El Madrid del primer Borbón


          “Cúmplenos ahora más grata tarea, que consiste en  consignar que sólo al empezar con el siglo XVIII la nueva dinastía de Borbón, acertó a comprenderse la importancia y la necesidad de dotar a la corte de grandiosos edificios de decoroso ornato y de establecimientos de ilustrada administración. El nieto de Luis XIV, aquel joven animoso, nacido y criado en la esplendente corte de Versalles, pudo y debió echar de menos su magnificencia y halagos, cuando atravesando yermas campiñas, miserables aldeas y escabrosos caminos, llegara a verse encerrado en el vetusto y desmantelado Alcázar de Madrid, o recorriese las calles tortuosas, sombrías y eriales, su miserable caserío, sus débiles cercas y puertas, sus incultos paseos, su carencia de fuentes y monumentos públicos, de todo ornato, en fin, y policía de comodidad; y no podría menos de reír al leer los hiperbólicos encomios de los Dávilas,  Quintanas, Pinelos y Núñez de Castro sobre las grandezas de esta villa, que entusiasmaban a los unos, extasiaban a los otros, y hacían prorrumpir al último en su donoso libro, titulado «Sólo Madrid es corte».

Filippo Pallota. Fachada del Alcázar de Madrid, 1704. Museo de Historia. Madrid.
Filippo Pallota. Fachada del Alcázar de Madrid. 1704. Museo de Historia. Madrid.

          El hecho es que, considerado bajo el aspecto material y de cultura, sólo llegó a serlo desde el advenimiento de la augusta casa de Borbón. Felipe V, que pagó la decidida afición de este pueblo hacia su persona, por lo menos con otra igual, dio el impulso y los primeros e importantes pasos en el camino de su regeneración. Vamos, pues, a consignarlos; pero como la historia política de su reinado está tan enlazada con la suerte de Madrid, a quien cupo en ella tanta parte, necesariamente habrá de ocuparnos antes, siquiera sea brevemente, su indicación.

Louis Michel Van Loo. Felipe V. 1739. Museo del Prado. Madrid.
Louis Michel Van Loo. Felipe V. 1739. Museo del Prado. Madrid.

          Felipe de Borbón, aclamado en Madrid por rey de España a consecuencia del testamento de Carlos II, hizo su entrada pública en la capital de la Monarquía el día 14 de Abril de 1701, y en este mismo año celebró su casamiento con la princesa doña María Luisa Gabriela de Saboya; pero declarada la famosa guerra de Sucesión, a causa de pretender la corona de España el Emperador de Austria para su hijo el archiduque Carlos, fue reconocido éste por otras potencias y por los reinos de Aragón, Valencia y Cataluña, de que se apoderó el ejército inglés y portugués, mandado por el mismo Archiduque.

Bounaventura Ligli. La Batalla de Almansa. 1709. Museo Nacional del Prado. Madrid.
Bounaventura Ligli. La Batalla de Almansa. 1709. Museo Nacional del Prado. Madrid. Batalla de Almansa en 1707, durante la Guerra de Sucesión Española, en la que el ejército anglo-portugués del II Marqués de Minas y el Conde de Galway fue derrotado por el ejército franco-español bajo las órdenes del Duque de Berwick. 

          Por consecuencia de las alternativas de esta sangrienta guerra, en que las armas de Felipe, victoriosas, unas veces, eran vencidas otras, fue invadido Madrid por primera vez por tropas extranjeras, entrando en 1706 las inglesas y portuguesas, mandadas por Galloway y el Marqués Das Minas; y habiéndose la Reina y la corte retirado a Burgos los ingleses y portugueses proclamaron en Madrid al Archiduque. Pero muy luego, atacados con intrepidez por los mismos madrileños, viéronse obligados a retirarse y entregar el Alcázar: a pocos días volvió a entrar Felipe, que fue recibido con el mayor entusiasmo; y dejando por regente a la Reina, marchó a tomar el mando del ejército.

Jan Kupecky. Retrato del emperador Carlos IV de Habsburgo con la Orden del Toisón de Oro. Hacia 1720. Museo Nacional de Varsovia.
Jan Kupecky. Retrato del emperador Carlos IV de Habsburgo con la Orden del Toisón de Oro. Hacia 1720. Museo Nacional de Varsovia.

          Las batallas de Almenar y Zaragoza, perdidas por éste, pusieron a los aliados en disposición de internarse de nuevo en Castilla en 1710; Felipe salió con la corte a Valladolid y fueron seguidos de más de treinta mil moradores de Madrid, después de lo cual volvió a entrar el Archiduque; pero la repugnancia del pueblo madrileño hacia su persona era tal, que no viendo Carlos gente en las calles, ni en los balcones, al llegar a la Plaza Mayor y portales de Guadalajara, se volvió por la calle Mayor y de Alcalá, diciendo que Madrid era un pueblo desierto; y apenas él y su ejército habían dejado estas cercanías, oyeron el ruido de las campanas, fuegos y regocijos con que celebraba la villa la nueva proclamación de Felipe V, que volvió a entrar en 13 de Diciembre del mismo año, en medio del entusiasmo universal. Poco después las batallas de Brihuega y Villaviciosa aseguraron en la cabeza de Felipe la corona de España.

