El resurgir español


Jean Ranc. Felipe V de España.1723. Museo del Prado
Jean Ranc. Felipe V de España.1723. Museo Nacional del Prado

          “¿Quién decidió la política española entre 1713 y 1748? La idea de que Felipe V no era dueño de sí mismo es casi tópica. Felipe había demostrado energía y coraje en el campo de batalla durante el conflicto sucesorio, en el que cumplió su papel de rey guerrero, pero sufría brotes cada vez más frecuentes de depresión y letargo. Por este motivo, y también a causa de su vigorosa libido (y su negativa a mantener una amante), tenía un alto grado de dependencia de sus dos esposas, María Luisa de Saboya, y, tras la muerte de la primera en 1713, de Isabel de Farnesio, a la que desposó un año más tarde. La Farnesio fue considerada por muchos coetáneos la fuerza impulsora de la política española hasta el fallecimiento de Felipe en julio de 1746 y su exilio de Madrid ordenado un año más tarde por su hijastro, Fernando VI. Esta política persiguió objetivos, sobre todo en Italia, de escaso valor para España y su pueblo.

Jean Ranc. Isabel de Farnesio, reina de España. 1723. Museo del Prado.
Jean Ranc. Isabel de Farnesio, reina de España. 1723. Museo Nacional del Prado.

          Es indudable que Felipe V carecía de autoconfianza. Había ascendido al trono español en 1700, a la edad de diecisiete años, y, dada su condición de segundón, no había sido preparado para el cargo. Al comienzo de su reinado recibía frecuentes cartas de asesoramiento de su abuelo. Las dudas de Felipe podrían explicarse por su profunda piedad convencional, la cual fue reforzada por la importancia de la religión en el desenlace de la contienda sucesoria. En 1725, cuando llegaron a Madrid los tratados de Viena, el monarca finalizó primero los oficios religiosos de Pascua antes de leerlos; en 1728, el hecho de que no pudiera confesarse y acudir a misa reveló su indisposición.

Francisco Díaz Carreño (copia de Francisco Javier Ramos) Melchor de Macanaz. Hacia 1878. Museo Nacional del Prado.
Francisco Díaz Carreño (copia de Francisco Javier Ramos) Melchor de Macanaz. Hacia 1878. Museo Nacional del Prado.

         La piedad también le hacía depender de su confesor, un cargo de gran importancia política, al igual que antes de 1700. Como observó el embajador francés en 1724, «lo que en España se llama confesor, en otros países se denominaría primer ministro». De hecho, los grandes cambios políticos solían venir acompañados de un cambio de confesor. La llegada de Isabel de Farnesio en 1714, provocó la caída en desgracia de la anterior favorita real, la princesa de los Ursinos, así como de Jean Orry y Melchor de Macanaz; esto también provocó la sustitución de un jesuita francés, el padre Pierre Robinet, por otro jesuita, el padre Guillaume Daubenton. Los confesores de Felipe reforzaron en el monarca un muy tradicional deseo de reinar de forma justa.

René-Antoine Houasse (Atribuido a). Marie Anne de La Trémoille, princesa de los Ursinos. Hacia 1670. Museo Condé. La princesa de los Ursinos fue Camarera Mayor de María Luisa Gabriela de Saboya, primera mujer de Felipe V.
René-Antoine Houasse (Atribuido a). Marie Anne de La Trémoille, princesa de los Ursinos. Hacia 1670. Museo Condé. 

          A su vez, esta inquietud ayuda a explicar por qué, al igual que sus predecesores Habsburgo y muchos otros monarcas católicos de la Europa de comienzos de la Edad Moderna, Felipe sometía los asuntos de estado contenciosos o sensibles al criterio de comités informales que incluían eclesiásticos: eran las llamadas juntas de teólogos.

Alonso Miguel Tovar. Retrato de Gaspar de Molina y Oviedo Siglo XVIII.
Alonso Miguel Tovar. Retrato de Gaspar de Molina y Oviedo. Siglo XVIII. Presidente del Consejo de Castilla de 1733 a 1744.

       (…) La falta de autoconfianza que Felipe trataba de atenuar con consultas a su confesor reforzaba su habitual sumisión a su esposa, la cual contrastaba con la relación de la mayoría de sus predecesores Habsburgo con sus consortes. Los episodios de discapacidad mental que sufría Felipe reforzaban la influencia de la reina sobre este. Bajo tales circunstancias, Isabel fue regente en 1727 y, de nuevo, en 1732. En 1728, Felipe (quién ya había abdicado una vez, en 1724), remitió una nueva acta de abdicación al presidente del Consejo de Castilla tras sufrir un nuevo brote de inestabilidad mental. Isabel, inquieta por su futuro y el de sus hijos, quería que Felipe se mantuviera en el trono, por lo que conspiró para destruir el documento antes de que pudiera hacerse público. Es posible que el traslado de la capital de Madrid a Sevilla entre 1729 y 1733 tuviera el objetivo de distanciar a Felipe del Consejo de Castilla, para así mantener bajo control al rey y su política.

          Los observadores foráneos afirmaron de forma inequívoca que Isabel dominaba a Felipe V y la política de España, y que se alteraba mucho cuando frustraban sus objetivos”.

Christopher Storrs. El resurgir español 1713-1748. Ediciones Desperta Ferro. Madrid. 2021.  pp.150-151.

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