León según Miguel de Unamuno


“Hace pocos días he visitado por quinta vez la regia ciudad de León, cabeza del reino que unido al de Castilla formaron el esqueleto de España. Por algo dice el pareado:

A Castilla y a León

nuevo mundo dio Colón

          Y tan intima y fuerte fué la unión de ambos reinos, que los leoneses no tienen empacho alguno en llamarse y dejarse llamar castellanos. Esta ciudad y región en que vivo, Salamanca, perteneció al reino de León, y leonesas son las particularidades de su habla popular, que del castellano literario se apartan algo. O más bien por esta provincia cruzaba la frontera entre ambos reinos, por poblados que aún hoy llevan el apelativo de la Frontera, como Zorita de la Frontera, por ejemplo. Y en el lenguaje popular mismo se conoce esta división, pues si en la parte castellana dicen del pan cuando fermenta que está «lludo» –  el Diccionario de la Academia dice «leudo» -, en la parte leonesa dicen que está «yeldo».

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Catedral de León. Interior.

          Es el león leonés león de Castilla, y en el escudo abreviado de España, en el más usual, figuran los dos leones junto a los dos castillos. Y es tal el león un símbolo de origen lingüístico, como tantos lo son. (¿Quién con recuerda los estudios de Max Müller sobre el origen puramente lingüístico de tantos mitos? ¿Quién ignora que la Osa Mayor o Carro del Cielo no es tal osa sino por confusión de nombres?) Llamóse  León con este nombre, del acusativo latino legionem, porque fué poblada por la séptima legión romana; legic séptima gemina pia, felix. Y coincidiendo luego el nombre León, de legión, con el de león, tomóse la figura de éste por símbolo de aquél. Y a tal punto, que en un conocido dístico latino, de que os hablaré, se llamaba a la catedral de León pulchra leonina, con un adjetivo de leo-onis, el león, y no de legionensis.

          Desde que por primera vez la visité me atrajo esta vieja y regia ciudad de León, henchida de recuerdos de nuestra historia, en una verde llanada llena de álamos, que bañan el Beruesga y el Torío al ir a juntar, a la vista de la ciudad, sus aguas. Es su paisaje aquietador, lleno de cielo y de frondosidad, pero sin riqueza ni exuberancia.

          La ciudad misma no es de las que más carácter conservan si se exceptúan los trozos de las antiguas murallas y sus tres principales monumentos. Las calles se han modernizado y se modernizan y aún cambiarán más, pues la riqueza minera de la provincia acabará por hacer da la capital un gran centro mercantil y aun de recreo. Sólo una plaza, una de las nuestras típicas viejas plazas, nos habla allí de otros tiempos. En ella puede verse a la paisanería con sus  pintorescos trajes.

Hay un dístico latino que refiriéndose a cuatro de nuestras viejas catedrales españolas reza así:

Sancta ovetensis, pulchra leonina,

Dives toletana, fortis salmantina;

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Catedral de Oviedo.

es decir: Santa la de Oviedo, por sus muchas reliquias; bella la de León, rica la de Toledo, fuerte la de Salamanca, la vieja, la románica, no la nueva, la que en el siglo XVI se empezó. Y he traducido pulchra por bella, como pude traducir elegante o bonita. Y lo es más, sin duda, que no hermosa. Porque esta elegantísima y bella catedral gótica leonesa no tiene ni lo pintoresco y variado de la de Burgos, ni la magnificencia de la de Toledo, ni la solemnidad de la románica de Santiago de Compostela, ni el misterio que tienen las de Ávila y Barcelona, menos celebrada esta última que merece serlo. La catedral de León se abarca de una sola mirada y se la comprende al punto. Es de una suprema sencillez y, por lo tanto, de una suprema elegancia. Podría decirse que en ella se ha resuelto el problema arquitectónico, a la vez de ingeniería y de arte, de cubrir el mayor espacio con la menor cantidad de piedra. De donde su aérea ligereza y aquellos grandes ventanales, cubiertos de vidrieras con figuraciones policromas, donde la luz se abigarra y se alegra en tan diversos colores.

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Catedral de Santiago.

            Lo cual me sugirió una reflexión traslaticia o metafórica aplicada al arte de la poesía y en general a la literatura. Y es que así como en este genuino arte gótico de arquitectura se llegó a cubrir grandes espacios con poca piedra, sin más que tallarla y agruparla bien, así en la poesía ha de cubrirse o encerrarse el mayor espacio ideal, se ha de expresar el mayor contenido posible representativo, con el menor número de palabras, sin más que tallarlas o agruparlas bien. ¡ Y cuán lejos de ello estamos en España! Nuestra poesía y nuestra literatura en general nada tienen de góticas en este sentido; son más bien platerescas y aun barrocas, por el exceso de su ornamentación nada constructiva, y bajo la cual se pierde la línea. Pensamiento poético que puesto en prosa exija menos palabras que aquellas con que el verso lo expresó un poeta, podéis asegurar que éste lo expresó mal.

            No voy a describiros, claro está, la catedral de León. El que quiera verla descrita puede leer lo que de ella escribió D. José M. Quadrado en el tomo que a Asturias y León dedicó en la obra España; sus monumentos y artes, su naturaleza e historia.

Stitched Panorama
Catedral de Oviedo.

