La coronación de Napoleón


          “A partir de aquel momento toda la corte se entregó sin descanso a preparar las ceremonias de la coronación y la emperatriz se rodeó de los mejores artistas de París y de los comerciantes más prestigiosos. Asesorada por sus consejos, determinó el diseño del nuevo hábito de corte y de su vestido en particular. Pensaron acertadamente que no era cuestión de resucitar el guardainfante: bastaba con añadir a nuestros trajes ordinarios el manto largo que se ha conservado después del regreso del rey, y un cuello de blonda llamada chérusque, que sujetado sobre los hombros se levantaba por detrás de la cabeza y recordaba el vestido de corte de Catalina de Médici. Luego se ha eliminado, aunque, a mi juicio, dotaba de gracia y dignidad todo el atuendo. La emperatriz disponía ya de una buena cantidad de diamantes, pero el emperador añadió un puñado más para su adorno. Recurrió incluso a los que se conservaban en el Tesoro Público, pues quiso que su mujer los luciera todos. Le fabricaron una diadema resplandeciente encima de la cual el emperador le pondría, llegado el momento, la corona imperial.

François Gérard. Josefina con el traje de la coronación. 1807-1808. Museo Nacional del Castillo de Fontainebleau.
François Gérard. Josefina con el traje de la coronación. 1807-1808. Museo Nacional del Castillo de Fontainebleau.

          Se hicieron ensayos secretos de la ceremonia, y el pintor David, encargado de pintar el cuadro de la misma, determinó la colocación y las posiciones de cada uno. Hubo grandes discusiones sobre la coronación del emperador. La primera idea era que el papa colocaría la corona sobre su cabeza con sus propias manos, pero Bonaparte se oponía a la idea de recibirla de nadie y dijo sobre esta cuestión las palabras que madame de Staël recoge en su obra: “He hallado la corona de Francia en el suelo y la he recogido”. Hubiese podido añadir: “Con la punta de mi espada.”

             Finalmente tras largas deliberaciones, se decidió que el emperador se coronaría a sí mismo y que el papa se limitaría a dar su bendición. Nada se olvidó para que la fiesta resultara espectacular. Acudió a París muchísima gente y llamaron a parte de las tropas.

          (…) El emperador quiso que las princesas llevaran el manto de la emperatriz y recuerdo perfectamente que se prestaron a ello de tan mala gana que llegó un momento en que la emperatriz, vencida por el peso del manto que arrastraba, no podía avanzar porque sus cuñadas apenas lo sostenían. A la postre consiguieron que las colas de sus vestidos fueran llevadas por sus chambelanes y esta distinción las consoló un poco de la obligación que se les había impuesto.

Moneda conmemorativa de la coronación de Napoleón por Pío VII.
Moneda conmemorativa de la coronación de Napoleón por Pío VII.

          (…) El 2 de diciembre tuvo lugar la ceremonia de la coronación imperial. Hacía frío, pero el día era seco y hermoso y las calles de París se habían llenado de gente. El pueblo parecía más curioso que atento. La guardia había formado y ofrecía un bellísimo cuadro de fondo. El papa se anticipó al emperador y mostró una paciencia admirable permaneciendo largo rato sentado en el trono que se le había preparado en la iglesia sin quejarse del frío ni de las muchas horas que pasaron hasta la llegada del cortejo. Antes de la partida a Notre-Dame se nos introdujo en el apartamento de la emperatriz. Nuestras toilettes eran espectaculares, pero nada podía rivalizar con las de la familia imperial. Se hubiese dicho que la emperatriz, con su peinado a la moda de Luis XIV y cargada de diamantes, apenas tenía veinticinco años. Iba vestida con un traje y un manto de corte de satén blanco bordados en oro y plata, y lucía una diadema de diamantes, un collar, pendientes y un cinturón costosísimos. Además lo llevaba todo con su gracia habitual. Sus cuñadas, cargadas de piedras preciosas, también resplandecían, y el emperador nos examinaba de una a una y sonreía al ver tanto lujo, que venía a ser, como todo lo demás, una creación de su voluntad. También el llevaba una indumentaria espléndida. Como solo en la iglesia iba a revestir sus hábitos imperiales, llevaba un uniforme  francés de terciopelo rojo bordado en oro, un écharpe blanco, un manto corto sembrado de abejas, un sombrero con el ala delantera alzada, adornado con plumas blancas, y el collar de la Legión de Honor de diamantes. Aquella indumentaria le quedaba bastante bien. Toda la corte lucía mantos de terciopelo bordados en plata.

Charles Percier y Pierre Françoise Léonard Fontaine. Llegada de Napoleón a Notre-Dame para su coronación. 1804.
Charles Percier y Pierre Françoise Léonard Fontaine. Llegada de Napoleón a Notre-Dame para su coronación. 1804.

          El emperador subió a un coche dorado con siete ventanas con su mujer y sus hermanos José y Luis. Todos los demás montaron en los coches que les habían sido asignados y el cortejo, ciertamente numeroso, avanzó el paso hasta Notre-Dame. No faltaron las aclamaciones durante el recorrido, pero no se caracterizaban por el entusiasmo que hubiese deseado un soberano ansioso de recibir el testimonio de amor de sus súbditos. Bastaban, en cambio, para satisfacer la vanidad de un jefe orgulloso y poco sensible.

Carroza usada por Napoleón el día de su coronación
Carroza usada por Napoleón el día de su coronación.

          En cuanto llegamos a Notre-Dame, el emperador entró en la residencia archiepiscopal para revestir los hábitos de ceremonia, unos hábitos que parecían aplastarlo un poco. Su corta talla desaparecía bajo aquel enorme manto de armiño. Ceñía su cabeza una sencilla corona de laurel: parecía una medalla antigua. Estaba muy pálido y se le veía emocionado. Miraba con una expresión entre severa e inquieta.

Jean Auguste Dominique Ingres. Napoleón en su trono imperial. 1806. Musseo de la Armada, París.
Jean Auguste Dominique Ingres. Napoleón en su trono imperial. 1806. Musseo de la Armada. París.

          La ceremonia fue tan hermosa como imponente. El momento en que la emperatriz fue coronada despertó un movimiento generalizado de admiración, no por el acto en sí: Josefina tenía una gracia tan exquisita, avanzaba hacia el altar con tanta dignidad y se arrodilló de un modo tan elegante y sencillo que encantó a todas las miradas. Cuando le tocó marchar del altar al trono, tuvo un pequeño altercado con sus cuñadas. Sostenían su manto con tanto asco que en un determinado momento la nueva emperatriz ni siquiera podía avanzar. Cuando el emperador se dio cuenta, dirigió unas palabras tan secas y terminantes que pusieron a todo el mundo en movimiento. Durante la ceremonia el papa mantuvo un poco el aire de víctima resignada, pero noblemente resignada por su voluntad y en aras a la utilidad.”

Jaques-Louis David y Georges Rouget. Coronación de Napoleon. 1805-1807. Museo del Louvre. Paris.
Jaques-Louis David y Georges Rouget. Coronación de Napoleón. 1805-1807. Museo del Louvre. Paris.

Madame de Remusat. Las guerras privadas del clan Bonaparte. Memorias de una dama de palacio en la corte de Josefina y Napoleón Bonaparte. Arpa. Barcelona. 2019. pp.169-177.

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