«Soy creyente. Para mi, están Balenciaga y Dios»


          «Givenchy conoció a su ídolo durante una muestra de moda francesa en el hotel Waldorf Astoria de Nueva York. Fue en la primavera de aquel 1953 que en su cabeza debió de permanecer siempre como el año de su vida. Lo vio al otro lado de la sala, solo y con gafas oscuras. No hablaba con nadie porque no sabía inglés. Se atrevió a dirigirse a él y al final pasaron la tarde hablando. Al día siguiente Cristóbal Balenciaga invitó a su admirador a comer. «Me dijo: «¿Sabes? No presto mucha atención a las revistas de moda, pero veo frescura y encanto en tu trabajo». Con el tiempo, de la amistad creció algo mucho más grande», recordaría después Givenchy. Balenciaga se convirtió en su mentor. Se burlaba de que fuera tan convencional: «Tu educación te obliga a hacer las cosas de cierta manera. Sé natural, sencillo, honesto, no te compliques». Hubert admiraba su forma de cortar, casi científica, y su excéntrica simplicidad, pero cuando le propuso estudiar de incógnito en su taller de Barcelona para aprender la técnica, Balenciaga lo rechazó: «No te valdrá de nada. Es demasiado tarde para que aprendas el oficio. Tienes buen gusto, Hubert, con tu buen gusto te será suficiente». Le cedió, eso sí, dos de sus primeras costureras. «Dales tus ideas, obsérvalas trabajar y aprenderás», le dijo.

Vestido Saco1957

Este modelo, llamado "vestido saco", muestra la original línea en la que Balenciaga trabajó en los años 50
Vestido Saco. 1957. Cristóbal Balenciaga.

          Se inspiraban mutuamente: en 1957, ambos presentaron versiones del vestido saco, un patrón totalmente nuevo que ocultaba la forma del cuerpo pero permitía el movimiento, y que resumía las avanzadas ideas sobre la comodidad que compartían. Para 1960, las casas de Balenciaga y Givenchy estaban tan adelantadas al resto que podían hacer lo que quisieran.

Hubert de Givenchy, alos veinticinco años, examinando sus bocetos en su despacho de la Rue Alfred de Vigny en París.
Hubert de Givenchy, a los veinticinco años, examinando sus bocetos en su despacho de la Rue Alfred de Vigny en París.

          El perfeccionista Balenciaga no solo ayudó a Givenchy con sus consejos. Seis años después de conocerse, la decisión de aportar su propio dinero para que el francés se pudiera trasladar al palacete que había frente al suyo en Avenue George V provocó la ruptura con Nicolás Bizcarrondo, el socio con quien había fundado su casa de costura. Y cuando se retiró, muy poco después, él mismo llevó de la mano a su mejor clienta, la millonaria estadounidense Bunny Mellon, al otro lado de la calle. A veces, cuando estaba ocioso, llamaba a su amigo a las cinco de la tarde y le decia que dejara de trabajar, que fuera a su casa a tomarse un Dry Martini. Hubert solía salir de allí ya de noche y con un impermeable prestado; Balenciaga se enfadaba cuando la ropa de Hubert no estaba bien hecha y se la quedaba para corregirla. Tras su muerte, en 1972, el secretario del español encontró en su piso cuatro abrigos y chaquetas inusualmente grandes y con las mangas desmontadas. Givenchy solo tuvo hacia él palabras de agradecimiento. Incluso se reía de su propia devoción: «Soy creyente. Para mí están Balenciaga y Dios».

Rachel L Mellon.
Bunny Mellon por Fred R. Conrad/New York Times.

          El de Beauvais recibió el regalo de las riquísimas clientas de su maestro, que se sumaron a la nutrida red de incondicionales de su ropa de día sencilla y moderna, y de esos vestidos de noche lujosos, pero dramáticamente simples, que antes parecían un Ferrari que una carroza. «Recuerdo a aquella señora, la condesa de Camargo. Había sido una gran terrateniente del azúcar en Cuba y había tenido que huir a Miami cuando la Revolución. Siempre venía al atelier con dos mucamas que traían bolsas de plástico llenas de algo pesadísimo en cada brazo, y nos preguntábamos qué demonios llevarían ahí. Un día nos enteramos de que eran kilos y kilos de zafiros, rubíes, esmeraldas у diamantes. ¡La señora iba con sus joyas a todas partes porque tenía miedo de que se las robasen!», recordaba en 2014 para la edición española de Vanity Fair: Sus fieles incluían representantes de las mayores fortunas del mundo (Marella Agnelli, Mona Bismark), estrellas de Hollywood de todas las edades (Marlene Dietrich, Lauren Bacall o la propia Hepburn), y la realeza y la aristocracia, encabezadas por Gracia de Mónaco. Sin olvidar a las norteamericanas, que se enamoraron del traje largo color marfil con abrigo a juego que diseñó para Jackie Kennedy en su visita oficial a Francia en 1961.

Audrey Hepburn luciendo el famoso vestido diseñado por Givenchy para la pelicula Desayuno con diamantes.
Audrey Hepburn luciendo el famoso vestido diseñado por Givenchy para la película Desayuno con diamantes.

          A pesar de la fidelidad de aquellas mujeres, el modisto vio desde el principio el declive de la alta costura, un negocio que contaba ciento seis casas en 1946 pero solo una veintena dos décadas después. Givenchy fue pionero en diversificar con perfumes y prêt-à-porter, y también aventurándose en sectores hacia los que él e inclinaba naturalmente. A mediados de los años setenta, uno podía encontrar porcelana, prendas para hombre o ropa de casa marca Givenchy. También había hoteles Hilton decorados por él, y a finales de la década, incluso un lujoso Lincoln Continental Givenchy Edition. Esta versión del automóvil, que fue uno de los últimos de aquellos coches de lujo gigantescos que la industria estadounidense adoraba, era 2.100 dólares más cara que la normal. Pero debía de valer la pena solo por tener aquel larguísimo cupé con capota de carruaje pintado en «azul cristal con efecto polvo de luna», el color que había escogido su diseñador».

Daniel García. «Mitos de la Moda». Hubert de Givenchy. Madrid. Edición La Fábrica. 2019. pp-38-42.