“La elegancia ha nacido del conjunto armónico de la belleza física y la belleza moral. Es como si éstas fuesen dos electricidades contrarias, destinadas a completarse para ser fecundas, y de cuya unión brota la luz. La luz es la elegancia, que se denomina, según sus grados, distinción, chic, encanto, fascinación. La belleza, moral no se puede expresar todos los días con actos heroicos y abnegados, de los que tan llena, sin embargo, está la vida de la mujer, y se exhala como un perfume en su elegancia.

Se ha definido la elegancia, imprudentemente, de un modo demasiado restringido y vulgar. Por eso se ha creído que era sólo propia de las mundanas y de las millonarias, puesto que se la consideraba como el arte de vestir a la última moda, y recibir los pueriles homenajes de salón. Pero la elegancia no es así: en su sentido más lato, más amplio, abarca la esfera toda de nuestra vida toda; está en la mirada, en los movimientos, en la gracia del gesto, en la dignidad de la conducta.

Ninguna condición es tan necesaria para despertar la simpatía. Un alma cultivada se manifiesta en todos sus actos. De nuestra formación depende, no sólo la felicidad nuestra, sino la de nuestra familia, y en último término la de la sociedad de que formamos parte. El grado de desenvolvimiento que alcanza la época en que vivimos nos exige, no sólo ser bellas y buenas, sino demostrarlo en todos los momentos. La elegancia es el perfume de la hermosura y la espiritualidad. Siendo tan extenso el campo que abarca la elegancia, su estudio se hace bastante difícil. En primer lugar (ya he notado que la división es empírica) se necesita desenvolver el cuerpo. El vaso ha de ser digno de la esencia que encierra, cuidando de su desarrollo y de su salud. Necesitamos en seguida desenvolver el espíritu en sus tres esferas totales: un sentimiento artístico y sociable y tierno; una inteligencia cultivada en la enciclopedia de todo conocimiento útil, y una voluntad que tienda á ser buena, digna y capaz de ser siempre amada.

En este círculo se comprende el modo de presentarse y proceder en todos los actos de la vida: el arte de la toilette; la manera de conducirse en sociedad; la delicadeza intima que en todos los momentos hay que tener. Una mujer que no sea elegante, es decir, que no sepa tener todas esas delicadezas, fracasará en el mundo, por sabia y buena que sea.
En uno de los tomos anteriores de esta biblioteca me he ocupado de lo que es intrínseco a la mujer para su educación y el puesto que le está asignado en la sociedad y en la familia. He tratado de cómo debe formar su espíritu y su cuerpo para ser eternamente joven y amada. En este volumen me toca, dando por supuesta la educación de la mujer, ocuparme de esas manifestaciones externas, que deben vigilarse cuidadosamente, y que son la elegancia. Réstame sólo advertir, antes de entrar en materia, que son vanas esas controversias que se sostienen acerca de si la elegancia es superior a la belleza y si puede llegar a ser su enemiga.

Fijado el concepto de la elegancia, se observa que no pueden ser superiores ni antagónicas ninguna de ellas, puesto que van tan unidas, que no pueden separarse. Lo que sucede es que a veces una mujer de líneas perfectas o un objeto hermoso no nos cautiva tanto como otra mujer u otro objeto de líneas menos perfectas; pero es que en estos últimos existe mayor belleza moral o mayor delicadeza espiritual en la ejecución, y por tanto mayor grado de hermosura, de esa tenue hermosura que resulta de la armonía de las cualidades internas y externas, y no observando bien nos parece injusto o desproporcionado.

Sobre la belleza de quince abriles y tez de manzana de la campesina tiene la gran dama la belleza del arte y del estudio, cuya influencia sufren el hombre cultivado y el rústico. En realidad, no puede decirse que su elegancia vence a la belleza natural, sino que ella posee mayores bellezas, y por eso tiene la elegancia que a las otras les falta. En el teatro no obscurece la elegancia de las artistas al mérito de las obras, como se ha querido decir. Cuando los autores son inferiores a los intérpretes, éstos no se visten para la obra, sino que la obra se hace para que se vistan ellos.
Es preciso fijarse bien en que la elegancia no es ni el lujo ni el vestido, por más que todo forme parte en ella cuando se sabe combinar sabiamente. Nada menos elegante que las joyas y las sedas sobre una mujer tosca, grosera é ineducada. Basta observar esto para convencerse de que la elegancia es el perfume del alma culta. Nuestra época, refinada y exquisita, exige en las mujeres la elegancia como manifestación de su espiritualidad en todos los órdenes de la vida, y el adquirirla constituye el difícil arte, que no podemos eximirnos de conquistar”.
Carmen de Burgos. Arte de ser elegante. Valencia. F. Sempere y Compañía, Editores. 1918. pp. 7-11.
Cierto y verdadero, aunque la mona se vista de seda,mona se queda. La bondad es necesaria para ser elegante,pues la elegancia no se hace,se nace.
El vie., 30 may. 2025 12:43, «Arte y demás historias» por Bárbara Rosillo,
Hola, me gustaría republicar algunos de tus textos en la sección de ensayos de masticadores.com. mi contacto fleminglabwork@gmail.com saludos Juan Ré Crivello