Sevilla, [viernes] 22 de abril 1881
“Querida madre:
¡Uf!, hay que ver lo agotadores que pueden ser los viajes en ferrocarril aquí en España! Ayer tardé de Granada a Sevilla desde las 5 de la mañana hasta las 6 de la tarde. El paisaje era sumamente uniforme en esa parte de Andalucía.

Rica, fértil, con interminables campos de trigo cercados por matas de aloe; de vez en cuando una casa pintada de blanco rodeada de pequeñas palmeras, por lo general los únicos árboles que hay. Nuestros ojos del norte echan bastante en falta la vegetación de árboles frondosos. Todavía no hace demasiado calor pero puedo imaginarme qué terrible ha de ser esta tierra sin árboles en los meses de julio y agosto. Sevilla, la rosa de Andalucía, es una ciudad grande, alegre, bonita y bien cuidada. Todo está pintado de blanco, limpio, bonito, pero no tiene un carácter especial.

Olvidé decirle que ayer me encontré en una estación con mis compañeros de viaje, que han tenido muy mala suerte en su viaje a Ronda. Ha hecho un tiempo espantoso, y Ronda, tan alabada por su enclave pintoresco, fue imposible de pintar; por eso no quisieron permanecer allí los dos días previstos, con tiempo lluvioso y en una mala posada, y continuaron el viaje hasta Málaga; allí fueron a ver el puerto y vieron bailar en un teatro «La malagueña», el más hermoso baile nacional español.

Estamos alojados en el Hotel Madrid, un hotel muy bueno y elegante, y excelente desde el punto de vista económico. Como artistas hemos tenido algunas decepciones en lo que concierne al «Alcázar» y la «Casa de Pilatos».

Los dos edificios, construidos en estilo morisco, no pueden competir con la Alhambra. Además Carlos V, en su afán destructor, ha desfigurado el estilo en algunos lugares, incrustando por todas partes su lema, realmente soberbio, de «nec plus ultra» [sic], de manera que ya no tiene, en absoluto, el mismo carácter que tuvo originalmente.

La catedral es magnífica y especialmente rica. Trabajos en plata y oro, terciopelo, bronce, hierro forjado, se encuentran con gran profusión. Sí, creo que nunca he visto tanta riqueza, ni siquiera en la iglesia de San Isac [sic]. Pero lo que dice Théophile Gautier de las dimensiones de la catedral, por ejemplo, que Notre Dame de París podría caber de pie dentro de la iglesia, es una mentira descarada.

En realidad, lo más interesante desde el punto de vista de un pintor creo que es la gran fábrica de tabaco, donde 6.000 andaluzas trabajan en salas interminables liando puros y cigarrillos. Hay un griterío y un ruido indescriptibles. El calor es horrible, al igual que el olor a tabaco. El adorno habitual de las andaluzas consiste en un vistoso peinado, un hermoso pañuelo de lino sobre los hombros, falda y zapatos de seda.

Aquí pueden verse mujeres de todos los tipos y de todas las edades, y puede recorrerse una escala que va desde unas brujas de 60 años —a cuyo lado las de Macbeth son unas auténticas bellezas—, hasta las más floridas y finas muchachas de 18 años que uno pueda imaginar. Estas españolas tienen rasgos extremadamente finos y manos finas. No he visto ni una sola mano grande en medio de esta multitud. Las que están casadas y tienen niños, traen a sus pequeños consigo. Por eso hay niños desnudos gateando entre los sacos de tabaco; otros, los más pequeños, maman mientras sus madres enrollan pequeños trabucos [sic]. Todo esto tiene lugar dentro de un viejo edificio del siglo XVII, sumamente pintoresco.
Ayer vimos gran cantidad de bailes nacionales andaluces; tienen algo de oriental, salvaje, que yo llamaría de pasión contenida; los movimientos no son exagerados, los pasos son muy menudos y se limitan únicamente a zapateados rítmicos; lo más importante es el movimiento de los brazos y de los pies. Había un chico joven que bailaba de un modo incomparable, ¡qué talento! Tenía la figura más esbelta que jamás he visto, elegante, ágil, era un placer mirarlo.

La música es más bien monótona -también ésta oriental- el público acompaña con los pies, toca las palmas al ritmo de las castañuelas, y grita: «bien», «ola» [sic], «gracia», a cada movimiento bien conseguido. En estos cafés, principalmente destinados a la gente del pueblo, se bebe manzanilla (un vino excelente) en unos vasos largos y estrechos y se ofrece a las bailarinas tras su actuación. Ellas toman el vaso, hacen con él un movimiento circular, lanzan con fuerza el contenido hacia lo alto y lo cogen al vuelo. El vino forma una burbuja, es algo muy curioso y bello. Parece que esta costumbre es de origen griego, así que no es de ayer.

Boït está cansado; Noël y yo vamos a salir a ver los círculos distinguidos de la sociedad, sus carruajes e indumentarias, que sin duda serán muy elegantes. Pronto podremos ver «les Andalouses au teint bruni» [las andaluzas de piel morena] y los caballos, los caballos andaluces, que son los más hermosos que he visto hasta la fecha, de crines onduladas y pelaje totalmente plateado. Las mulas llevan arreos muy hermosos.
El domingo asistiremos a una corrida de toros. La plaza de aquí es una de las más grandes. Esperemos que haga buen tiempo. Probablemente el martes saldremos hacia Córdoba y desde allí a Toledo, donde nos quedaremos más tiempo. Según dicen todos, Toledo es la ciudad más extraordinaria de España. Ahora Noël me está apremiando y no puedo seguir escribiendo, aunque lo haría con gusto. Adiós, y muchos, muchos recuerdos para todos de
Atte”
Albert Edelfelt. Cartas del Viaje por España. Madrid. Ediciones Polifemo. 2006. pp. 203-206.
Albert Edelfelt (21 de julio de 1854 – 18 de agosto de 1905) fue un pintor finlandés. Se trata de uno de los primeros artistas finlandeses en conseguir fama internacional. Su obra fue especialmente exitosa en París.

