“Pero nosotros crecimos en esta atmósfera malsana y asfixiante, saturada de bochorno perfumado. Aquella moral falsa y antipsicológica del silencio y la ocultación pesó sobre nuestra juventud como una pesadilla y, comoquiera que, gracias a esa técnica solidaria de disimulo, carecemos de auténticos documentos literarios e histórico-culturales, puede no resultar fácil reconstruir algo que ha llegado a ser increíble. De todos modos, contamos con un punto de referencia: basta con fijarnos en la moda, pues la moda de un siglo, con sus tendencias en materia de gustos (cosas que se pueden ver y tocar) revela automáticamente también su moral. No se puede decir realmente que sea una casualidad el que hoy, en el año 1940, cuando aparecen en la pantalla hombres y mujeres de la sociedad de 1900 vestidos con la indumentaria de entonces, el público de cualquier ciudad de Europa o América no pueda reprimir la risa y suelte al unísono una estruendosa carcajada. Los más ingenuos de hoy también se ríen de esas curiosas figuras de ayer, porque las ven como caricaturas, como bufones vestidos de forma poco natural, incómoda, antihigiénica y nada práctica; incluso a nosotros, que conocimos a nuestras madres, tías y amigas ataviadas con esas ropas absurdas, y que también llevábamos prendas igualmente ridículas, nos parece un sueño fantasmagórico el que toda una generación pudiera someterse sin protestar a unas modas tan estúpidas.

La moda masculina de cuello alto y almidonado, la «marquesota» que imposibilitaba cualquier movimiento con soltura, las levitas negras y coleantes y los sombreros de copa que recuerdan chimeneas de estufa, ciertamente provocan risas, pero ¿y las damas de antaño, con sus pesados y forzosos arreos que violentaban cada detalle de su naturaleza? La cintura, apretada como la de una avispa por un corsé de ballena; el abdomen, a su vez, hinchado como una campana gigante; el cuello, cerrado hasta el mentón; los pies, cubiertos hasta la punta de los dedos; el pelo, recogido hacia arriba en innumerables bucles y trenzas bajo un sombrero monstruoso que se tambaleaba majestuosamente; las manos, metidas en guantes incluso durante la canícula: esta figura de «dama», que ya es historia desde hace mucho tiempo, a pesar del perfume que dejaba a su paso, a pesar de los adornos con que estaba cargada y de las blondas, los volantes y los colgajos más preciosos, daba la impresión de ser alguien infeliz, desamparado y digno de compasión. Ya a primera vista se percataba uno de que una mujer acorazada con tales atavíos, como un caballero con su armadura, no podía moverse con libertad, viveza y gracia; de que cada movimiento suyo, cada gesto y, en consecuencia, todo su comportamiento debían ser artificiales, poco naturales e, incluso, antinaturales. El solo hecho de ataviarse de «dama» (por no hablar de su educación social), de ponerse y quitarse toda esa indumentaria, representaba un proceso largo, complicado y ceremonioso que no se podía ejecutar sin la ayuda de alguien. En primer lugar, era preciso cerrar un montón de corchetes y corchetas desde la cintura hasta el cuello, apretar el corsé con toda la fuerza de la ayuda de cámara, los largos cabellos (quiero recordar a los jóvenes que, antes de los treinta años, todas las mujeres de Europa, excepto algunas docenas de estudiantes rusas, podían desplegar la cabellera hasta las caderas) eran rizados, estirados, cepillados, frotados y recogidos hacia arriba por una peluquera que acudía todos los días y utilizaba gran cantidad de horquillas, prendedores y peines, y usaba bigudíes y tenacillas para rizar; todo eso antes de envolver a la mujer, como una cebolla, con capas de enaguas, camisolas, chaquetas y chaquetillas hasta que desaparecían completamente los últimos restos de formas femeninas y personales.

Pero este absurdo tenía una razón secreta. Con tales manipulaciones se disimulaban las líneas corporales de la mujer hasta tal punto que ni siquiera el novio, en el banquete de boda, pudiese adivinar ni por asomo si su futura consorte era jorobada o no, regordita o delgada, paticorta o zanquilarga; la época «moral», sin embargo, en absoluto consideraba prohibido el fortalecer artificialmente el pelo, los pechos u otras partes del cuerpo, con el fin de engañar al ojo y adaptarse al ideal general de belleza. Cuanto más deseaba una mujer parecer una «dama», tanto menos se debían reconocer sus formas naturales; en el fondo, la moda, con su deliberado axioma, no hacía otra cosa que servir a la tendencia general de la moral de la época, cuya preocupación principal se centraba en tapar y esconder. Pero esta moral olvidaba por completo que, cuando se cierra una puerta al diablo, éste suele forzar la entrada por la chimenea o por una puerta trasera. Lo que hoy, a nuestra mirada libre de prejuicios, llama la atención en esas ropas que pretendían tapar desesperadamente todo vestigio de piel desnuda, no es su moralidad, sino, al contrario, cuán penosa y provocativamente ponía de relieve la polaridad de los sexos.

