La aventura italiana de Quevedo


Bartolomé González y Serrano. Pedro Tellez-Girón y Velasco. Duque de Osuna. Colección particular.
Bartolomé González y Serrano. Pedro Tellez-Girón y Velasco. Duque de Osuna. Colección particular.

          “En 1690 don Pedro Téllez Girón, duque de Osuna, es nombrado virrey de Sicilia, adonde llega en 1611. Quevedo estaba al servicio de Osuna, al que había conocido en Alcalá, diez años atrás, y en 1613 don Pedro lo llama a su lado en la corte Virreinal. El escritor se integra en el ambiente cultural de Palermo, mientras va creciendo la confianza del duque, que cada vez le encarga misiones más delicadas. Pero el virreinato de Sicilia no colma las ambiciones de Osuna, que quiere el nombramiento del de Nápoles, una vez concluido el mandato allí del conde de Lemos. No le va a ser fácil de conseguir, pues el duque de Lerma se inclina por nombrar al hijo de Lemos.

Anónimo. Procesión de Santa Rosalía de Palermo. Finales siglo XVII. Colección particular.
Anónimo. Procesión de Santa Rosalía de Palermo. Finales siglo XVII. Colección particular.

          Así que don Pedro decide mandar a Quevedo a Madrid con una fuerte suma de dinero y un objetivo muy claro: comprar las voluntades necesarias para obtener el nombramiento de Nápoles. Quevedo contempla divertido cómo los sobornos le van abriendo camino en aquella corte corrupta y le escribe descarnadamente a su protector:

            Aquí los hombres se han vuelto putas, que no las alcanza quien no da.

           Principales beneficiarios de estos cohechos serán el padre Aliaga, confesor de Su Majestad, y el duque de Uceda, hijo del duque de Lerma.

Peter Paul Rubens. Retrato ecuestre del duque de Lerma. 1603. Museo Nacional del Prado. Madrid.
Peter Paul Rubens. Retrato ecuestre del duque de Lerma. 1603. Museo Nacional del Prado. Madrid.

          En septiembre de 1616 el duque de Osuna consigue por fin tomar posesión del virreinato de Nápoles. Este es el puesto clave para controlar la política italiana, aunque deba rendir cuentas en Madrid al Consejo de Italia, que ha pasado a presidir su rival, el conde de Lemos. La actividad de Quevedo es ahora más política que literaria: lleva una embajada a Roma, donde es recibido por el pontífice Pablo V. Acude también a Madrid para despachar los asuntos italianos en audiencia privada con Felipe III y para preparar la boda del primogénito de Osuna, el marqués de Peñafiel, con la hija de Uceda.

Juan Pantoja de la Cruz. Retrato de Felipe III. Hacia 1603. Patrimonio Nacional. Palacio Real. Madrid.
Juan Pantoja de la Cruz. Retrato de Felipe III. Hacia 1603. Patrimonio Nacional. Palacio Real. Madrid.

        Osuna es un hombre enérgico y autoritario, como han sufrido en sus propias carnes los sicilianos. No es partidario de la política pacifista de la metrópoli y se dedica a hostigar a los enemigos de España en Italia: Saboya y Venecia. Madrid no aprueba oficialmente esta política, pero le deja hacer en espera de alcanzar algún beneficio. El duque introduce sus galeones en las aguas adriáticas y acosa a los venecianos con la piratería y alguna acción militar. El gobierno de la Señoría ve peligrar seriamente los intereses de la República y conoce bien quiénes son sus enemigos: el marqués de Bedmar, embajador español en Venecia; el duque de Osuna, virrey de Nápoles; y, en otro nivel, el agente de este, don Francisco de Quevedo.

Manuel Ojeda y Siles. El cardenal Alfonso de la Cueva, marqués de Bedmar. Hacia 1877. Museo Nacional del Prado. En depósito en la Real Academia de la Historia. Madrid.
Manuel Ojeda y Siles. El cardenal Alfonso de la Cueva, marqués de Bedmar(1527-1655). Hacia 1877. Museo Nacional del Prado. En depósito en la Real Academia de la Historia. Madrid. Esta obra es una copia del retrato original que se conservaba en la antigua colección del marqués de Bedmar.

          En este ambiente revuelto, el 18 de mayo de 1618, fiesta de la Ascensión, aparecen en la plaza de San Marcos dos extranjeros ahorcados. El espectáculo se repite en los días sucesivos, alcanzando los muertos un número considerable. Las autoridades venecianas no dan explicación oficial, pero dejan correr la especie de que los ajusticiados eran los actores de una conjura organizada por los españoles para destruir los principales centros de control de control de comercio de la ciudad y al propio Senado. Hoy pensamos que toda esta supuesta conspiración (a la que llamó conjuración de Venecia, rememorando otra acaecida en la ciudad a principios del siglo XIV) no fue más que una argucia sabiamente orquestada por los venecianos para desprestigiar a los españoles y sacudirse su injerencia. Bedmar fue cesado como embajador para aplacar las iras de los venecianos.

Pietro Malombra. La Sala del Colegio de Venecia. 1606-1618. Museo Nacional del Prado. Madrid.
Pietro Malombra. La Sala del Colegio de Venecia. 1606-1618. Museo Nacional del Prado. Madrid.  La escena representa la recepción del dux Leonardo Donato al embajador español Alonso de la Cueva, marqués de Bedmar.

          En cuanto a Quevedo, su biógrafo Tarsia contaba que estos sucesos le sorprendieron en la propia ciudad de los canales y que pudo salvar la vida huyendo de ella con un disfraz de mendigo y gracias a su perfecto dominio del italiano. Quevedo contará, años después, en su tratadillo Lince de Italia cómo se imprimió un libelo en el mismo 1618 en que se le acusaba de tramar la conjuración por mandato del duque.

          Al duque de Osuna se le dejará concluir su mandato. De momento decide prescindir de los servicios de Quevedo y apartarlo de Italia. Según don Francisco, este desafecto fue fingido y de conveniencia, pero nunca se enfriaron las relaciones y siguió tratando con el duque estrechamente.»

Francisco Martinez Cuadrado. La edad de oro. Vida, fortuna y oficio de los escritores españoles en los siglos XVI y XVII. Sevilla. Editorial Renacimiento. 2020. pp. 193-196.

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