Al pie de la torre Eiffel


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          “Al penetrar por primera vez en el recinto de la Exposición, me sorprende su grandeza. No hablo de la torre Eiffel; no quiero tocar ni desflorar el asunto: dentro de algún tiempo, cuando ya los periódicos no traten de ella, recogeré mis impresiones en un haz, y consagraré algunos párrafos al coloso, novena maravilla del mundo. Ahora sólo pretendo manifestar el efecto que me produjo la dilatada planicie cuajada de edificios, parques, bosquetes, fuentes monumentales y blancas estatuas. Al pronto los ojos y el alma se rinden al vértigo de tanta sensación visual y de tanta magnificencia. Bajo un sol resplandeciente; alfombrado el suelo de una multitud vestida de abigarrados colores, que ondula y culebrea y se agrupa y se desparrama, perdiéndose en las enarenadas calles ó sumiéndose bajo los marmóreos vestíbulos y en las encristaladas galerías; con el brillo de los dorados, la variedad infinita de los exóticos trajes, la blancura de la piedra nueva, el verdor de los arbustos y plantas traídas de lejanos climas, las formas caprichosas de las construcciones propias de cada país, desde la cónica morada persa hasta la choza lacustre: aturdiendo los oídos el rumor de la muchedumbre, tan parecido al del mar irritado, y los sonoros ecos de las músicas… al pronto, nadie me lo negará, hay que sentirse abrumado y reducido al estado atómico, sobre todo considerando que en nada hemos contribuido a este esfuerzo gigantesco de la industria moderna.

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          La obra no está completa aún. La Exposición parece una vivienda suntuosa, incomparable, donde no se terminó la colocación de los muebles y andan esparcidos por los suelos paja, virutas y papeles de envoltorio. Al dejar las crujías y salir a los jardines, lo primero que atrae mis miradas es la fuente monumental, hermosa muestra del género estatuario moderno, más vibrante y alado que el clásico, pero también menos robusto y noble. Si la fuente tuviese ya esos tonos de ágata y esas agradables tintas verdosas que presta a la piedra el curso del tiempo, me gustaría más, como va gustándome el famoso y discutido grupo de la Danza en la fachada de la Grande Opera, obra maestra de Carpeaux, la cual indudablemente ha servido de modelo á esta fuente tan graciosa. A su margen recreándome en la limpidez de sus aguas, siento una impresión de calma y repose antes desconocido. De buen grado me quedaría aquí, sino fuese a empezar la ceremonia.

Retrato oficial de Sadi Carnot. Presidente de la República francesa desde 1887 hasta 1894.
Retrato oficial de Sadi Carnot. Presidente de la República francesa desde 1887 hasta 1894.

          Llego a la torre cuando las salvas anuncian la entrada de Carnot. El Presidente viene del Elíseo, en carretela a la gran Daumont, y escoltado por un pelotón de coraceros. Penetra en la Exposición por el puente de Jena, y pasa bajo el arco gigantesco de la torre Eiffel. A poco rato cruza ante mí el primer Magistrado de la nación francesa, frío, derecho, impasible, correctísimo, embutido en el frac que con razón llaman de hojalata negra: ¡tan recto cae y tan imposible parece que en su tersa superficie se marque una leve arruga! Suenan algunos vivas, pero pálidos, desperdigados, vergonzantes, contagiados, por decirlo así, con la frialdad del personaje que los arranca. De repente las charangas y las bandas de música rompen con brioso y dramático empuje a entonar la Marsellesa.

Galería de las máquinas.
Galería de las máquinas.

          (…) No pudiendo acercarme más, me voy hacia la Galería de las Máquinas. Dicen todos de ella que es una obra prodigiosa, honra de la Exposición, y que como osadía, grandiosidad y amplitud de concepción, supera todo lo conocido hasta el día. Además se encuentra ya completamente instalada, en orden perfecto; las máquinas andan, respiran, giran, funcionan; estos monstruos de hierro y acero viven con una vida fantástica, y parece que me dicen con su chirrido y su estridor: «¡Oh empedernida amante del pasado, oh admiradora infatigable de las catedrales viejas y de los edificios muertos! Descríbenos, que también nosotros merecemos que nos atiendas. Sé poeta para nosotros, como lo has sido para las góticas torres del siglo XIII. Mira que aunque parecemos unos pedazos de bruto metal, en realidad representamos la inteligencia: quien nos mueve es el alma del hombre. Aunque tú no lo creas, soñadora idealista, en nosotros hay un poema: somos estrofas, somos canto.» Yo las miro sonriendo, y salgo cuanto antes de allí, por temor a una jaqueca de las de primera clase, que me impediría hoy escribir estas notas.

Gran galería de industrias diversas.
Gran galería de industrias diversas.

          (…) No sería yo quien perdiese las iluminaciones y el fuego de artificio. No en vano soy nacida en Galicia, el país de los cohetes y las luminarias, la tierra en que hace sol de noche. París me brinda uno de mis espectáculos favoritos. Mágico es el aspecto que ofrece la ciudad tan pronto como declina el sol de esta memorable jornada. Nunca se ha visto lujo de iluminación parecido. Es una bacanal de luces; lo que se llama un incendio, remedo pacífico de la sanguinaria fiesta en que Nerón quiso ver abrasarse por los cuatro costados a Roma. A lo largo de las fachadas, señalando las ventanas, puertas, molduras y cornisas hasta los pisos más altos, las líneas de luz nacen y se destacan poco a poco, hasta que de repente queda toda la orilla derecha de París adornada con estrellas y girándolas de diamantes. Los puentes tienen cada cual una iluminación distinta. El de las Artes luce lamparillas verdes, amarillas y rojas; de trecho en trecho, un mástil sostiene un blanco tulipán transparente. EL Puente Real, lamparillas blancas. El de Arcole alterna globos de fuego y oro; los colores de mi patria. El de la Concordia está alumbrado por pirámides de luz. Por el fondo de París cruzan innumerables retretas con farolas. El Arco de Triunfo dibuja sobre la oscuridad nocturna un círculo de fuego.

Pabellón ruso.
Pabellón ruso.

Mas lo soberbio del espectáculo no se comprende hasta verlo de lo alto del Trocadero. Es de advertir que desde allí, París, con sólo su iluminación normal, ya es asombroso. ¿Qué será en esta noche encantada, con el palacio hecho un ascua de fuego, los jardines listados de luz y la torre Eiffel inflamada toda, ciñendo una corona de lumbre en cada piso, la fuente monumental, alumbrada por cuatro poderosos focos de luz eléctrica, y el surtidor que salta de su seno convertido en cascada de líquida lumbre, y cayendo con el misterioso rielar de las olas cuando las baña el argentino reflejo de la luna? El faro de la torre Eiffel refulge como un gigantesco sol, dominando el brillo de las demás iluminaciones, comiéndose la luz de tanta farola, de tanto lampion y de tanta incandescencia eléctrica.”

Emilia Pardo Bazán. Al pie de la Torre Eiffel. Madrid. 1899. pp. 89-91.

 

2 Comentarios

  1. STELLA CERON dice:

    Excelente documento y que hermosas fotografías

    1. Bárbara dice:

      Muchas gracias Stella. Un cordial saludo.

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