Mientras que los chicos y las chicas de nuestra época, todos altos y delgados, todos sin pelo en la cara y con la cabellera corta, se adaptan los unos a los otros como buenos compañeros en lo que al aspecto externo se refiere, en aquella otra época los sexos se distanciaban lo más posible el uno del otro. Los hombres exhibían barbas largas o, al menos, unos ufanos bigotes retorcidos hacia arriba, como atributo de su masculinidad visible desde lejos, mientras que en la mujer, el corsé ostensiblemente ponía de manifiesto su característica más femenina: los pechos. Se exageraba la importancia del llamado sexo fuerte frente al débil también en la actitud que se les exigía: el hombre, enérgico, caballeroso y agresivo; la mujer, tímida, pudorosa y defensiva; cazador y presa, en vez de una relación de igual a igual. A causa de esta antinatural tensión entre los dos sexos en cuanto al comportamiento exterior, también había que reforzar la tensión interior entre los dos polos, es decir, el erotismo, y así, gracias al método tan poco psicológico de la ocultación y el silencio, la sociedad de entonces logro justo lo contrario: ya que a su miedo eterno y su beatería los seguía constantemente el rastro de la inmoralidad —en todas las formas de la vida: la literatura, el arte y la vestimenta, y todo para evitar provocaciones— en realidad se veía impelida a pensar en lo inmoral prematuramente.

Como investigaba sin cesar qué podía ser indecente, se encontraba en estado de vigilancia constante; al mundo de entonces le parecía que la «decencia» corría siempre un peligro mortal: en cada gesto, en cada palabra. Quizás hoy se puede llegar a entender todavía que en aquella época se considerase delito el que una mujer llevara pantalones para jugar o practicar algún deporte. Pero, ¿cómo hacer entender la beatería histérica de prohibir a una dama que se llevase a la boca la palabra «pantalones»? Si por alguna razón la mujer tenía que mencionar la existencia de un objeto tan peligroso para los sentidos como lo son unos pantalones masculinos, debía escoger entre la inocente «calzones» o la denominación evasiva, expresamente inventada para la ocasión, de «los inefables». El que, por ejemplo, una pareja de jóvenes de la misma clase social pero de distinto sexo pudiese salir de excursión sola, sin carabina, era del todo impensable o, mejor dicho, lo primero que pensaba la gente era que podía «pasar» algo. Semejante encuentro era del todo permisible siempre y cuando algún guardián, madre o institutriz, acompañase a los jóvenes en todo momento. Que las chicas jugaran a tenis con vestidos sin mangas o que no les llegaran hasta los pies, hubiese sido escandaloso, incluso en pleno verano, y si una mujer de buenas costumbres cruzaba las piernas en una reunión social, la «moral» lo consideraba terriblemente indecente, pues con este movimiento, por debajo del dobladillo del vestido, podían quedarle al descubierto los tobillos.

Ni siquiera a los elementos de la naturaleza, el sol, el agua y el viento, les estaba permitido tocar la piel desnuda de la mujer. Era un martirio nadar en el mar con pesados vestidos que tapaban el cuerpo desde el cuello hasta los talones; en los internados y conventos, las chicas tenían que bañarse con largas camisas blancas para hacerles olvidar que tenían un cuerpo. No es una leyenda ni una exageración cuando se dice que del cuerpo de las mujeres que morían de viejas, nadie, excepto el tocólogo, el marido y la amortajadora, había visto ni los hombros ni las rodillas. Todo eso hoy, al cabo de cuarenta años, parece un cuento o una humorada. Pero ese temor a todo lo corporal y natural realmente había penetrado en todas las capas sociales, desde las superiores hasta las inferiores, con la fuerza de una verdadera neurosis. Y es que, ¿es posible imaginarse hoy que a finales de siglo, cuando las primeras mujeres osaron montar en bicicleta o a caballo a horcajadas, los campesinos les arrojaron piedras por atrevidas? ¿O que en una época en que yo todavía iba a la escuela, los periódicos de Viena dedicaran columnas y más columnas a debatir la propuesta —toda una novedad — de que las bailarinas de la Ópera bailaran sin medias de malla?

¿Y qué constituyese una conmoción sin precedentes el que Isadora Duncan, en sus danzas, que eran de lo más clásico, bajo la túnica blanca, que por suerte se le arremolinaba alrededor del cuerpo hasta abajo del todo, en vez de los habituales zapatitos de seda enseñara por primera vez las plantas desnudas de los pies? Imaginémonos ahora a jóvenes que se educaron en esa época de mirada vigilante y cuán ridículos les debieron de parecer tales temores por la decencia siempre amenazada, cuando se dieron cuenta de que el velo de moralidad que se quería colgar misteriosamente alrededor de todas estas cosas era en realidad transparente y lleno de desgarrones y agujeros”.
Stefan Zweig. El mundo de ayer. Memorias de un europeo. Trad. de J. Fontcuberta y A. Orzeszek. Ed. Acantilado. Barcelona, 2002. pp. 72-75.