Antonio Joli. Vista de la calle de Alcalá. h 1750. Fundación Casa de Alba. Madrid.
Antonio Joli. Vista de la calle de Alcalá.  Hacia 1750. Fundación Casa de Alba. Madrid.

          Un siglo nuevo, y con él una nueva era de progreso y cultura se inauguraba, en fin, para la nación con el cambio de dinastía, completamente distinta en origen e inclinaciones de la que acababa de regirla. Durante el último período de ésta había pasado el país por el angustioso de una larga minoría, por el desdichado gobierno de un monarca enfermizo y pusilánime, último vástago masculino directo de la gran estirpe de Carlos V; una larga y complicada guerra civil y europea, durante catorce años, había después yermado nuestras ciudades, asolado nuestros campos, y apartado de las artes, de las ciencias y las letras a una generación que sólo parecía llamada a pelear. Por fortuna, y a pesar de tantos desastres, y a vueltas  de las considerables pérdidas materiales de territorio, que fueron consecuencia de aquella lucha encarnizada, de aquel cambio de dinastía, quedaron todavía unidas al imperio español preciosas y dilatadas regiones en uno y otro hemisferio, que bien regidas, como toda la monarquía, por la vigorosa mano de Felipe de Borbón (el Animoso) en el largo periodo de aquel primer medio siglo, pudieron caminar a un alto grado de esplendor y de prosperidad, pudieron devolver al cetro español una parte del brillo y poderío que ostentara en las manos del segundo de los Felipes.

Juan Carreño de Miranda. El rey Carlos II con armadura.1681.Museo del Prado. Carlos II lleva corbata de encajes a la moda francesa.
Juan Carreño de Miranda. El rey Carlos II con armadura.1681. Museo Nacional del Prado. Madrid.

          A la sombra de la paz, y correspondiendo a los generosos instintos e ilustradas miras de un buen monarca, las artes, las ciencias y las letras, que casi habían desaparecido en el último tercio del siglo anterior, bajo el cetro de El Hechizado, tornaron a aparecer en nuestro suelo; y si bien habían perdido su original y espontánea lozanía, venían ahora engalanadas con el clásico colorido de la corte del gran rey que desde las orillas del Sena dictaba el movimiento político e intelectual de Europa y daba nombre a su siglo. El nieto de Luis XIV, colocado en el trono español por las simpatías y el ardimiento de sus pueblos; nacido y criado en la ilustrada corte de Versalles, dotado de gran energía y varonil esfuerzo, de talento y probidad, y dominado, en fin, por el sentimiento de gratitud y amor hacia un pueblo que tan leal se le había mostrado, no pudo menos de corresponder con toda su solicitud soberana a las legítimas esperanzas fundadas a su advenimiento al trono español; y efectivamente, no sólo supo conquistar hasta el último corazón de los que ofuscados le negaron en un principio la obediencia; no sólo terminó personalmente una guerra tan delicada y desastrosa, haciendo reconocer su corona por todas las potencias de Europa, sino que acertó a curar las profundas llagas abiertas  por las pasadas calamidades; estableció un buen sistema administrativo y económico; procuró aliviar las cargas públicas; creó y sostuvo un brillante ejército y una respetable marina, y protector especial de las ciencias y de las artes, fundó academias encargadas de restaurarlas, y atrajo a su corte célebres artistas, que volviesen al buen gusto el imperio, que había perdido a impulsos de la ignorancia y la osadía.

Filippo Juvara. Palacio Real. 1738. Madrid.
Filippo Juvara. Palacio Real. 1738. Madrid.

          La construcción de más importancia en Madrid, durante su reinado, fue la del suntuoso Palacio Real, levantado de nueva planta por su orden, a consecuencia de haberse incendiado en la Noche Buena de 1734 el antiguo Alcázar de Madrid. -Sabido es que este ilustre monarca, deseoso de edificar para los reyes de España una morada digna de su grandeza, y considerando el lamentable estado a que había llegado el arte en nuestro país por aquella época, llamó para encargarse de esta importantísima obra al abate Jubara, célebre arquitecto de Turín, el cual proyectó un modelo de palacio gigantesco y magnífico, que, reducido después a menores proporciones, fue llevado a efecto bajo la dirección de D. Juan Bautista Saqueti, su discípulo, y es el que hoy existe. -La grandeza de la capital y el buen gusto del arte recibieron, sin duda alguna, un notable refuerzo con esta bella obra; mas, por desgracia, el empeño de Felipe de hacerla levantar en el mismo sitio que ocupaba el antiguo Alcázar, malogró el pensamiento de Jubara, que era el de colocarla a la parte Norte de Madrid, hacia la puerta de San Bernardino, y transformar la montaña del Príncipe Pío en magníficos jardines reales. Esto, sin duda alguna, hubiera llamado la población hacia aquella parte, permitiéndola extenderse luego, por todos los terrenos que median entre dicho portillo y la Fuente Castellana, y regularmente, de este modo, la apremiante necesidad hubiera adelantado más de un siglo la traída de las aguas suficientes a aquellos contornos, y la ampliación consiguiente de Madrid.

