Una mujer como Coco Chanel


EN EL BAR DEL RITZ

Ernest Hemingway.
Ernest Hemingway.

“No fue Coco Chanel, sino Hemingway, quien me llevó por primera vez al Bar del Ritz, porque había oído decir: «La vida en el Cielo, después de la muerte, debe ser como una dulce noche de verano en el Ritz de París».

Terraza del hotel Ritz. 1930.
Terraza del hotel Ritz. 1930.

Buscando la eternidad en la vida —mejor buscarla en la muerte— anduve a menudo por el Bar del Ritz. Siempre escribo en la misma mesa, iluminado por la luz marfileña e incierta de la rue Cambon, rodeado por los fantasmas de Marcel Proust y Eduardo VII, de Greta Garbo y Noel Coward; o de Douglas Fairbanks y Mary Pickford, que se amaron en el Ritz, cogidos de la mano. Aquí, en este delicioso rincón de París, me encontré muchas veces a Cocó Chanel, a dos pasos de su casa.

La diseñadora en el balcón de su suite del Ritz.1957.
La diseñadora en el balcón de su suite del Ritz.1957.

A Coco Chanel le sentaba bien el Ritz. Ella era una fiera indómita, sincera, tan generosa como cruel. Pero tenía un lado femme de harem, tierna, rencorosa, felina. Y necesitaba vivir rodeada de mujeres ricas para cortarles el pelo, para calarles los sombreros hasta las cejas, para humillarlas, para convertirlas en sus esclavas. Conocía bien las envidias y las maledicencias de ciertas señoras, vendidas a la fortuna de sus mantenedores. «Je fouterais a todas estas señoras vistiéndolas de negro», fue su primer grito de guerra. Sabía convertir a una menina en una princesa altiva, subiéndole la cintura por el trasero. Y, cuando quería, humillaba a una reina acortándole las faldas y llevándole la cintura hasta los pechos.

Como Goethe, también Coco Chanel habría sido grande desempeñando cualquier oficio. Podrían haber intercambiado los papeles, y hoy diríamos: «Ese sombrero lo debe haber diseñado Goethe» o, también, «Esa Hija Natural debe ser de Coco…». Ella era así, generosa hasta extremos increíbles, capaz de mantener a media docena de hombres si estaban dispuestos a quererla, habladora hasta agotar todas las conversaciones, tan trabajadora que no tenía tiempo para sentir envidia.

Paul Morand.
Paul Morand.

Me cité un día con Paul Morand en el Bar del Ritz para que me presentara a Coco. La encontré interesante, porque me gustan las mujeres que muerden, sobre todo cuando parecen, como ella, fieras peludas:

Aimes-tu, vraiment, les chevaux? [¿Te gustan los caballos?]—me preguntó con coquetería, con una mirada especial que tenían sus ojos castaños cuando quería ser dura.

C´est mon côté anglais, madame… [Es mi lado inglés.]

Yo sabía que le gustaban los ingleses, pero que los comparaba con caballos. Hablamos de los sueños del surrealismo y de André Breton, que tenía tan mal gusto cuando dibujaba rodillas. Creo que pasamos una buena soirée, porque compartíamos muchas ideas: creíamos en el honor, teníamos un concepto inusual de las parejas («las parejas —decía ella—, son como las ruedas dentadas que se muerden para avanzar»), odiábamos las personas aburridas, y nos gustaba cierto tipo de lujo…

—El lujo que uno lleva dentro, no el de las joyas —murmuró cruzando los brazos.

Napoleon Sarony. Oscar Wilde. 1882. Metropolitan Museum of Art. Nueva York.
Napoleon Sarony. Oscar Wilde. 1882. Metropolitan Museum of Art. Nueva York.

Pensé que la frase era digna de Oscar Wilde. Le gustaba mucho cruzar los brazos, como si  así se sintiera más protegida. Sin duda le tenía miedo a la soledad, a su melancolía.

Yo era entonces un joven, apenas salido de la primera estupidez. Ella no había tenido infancia y salía ya de todo, porque le quedaban pocos meses de vida. Llegué justo a tiempo de conocerla.

—Para saber si un vestido está bien cortado, hay que cruzar los brazos, comentó recogiendo aún más su cuerpo.

Coco Chanel. Hacia 1959.
Coco Chanel. Hacia 1959.

Ya no existen ni Paul Morand ni Coco Chanel. Y me cuesta pensar que han pasado más de treinta años desde que desaparecieron. Pero nadie ha venido a sustituirlos en esta Europa que se va quedando vacía…quizás ocupada por otros”.

Mauricio Wiesenthal en el Oriente Express.
Mauricio Wiesenthal en el Oriente Express.

Mauricio Wiesenthal. Libro de réquiems. Ed. Edhasa. Barcelona. 2005. pp.34-35.

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