            Todos sabéis que las catedrales góticas son vertebradas, es decir, tienen un esqueleto de columnas y crucerías recubierto de carne de piedra, y que el peso de todo de las bóvedas se echa hacia afuera, sosteniéndolo los contrafuertes con sus arbotantes. De aquí que a la ligereza y esbeltez del interior corresponda una robusta y complicada fábrica exterior. Y así ocurre con la de León. Pero por dentro a esta catedral, que podríamos llamar modelo de gótico, tan pura, tan aérea y tan clara, le encuentro que le falta recojimiento  y misterio. No es fácil esconderse y aislarse en ella. Hase dicho también, no sé con qué fundamento, que es poco española. Verdad es que se le ha negado casticidad a nuestro arte arquitectónico, de importación lo más de él, sobre todo el gótico. Lo nuestro parece ser una parte del románico, el llamado visigodo, y el plateresco. Pero las catedrales góticas nos vinieron de Francia. Sus maravillas en el género, las de París, Reims, Chartres y Bourges, decidieron su introducción en España; Fernando el Santo parece haber sido gran admirador del estilo gótico francés, y en su reinado se alzaron las tres grandes catedrales góticas españolas, las de Burgos, Toledo y León.

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San Marcos. León.

          Si la catedral representa en León el arte gótico del siglo XIII, en la iglesia y convento de San Marcos, residencia principal que fué de la Orden de Santiago en los reinos de León, y hoy depósito de sementales para la Caballería del Ejercito (!!!), se nos ofrece un ejemplar de la Escuela del Renacimiento del siglo XVI. Me recordaba este edificio a mi Salamanca, ciudad reciente si las hay. Paseándome con unos buenos amigos, a la caída de la tarde, por la alameda delante de San Marcos corre  a lo largo del Beruesga, no me hartaba de contemplar aquel rosetón calado que se alza sobre su frontispicio. Estos bordados de la piedra, destacándose sobre un cielo limpio de ocaso, son uno de los espectáculos más hermosos de que se puede gozar, sobre todo, cuando cerca ya del anochecer, parece como que la piedra pierde su materialidad tangible.

          Me han asegurado que S.M. el Rey, al pasar por León, ha manifestado ya más de una vez de una vez su extrañeza porque esa joya de nuestra arquitectura plateresca siga dedicada a depósito de sementales.

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Panteón de reyes de San Isidoro de León.

         Mas lo que en León produce impresión más profunda al espíritu algo cultivado es la venerable basílica románica de San Isidoro, donde está el formidable panteón de los reyes de León. « Su maciza y adusta mole – dice Quadrado – nos traslada a la monarquía semiheroica y semibárbara del siglo XI; austeros monjes o duros guerreros son los únicos adoradores análogos al carácter de su arquitectura; su panteón compendia la historia de dos centurias y de diez generaciones de monarcas.»

          San Isidoro es, sin duda, una de las más severas y a la par más elocuentes páginas de piedra de la historia de España. Su maciza torre cuadrada nos habla de tiempos macizos también, y cuadrados, de los recios tiempos de la Reconquista.

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Capilla Real de Granada.

         Difícilmente olvidaré la impresión que se produjo en mi alma cuando entré, hace ya más de siete años, por primera vez en el panteón de los reyes leoneses. Sólo recuerdo otras dos impresiones análogas, y es las que sentí al bajar, en la Real Capilla de la Catedral de Granada, a la cripta en que se guardan, en sencillísimas cajas, los restos de los Reyes Católicos D. Fernando de Aragón y Dª Isabel de Castilla, dejando arriba los suntuosos pero vacíos túmulos que en imágenes yacentes nos les muestran, y la que recibí en Alcobaça, al entrar en la capilla en la que descansan su eterno sueño de amor y la tragedia de D. Pedro y su infortunada amante Inés de Castro. ¡Cuán diferente el efecto que me produjo el panteón de los reyes de España en el Escorial!

Cripta Real del Monasterio de El Escorial
Cripta Real del Monasterio de El Escorial.

          Este panteón escurialense es de lo más frío, de lo más ordenancista que puede verse. Los cuerpos de los reyes de las casas de Austria y de Borbón están almacenados en él, en sus urnas, como las piezas de género en una pañería. ¡Qué otro lo de León! Al entrar en el solemne recinto, bajo de techo, con sus robustas columnas románicas, en que los reyes del antiguo reino de Léon duermen en el eterno olvido, se siente el ánimo sobrecogido. «Doce túmulos lisos – dice Quadrado -, de más de treinta que anteriormente había sin efigie, sin labores de ningún género, sin inscripción, excepto el de Alfonso V y algunos trozos que se leen en el de Sancha, hermana del emperador, dejaron allí únicamente los soldados de Napoleón, después de profanar aquel venerable recinto y de buscar inútilmente entre los huesos y la podredumbre los imaginados tesoros que tentaban su codicia.» Y esta profanación ha añadido acaso, creo yo, a la solemnidad del espectáculo. Una tumba profanada es como una tumba intensificada. Cuando la destrucción, es decir, la muerte pasa sobre la muerte, redobla su trágico interés.

          No hay, al menos para mi, espectáculo más conmovedor que el de un cementerio abandonado. Una tumba vacía me dice mucho más que una vacía cuna. Y aquel asolado panteón de los guerreros reyes leoneses, sobre el que pasó la guerra, es algo que difícilmente olvida el que un vez lo ha visto con los ojos del alma en que  duermen recuerdos de la historia.”

Miguel de Unamuno. Andanzas y visiones españolas. Madrid. Renacimiento. 1922. pp. 76-82.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. JULIAN dice:

    Solo un pero, a los leoneses si que nos ofende que nos llamen castellanos. No por desprecio, si no por la imposición cultural que se está imponiendo para hacer olvidar lo leonés..

    León, Zamora y Salamanca son provincias leonesas, no castellanas ni castellanoleonesas

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