Agostino Masucci. Retrato de FIlippo Juvara. 1735-1736. Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.
Agostino Masucci. Retrato de Filippo Juvara. 1735-1736. Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

          Pero, en fin, ya que así no se hizo, y ya que el distinguido Saqueti, siguiendo las órdenes del Rey, colocó su bello palacio en el punto elevado y pintoresco que ocupa, habría sido de desear que el mismo Monarca, o sus sucesores, que continuaron aquel edificio (el cual no estuvo habitable hasta 1764, reinando ya Carlos III), hubiesen adoptado o procurado llevar a cabo el plan magnífico de obras contiguas a él, que presentó el mismo Saqueti, y que original se conserva en el archivo de la Real casa. Consistían éstas en prolongar ambas alas de la fachada del Mediodía con dos pabellones (de los cuales hay uno concluido), continuando luego con terrazas sobre galerías, de arcos, y en llegando al edificio de la Armería, suponiendo que desapareciera éste, cerrar la plaza con una gran verja; la galería de la izquierda contendría el cuartel para la guardia, y la de la derecha, abierta con vistas al campo, se había de continuar luego hasta la misma altura, con dobles arcadas, atravesando por medio de un extenso puente la cuesta de la Vega y la calle de Segovia, hasta las Vistillas de San Francisco, con lo cual, no sólo se establecía la necesaria comunicación entre ambos extremos de Madrid, sino que se daba a éste un ingreso y vista asombrosos. Detrás de esta galería magnífica, y hacia donde ahora está la plazuela de Santa María, descollaba, según el plan de Saqueti, la elevada cúpula de una hermosa iglesia catedral, un teatro, biblioteca Real, casas de oficios y otras bellas construcciones en todo lo que es  hoy plaza de Oriente, con que quería dotar Saqueti las inmediaciones de la Real morada, y que formando un magnífico conjunto con el palacio, enaltecía en extremo aquellos sitios y daba a la capital del Reino un aspecto sorprendente.

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          Al mismo tiempo que la obra colosal del Real Palacio, se emprendieron y llevaron a cabo por Felipe las importantes del puente de Toledo, el Seminario de Nobles, el teatro de los Caños del Peral¹, los nuevos del Príncipe y el de la Cruz, la iglesia de San Cayetano, la de Santo Tomás, el Hospicio, la Fábrica de Tapices y otros varios edificios de consideración; si bien en todos ellos, así como en las fuentes públicas de la Puerta del Sol, Antón Martín, Red de San Luis y otras, se echó de ver el extravagante gusto peculiar de sus directores los Churrigueras, Riveras y otros a este tenor, que aún duraban de la desdichada época anterior.

Juan de Villanueva. Gabinete de Histora Natural, hoy Museo del Prado. 1785. Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Madrid.
Juan de Villanueva. Gabinete de Historia Natural, hoy Museo Nacional del Prado. 1785. Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Madrid.

          La fundación de las Reales Academias Española y de la Historia, la de la Biblioteca Real, el Gabinete de Historia Natural y otros establecimientos científicos y literarios, la del Monte de Piedad, hospicios, hospitales y otros institutos de beneficencia, todas estas ventajas debió la corte española al feliz reinado del primer Borbón; y al terminar, en fin, su larga y gloriosa carrera en 1746, pudo legar a su hijo y sucesor Fernando VI un reino tranquilo y obediente, un tesoro desahogado, un pueblo pacífico y animado por las ideas más nobles de patriotismo y honradez.”

Ramón Mesonero Romanos. El antiguo Madrid. Paseos históricos-anecdóticos por las calles y casas de esta villa. Tomo I. Madrid.  Oficinas de la Ilustración Española y Americana. 1881.

 

1. El nuevo Coliseo de los Caños fue diseñado por el arquitecto italiano Virgilio Rabaglio. En su época fue el teatro de mayor tamaño de Madrid. Los planos mostrados en el post son de 1788 y  fueron realizados por Francisco Sánchez sin apenas mostrar modificaciones sobre el construido en 1737.

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. José Antonio Irisarri Ortega dice:

    Gracias por la importante documentación histórica de Felipe V y el siglo XVIII.

  2. Bárbara dice:

    Muchas gracias a usted y un cordial saludo.

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