Las cigarreras de Sevilla


Cigarrera fumando. 1880.
Cigarrera fumando. 1880.

          “Para llenar esta cuartilla solo tengo una idea, un recuerdo brevísimo; pero que me llena de triste sensualidad, tan grande y abundante como el perfume que depositan en una alcarraza tres gotas de esencia de las rosas de los califas. Este recuerdo es un cuarto de hora que pasé en la Fábrica de Tabacos de Sevilla. La muchedumbre de jóvenes, entre la cual había de cruzar este día agobiador, me ha dejado una impresión  que no se evapora más que el perfume depositado en mi frasco por los claveles, la albahaca y los jazmines destilados en los jardines de Andalucía. Al mediodía, luego de haber recorrido calles y patios que devoraba el sol, en un enorme edificio semisoldadesco, semireligioso, visité a lo largo de salas inmensas a cinco mil mujeres aproximadamente, las famosas cigarreras sevillanas que, en una batahola inaudita de cantos y de parlerías, lían los puros y cigarrillos.

Gonzalo Bilbao. Las cigarreras . 1915. Museo de Bellas Artes. Sevilla.
Gonzalo Bilbao. Las cigarreras . 1915. Museo de Bellas Artes. Sevilla.

          ¡Cinco mil sevillanas, que en estos talleres permanentemente regados y sembrados por un excitante polvillo de tabaco se encuentran medio vestidas y muestran (sin más preocupación que sus ojos incomparables, sus hermosos cabellos o sus manitas morenas) los brazos redondos, los senos dorados, toda su garganta, las pantorrillas y, por aquí y por allá, esas lindas joyas de nombres muy poco graciosos para que degrade este cuadro nombrándolas. Entre estas jóvenes, unas balancean con el pie la cuna de su hijo; otras dan al lado de comer a un perro; algunas han interrumpido el trabajo para empolvarse o recargar el rojo con que se habían pintado; la mayor parte tienen el espejo en la mano, y todas llevan en sus cabellos una flor de vivos colores y no dejan de hablar.

Cigarreras. Sevilla. 1920.
Cigarreras. Sevilla. 1920.

          Había pequeñas de doce o trece años, pero la gran mayoría mostraba cuerpos en edad de ser amados; y algunas viejas dispersas aún hacían más excitantes la juventud y vivacidad que las envolvía y que parecía haberlas asfixiado como un perfume demasiado fuerte. ¿Por qué, pues, siendo tan alegres sólo me causaban tristeza estas cigarreras? ¿Por qué de esas lindas bestias hacinadas en estos verdaderos establos de amor no he sacado ninguna nota alegre, resplandeciente y fácil?

Ahora lo comprendo: era la melancolía de ver tanta joya derrochada.”

 

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