“Es necesario conocer el origen del lujo en el vestir para poder evitarlo en sí y en sus consecuencias. Dos cosas se propone una dama cuando gasta ropas y adornos excesivos. Una es la de bien parecer, ayudando con los artificios del arte los dotes de la naturaleza y la otra no ser menos que las de su clase en el fasto y suntuosidad de sus vestidos; y como en esta materia ha y algunas que exceden los límites de toda prudencia, resultan las porfías y las competencias insensatas sobre quien ha de sobresalir, y se contraen los empeños que las desacreditan y arruinan.

Solamente una ley suntuaria podría cortar o extinguir este perjudicialísimo desorden; pero estas leyes son de un aspecto harto ceñudo para los pueblos acostumbrados a la libertad en vestir: porque en cambio de la que les quita, no les ofrece un interés que los anime a su cumplimiento. En todos los reinos hay ejemplos de que la potestad legislativa ha quedado desairada cuando se han dado semejantes disposiciones; y la España cuenta casi olvidadas una porción de ellas en el siglo pasado y el presente, cuya desobediencia se notó un momento después de publicarlas; de suerte que si la viveza y el arte no ofreciesen otros recursos para evitar el lujo, sería forzoso dejarlo correr impunemente, o renovar cada día las leyes por publicaciones y bandos, a que debiera seguir el pronto castigo de los contraventores, sin que aun por este rigor dejase de haberlos en el instante que se diese por cansado de atormentar al pueblo el brazo de la Justicia.

En un gobierno ilustrado que dirige a los ciudadanos por las sendas de la decencia y de la utilidad, deben buscarse arbitrios que hagan compatibles estas dos circunstancias, y que suavicen el rigor de las leyes con la dulzura de los objetos que se proponen. Prohibir ciertos trajes por la conveniencia del Estado, es dejar resentida la libertad de los particulares. Prohibirlos por la utilidad de ellos y por dar gloria a la nación, es acalorarlos para que obedezcan con entusiasmo.

Si se le dice a una dama que por evitar ciertas introducciones perjudiciales a la Real Hacienda se la quita el derecho de poder vestirse de estos u otros géneros, y de usar de ciertos adornos que en opinión suya dan gracia a sus facciones y a su cuerpo, morderá y despedazará con furor esta ley que no le promete ventaja alguna, en cambio de los medios de agradar de que la priva.
Pero si se la propone que hay un proyecto por medio del cual logrará el bello sexo a poca costa los fines que se propone en su desordenado lujo: esto es, conservar y ayudar con el arte a la naturaleza, y presentarse con igual lucimiento que las de su clase, agregándose a esto el hacer glorioso en el mundo el nombre de las damas españolas, ¿habrá una de ellas que no se afane por saberlo y por practicarlo? Plan que reúne perfectamente la conveniencia, la utilidad, el lucimiento y la gloria; ¡y cómo puede dejar de adoptarse por una nación tan celosa de ella! Este es el proyecto que presento, y en que no puedo decidir quién tiene más interés: la gloria y los fondos del Estado, o la utilidad y conveniencia de los vasallos.

La idea de un traje mujeril nacional es tan nueva , tan agraciada y tan seductora, que no pudiéndose dudar de la aceptación con que será recibida de todas nosotras, tampoco deja el menor rebelo de su importancia hacia el Estado; porque no teniendo acción las señoras para variar los trajes que se prefinan, se conseguir á que no hay a competencias sobre traer galas de nueva invención, que son los principios del desordenado lujo que arruina las familias, haciéndolas entrar en el empeño de no ser menos que las de su clase. Y una vez que se disponga al mismo tiempo que este traje mujeril nacional sea del corte más airoso de cuantos hasta ahora ha producido el deseo de parecer bien, quedaremos contentísimas y no se dará por sentido nuestro natural deseo de engalanarnos. Combinados de esta suerte el ahorro con la compostura, y la brillantez con la decencia, nada queda que desear al bello sexo en favor de sus privilegios respetables. Vestirá bien, vestirá con gracia, y vestirá con economía.”
José de Espinosa y Brun. Discurso sobre el lujo de las señoras, y proyecto de un traje nacional. Madrid, Imprenta Real. 1788. pp. 28-33.
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