, ingenio y claridad y se convirtieron pronto en una de las columnas más apreciadas por los lectores de la revista.
[1] Mundano.
[2] Burguesía.
[3] Sastres.
[4] La Exposición Internacional de Artes Decorativas e Industrias Modernas, en francés: Exposition internationale des arts décoratifs et industriels modernes, fue una Exposición Internacional celebrada en París, Francia, del 29 de abril al 25 de octubre de 1925.
[5] Andrée Spinelly (1887–1966), a menudo conocida simplemente como Spinelly, fue una actriz de teatro francesa. También apareció en varias películas. Surgió como una gran estrella del music hall en París, además de realizar giras por Londres y Nueva York.
[6] Yvette Guilbert (Emma Laure Esther Guilbert) fue una cantante francesa nacida en París el 20 de enero de 1867 y fallecida en Aix-en-Provence el 4 de febrero de 1944. Es uno de los símbolos de la Belle Époque. Alcanzó grandes éxitos como cantante de variedades y fue inmortalizada en varias ocasiones por el pintor Toulouse-Lautrec, como antes había hecho con Jane Avril y La Goulue.
[7] Paul Ernest Boniface de Castellane, marqués y conde de Castellane, más conocido como Boni de Castellane, fue un noble francés, diplomático, coleccionista de arte, y una personalidad emblemática de la Belle Époque en Francia. Fue el primer marido de Anna Gould, una de las hijas del magnate estadounidense Jay Gould.
[8] La fiesta «La Mille et Deuxième Nuit» (Las mil y dos noches) fue un legendario baile de disfraces organizado por el diseñador de moda Paul Poiret el 24 de junio de 1911 en su hôtel particulier del Faubourg Saint-Honoré, en París.
La Temática: Inspirada en Oriente y los cuentos de Sherezade, Poiret exigió a sus más de trescientos invitados (principalmente artistas, mecenas y figuras de la sociedad) vestir indumentaria persa.
La Anfitriona: Denise Poiret, esposa del diseñador, apareció vestida como una sultana con pantalones bombachos (sarouel), un diseño que popularizó Poiret y que liberó a las mujeres del corsé.
La Ambientación: El jardín se transformó en un escenario oriental con luces, antorchas y una atmósfera de ensueño donde actuaron bailarines, incluyendo a Régina Badet y Trouhanowa.
El Amanecer: La fiesta fue un éxito tal que los invitados permanecieron en el jardín hasta el amanecer.
Consecuencias: La fiesta consolidó el estilo orientalista de Poiret y se considera uno de los primeros «happenings» o fiestas-espectáculo modernos de la moda. Si un invitado no llevaba el disfraz adecuado, Poiret le facilitaba uno en la entrada para no romper la atmósfera.
Este evento es considerado una de las fiestas más famosas de la década de 1910.
[9] La Wiener Werkstätte fue una agrupación constituida por artistas visuales, arquitectos y diseñadores, establecida en Viena en 1903 con la finalidad de formar a gente en diferentes disciplinas artísticas.
[10] El tusor es una seda de inferior calidad importada de la India.
[11] Poiret murió en la pobreza en París, en mayo de 1944.
