La vindicación de los derechos de la mujer


John Opie. Mary wollstonecraft. Hacia 1797. National Portrait Gallery. Londres.
John Opie. Mary Wollstonecraft. Hacia 1797. National Portrait Gallery. Londres.

CAPÍTULO II

Discusión sobre la opinión prevaleciente de un carácter sexual

          “Así pues, las mujeres tienen que ser consideradas seres morales o bien tan débiles que deben someterse por entero a las facultades superiores de los hombres. Examinemos esta cuestión. Rousseau declara que una mujer nunca debe ni por un momento sentirse independiente, que debe regirse por el miedo a ejercitar su astucia natural y hacerse una esclava coqueta para volverse un objeto de deseo más atrayente, una compañía más dulce para el hombre cuando quiera relajarse. Lleva aún más lejos el argumento, que pretende extraer de los indicios de la naturaleza, e insinúa que verdad y fortaleza, las piedras angulares de toda virtud humana, deben cultivarse con ciertas restricciones, porque, con respecto al carácter femenino, la obediencia es la gran lección que debe inculcarse con vigor inflexible. ¡Qué disparate! ¿Cuándo surgirá un gran hombre con la suficiente fortaleza mental para soplar de encima los humos que el orgullo y la sensualidad han extendido sobre el tema? Si las mujeres son por naturaleza inferiores a los hombres, sus virtudes deben ser las mismas en cuanto a calidad, si no en cuanto a grado, o la virtud es una idea relativa; en consecuencia, su conducta debe basarse en los mismos principios y tener el mismo objetivo.

Johann Heinrich Füssli. La debutánte. 1807. Tate Gallery. Londres.
Johann Heinrich Füssli. La debutánte. 1807. Tate Gallery. Londres. La mujer, víctima de las convenciones sociales masculinas, permanece atada a la pared, obligada a coser bajo la supervisión de sus ayas.

          Conectadas con el hombre como hijas, esposas y madres, su carácter moral puede estimarse por el modo en que desempeñan estas simples obligaciones; pero el fin, el gran fin de su esfuerzo, debe ser desarrollar sus propias facultades y adquirir la dignidad de la virtud consciente. Pueden intentar hacer su camino placentero, pero no deben olvidar nunca, al igual que el hombre, que la vida no produce la felicidad que puede satisfacer a un alma inmortal. No quiero insinuar que cualquiera de los dos sexos deba perderse tanto en reflexiones abstractas o visiones distantes como para olvidar los afectos y las obligaciones que tiene delante y que son, en verdad, los medios designados para producir el fruto de la vida; por el contrario, les sugeriría calurosamente, e incluso afirmo, que proporcionan mayor satisfacción cuando se consideran a su luz verdadera y sobria. Es probable que la opinión prevaleciente de que la mujer fue creada para el hombre haya surgido de la historia poética de Moisés; no obstante, como se da por sentado que muy pocos han dedicado algún pensamiento serio al asunto siempre creído de que Eva era, literalmente hablando, una costilla de Adán, debe permitirse que la deducción se venga abajo o solo se admita para probar que al hombre, desde la antigüedad más remota, le pareció conveniente ejercer su fuerza para subyugar a su compañera y utilizó su invención para mostrar que esta debía doblar su cuello bajo el yugo porque toda la creación se había sacado de la nada para su conveniencia y placer.

Jean-Honoré Fragonard. Joven leyendo. 1770-1772. National Gallery of Art. Washington.
Jean-Honoré Fragonard, Joven leyendo. Hacia  1770. National Gallery of Art. Washington.

          Que no se concluya que quiero invertir el orden de las cosas. Ya he concedido que, por la constitución de sus cuerpos, los hombres parecen estar designados por la Providencia para obtener un grado mayor de virtud. Hablo del sexo en su conjunto; pero no veo sombra de razón para concluir que sus virtudes deban diferir respecto a su naturaleza. De hecho, ¿cómo podría ser así, si la virtud tiene solo un patrón eterno? Así pues, si razono de forma consecuente, debo mantener tan vigorosamente que tienen la misma dirección simple como que existe un Dios.

Jean-François de Troy. La declaración de amor. 1735. Palacio de Charlotemburg. Berlin.
Jean-François de Troy. La declaración de amor. 1735. Palacio de Charlotemburg. Berlin.

          Se sigue, entonces, que la astucia no debe oponerse a la sabiduría, los pequeños cuidados a los grandes esfuerzos o la suavidad insípida, barnizada con el nombre de gentileza, a la fortaleza que solo pueden inspirar las grandes perspectivas. Se me dirá que la mujer perdería entonces muchas de sus gracias peculiares y se podría citar la opinión de un poeta conocido para refutar mi afirmación incompetente. Porque Pope ha dicho, en nombre de todo el sexo masculino:

        Sin embargo, nunca tan segura nuestra pasión para crear como cuando ella tocó el borde de todo lo que odiamos. Dejaré al juicioso que determine a qué luz coloca esta ocurrencia a hombres y mujeres. Mientras tanto, me contentaré con observar que no puedo descubrir por qué, salvo porque son mortales, debe degradarse siempre a las mujeres subordinándolas al amor o la lujuria. Sé que hablar irrespetuosamente del amor es una alta traición contra los sentimientos nobles; pero quiero hablar el lenguaje simple de la verdad y dirigirme más a la cabeza que al corazón. Tratar de razonar por completo el amor del mundo sería una quijotada y ofende por igual al sentido común; pero parece menos estrafalario un intento por refrenar esta pasión tumultuosa y por probar que no debe permitírsele destronar poderes superiores o usurpar el cetro que el entendimiento ha de empuñar serenamente.

Peter Paul Rubens. El jardín del amor. 1630-1635. Museo del Prado. Madrid.
Peter Paul Rubens. El jardín del amor. 1630-1635. Museo del Prado. Madrid.

          La juventud es la etapa del amor para ambos sexos, y en esos días de placer irreflexivo deben hacerse provisiones para los años más importantes de la vida, cuando la reflexión ocupa el lugar de la sensación. Pero Rousseau y la mayoría de los escritores que han seguido sus pasos han inculcado con ardor que la educación de las mujeres debe dirigirse por completo a un punto: a hacerlas placenteras.”

Gustave Caillebotte. Mujer en el tocador. Hacia 1873. Colección particular.
Gustave Caillebotte. Mujer en el tocador. Hacia 1873. Colección particular.

Mary Wollstonecraft. Vindicación de los Derechos de la Mujer. Penguin  Clásicos. Madrid. 2020.

3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Carmen Camacho de Preciado dice:

    Me encantan estos artículos
    Gracias

    1. Bárbara dice:

      Gracias a ti por tu comentario. Un cordial saludo.

  2. Rafael dice:

    Hoy hemos mejorado ampliamente a Rousseau: ya no educamos a las mujeres para hacerlas placenteras (lo que en sí no posee nada de negativo si los hombres están a la altura) sino para hacer odiosos, recíprocamente, a los hombres y a las mujeres.

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