“La Reforma ejerció, sin duda, y más a través del grabado y la estampa que por medio de la pintura, la mayor influencia sobre los cambios en la sensibilidad de la época moderna. Apoyándose en el libro, utilizando a gran escala la imagen grabada e impresa con fines propagandísticos, la Reforma contribuyó a la difusión masiva de las imágenes en blanco y negro. De este modo, participó activamente en la profunda transformación cultural que alteró el universo de los colores y contribuyó a conceder —bastante antes que Newton- un estatus aparte al negro y al blanco. Esta transformación no solo atañe al arte y las imágenes, concierne asimismo a las prácticas sociales.

Será en el uso de la ropa donde la cromofobia protestante ejerza una influencia más profunda y perdurable. Además, se trata de uno de los ámbitos donde los preceptos de los grandes reformadores convergen en mayor medida. En líneas generales, sus opiniones sobre las relaciones entre el color y el arte, sobre las imágenes, el templo o la liturgia, van en el mismo sentido, si bien divergen en numerosos puntos. En el caso de la vestimenta, es otra historia: el discurso es casi unánime, y los usos, similares. Las diferencias son solo de matices y grados; como en todo, cada confesión, cada iglesia, cuenta con sus moderados y sus radicales.

Para la Reforma, el vestido es siempre señal de vergüenza y de pecado. Está vinculado con la caída de Adán, y una de sus funciones principales es recordar al hombre su decadencia; de ahí que deba adaptarse a la naturaleza y a las actividades, ser señal de humildad y de contrición y resultar sobrio, sencillo y discreto. Todas las formas de protestantismo sienten una profunda aversión por el lujo en el vestir, por los maquillajes y los adornos, por los disfraces, por las modas pasajeras o excéntricas. Para Zuinglio y Calvino, acicalarse es una impureza, maquillarse una obscenidad y disfrazarse una abominación. Para Melanchton, preocuparse en exceso por el cuerpo y la vestimenta sitúa al hombre por debajo del animal. Para todos ellos, el lujo es una corrupción; el único ornamento que hay que buscar es el del alma. El ser debe ganar a la apariencia en todo momento.

Estos mandamientos acarrean una austeridad extrema en el vestir y en la apariencia: simplicidad de formas, supresión de accesorios y de artificios que puedan enmascarar la realidad. Los grandes reformadores dan ejemplo, tanto en su vida diaria como en los retratos pintados o grabados que dejan de sí mismos. Todos se hacen representar con ropas sombrías, sobrias, casi tristes.

La búsqueda de la simplicidad y de la severidad se traduce en una paleta de la que se ausentan los colores más vivos, considerados deshonrosos: el rojo y el amarillo, en primer término, aunque también los rosas, los naranjas, la mayoría de los verdes e incluso los morados. En cambio, se utilizan con profusión los colores oscuros, entre los que destacan los negros, los grises y los marrones. El blanco, color puro, se recomienda para las ropas infantiles y, en determinadas ocasiones, para las femeninas. El azul se tolera en la medida en que sea discreto. Si denota abigarramiento, o si viste «a los hombres como pavos reales» —la expresión la utiliza Melanchton en un famoso sermón de 1527— se condena con severidad. Al igual que en el caso de la decoración del templo y de la liturgia, la Reforma reitera su odio por la policromía.

La paleta protestante difiere en poco de la moral medieval aplicada a la vestimenta que había prevalecido durante los últimos siglos. Con la Reforma, no obstante, son los colores —esto es, las coloraciones— y solo los colores lo que se juzga, no las sustancias colorantes. Algunos colores se prohíben, otros se prescriben. Las normas sobre el vestir y las reglas suntuarias que dictan la mayoría de las autoridades protestantes son muy claras al respecto, tanto en Zúrich y en Ginebra en el siglo XVI como en Londres a mediados del XVII y en Pensilvania en el siglo siguiente. Hay sectas puritanas o pietistas que llevan más allá la severidad y la homogeneidad del vestido reformador —, siempre ha ejercido una gran atracción sobre las sectas protestantes—, tal es su odio a las vanidades del mundo este modo, contribuyen a forjar del atuendo protestante una imagen no solo austera y sombría sino chapada a la antigua, casi reaccionaria, hostil a las modas, a los cambios, a las novedades.

En cualquier caso, no hace falta adelantarnos hasta las sectas más puritanas para poner de relieve cómo el uso de las ropas sombrías, recomendado por todos los grandes reformadores, contribuyó a prolongar el gran auge del negro existente ya en la Europa del siglo XV. Da la impresión de que el negro protestante y el negro católico se unen (o bien se fusionan) para convertir a este color en el más utilizado en la vestimenta masculina europea entre los siglos XV y XIX; casi en el extremo opuesto de su uso durante la Antigüedad y gran parte de la Edad Media. Por aquel entonces, los hombres podían vestirse de rojo, de verde, de amarillo, en definitiva, de todos los colores vivos y claros. A partir de ahora, punto final: salvo en circunstancias excepcionales —rituales, festivas o transgresoras—, los hombres no volverán a vestirse así. Todo buen cristiano, todo ciudadano que se precie, sea protestante o católico, tendrá que llevar a diario ropa oscura: negra, gris, marrón y, con el tiempo, azul marino.

Predomina, no obstante, el negro, y por partida doble: está, por un lado, el negro de reyes y príncipes, el negro lujoso nacido en la corte de Borgoña durante la época de Felipe el Bueno y transmitido a la corte de España con el resto de la herencia borgoñesa; y, por otro, el negro de los monjes y los hombres de Iglesia, el de la humildad y la templanza, el de todos los movimientos que pretenden, por uno u otro motivo, reencontrar la pureza y la sencillez de la Iglesia primitiva. Es el negro de Wyclif y de Savonarola; es el negro de la Reforma protestante; y también el de la Contrarreforma.

Con respecto a los colores, esta última distingue claramente entre lo relativo a la iglesia y el culto y lo relativo al común de los fieles: riqueza y profusión de colores por una parte, discreción y sobriedad por otra. Por mucho que la misa sea un teatro de colores, un buen católico no debe hacer alarde de colores vivos, ni siquiera aunque sea rey o príncipe. Cuando Carlos V se viste de negro —y lo hace a lo largo de casi toda su vida—, no se trata siempre del mismo negro. Unas veces es el negro principesco, heredado de la magnificencia de las cortes borgoñesas; otras, en cambio, es el negro humilde y monástico, heredado de las prescripciones medievales sobre el color. Es el segundo negro el que le acerca a Lutero y el que demuestra que las éticas católicas y protestantes tienden a converger para encerrar a los cristianos, al conjunto de los cristianos, dentro de los mismos sistemas de valores cromáticos. Mediado el siglo XVI, el negro ondea en lo más alto y así seguirá durante décadas”.
