“(…) La colada medieval tampoco era lo que hoy conocemos por ese nombre. Para nosotros, hacer la colada es lavar la ropa, meterla en la lavadora con los productos de turno. Aunque la expresión nos ha llegado desde el Medievo, designaba entonces una operación distinta al lavado de la ropa en agua fría con golpes y jabón.

Hacer la colada significaba someter la ropa a la acción lenta y prolongada de la lejía (aqua lixiva) para blanquear el tejido y conseguir que desaparecieran las manchas, sobre todo las producidas por grasa o materias colorantes, como el vino. Era un proceso largo y laborioso que, en líneas generales, funcionaba así: primero se colocaba la ropa de lino o algodón en un barreño con un agujero en la parte inferior; tras esto, se vertía agua fría de forma que atravesara la tela y saliera por el agujero; este proceso se repetía varias veces, hasta que el agua saliera limpia. Tras esto, se taponaba el orificio de salida y se dejaba la ropa en remojo un día entero. Transcurrido el día, se abría el orificio de salida para vaciar el agua, se cubría el barreño con una tela a modo de filtro y se depositaban encima cenizas finas de madera. Entonces se vertía agua caliente sobre la ceniza para disolver los carbonatos de sodio y de potasio y producir el efecto de cloración que blanqueaba el tejido. Se recogía el agua que salía por el orificio, se recalentaba hasta la ebullición y se volvía a verter sobre la ceniza. En total, el proceso podía durar entre quince y dieciocho horas. Tras aquello, se lavaba la ropa con jabón de forma ordinaria, enjuagando y golpeando. Así es, al menos, como se ha registrado el proceso de la colada en algunos manuales medievales, como el Kunstbuch del convento de Santa Catalina de Núremberg (siglo XV), y como se ha mantenido en enclaves rurales y de montaña (en los Pirineos, por ejemplo) hasta prácticamente el presente.

En muchos lugares, este tipo de colada intensa y larga se realizaba un par de veces al año, en primavera y en otoño. Era una tarea lenta, dura y laboriosa que las mujeres realizaban en grupo, pero eso no quitaba que también se hicieran coladas individuales, en casa o en el río, cuando era necesario. Para eso se guardaba, en efecto, el agua de lejía, o lisiva, de las coladas. Además, en los hogares medievales nunca faltaba la ceniza de madera, que, como acaba de señalarse, era el componente fundamental de la lejía: si la camisa favorita de la madre tenía un feo manchurrón en el pecho (o si la parte del pubis de la del esposo estaba manchada de amarillo), el ama de casa o la sirvienta podían reproducir el proceso de la colada en casa el día de lavandería. Por supuesto, también era posible sumergir, sencillamente, la ropa sucia en un caldero o barreño con agua caliente, jabón y lejía suave.
Seguramente este uso regular de la lejía «colada» es el que acabó fusionando el término utilizado para designar la colada en sí con el de lavandería (que solo implica agua, jabón y frotar), de forma que, en castellano, «hacer la colada» ha perdido su significado original y se ha asociado a la limpieza textil en general. Algo parecido ocurre en francés: al lavado de las prendas se la llama lessive, cuya etimología remite a la aqua lixiva o lejía de ceniza colada.
Una vez las prendas estaban lavadas (con o sin colada), la costumbre era dejarlas secar tendidas sobre unos postes o cuerdas, o sobre arbustos o la misma hierba, donde la hubiese (y estuviera a salvo de los animales). Y no era nada disparatado hacerlo así, en especial con la ropa blanca. El llamado «tendido al verde» es otro de esos trucos lavanderos inmortales que a algunos de los lectores como mínimo les sonará por habérselo explicado sus madres o abuelas, o incluso haberlo visto en persona. El apogeo de estos tendidos al verde tuvo lugar durante los siglos XVI, XVII y XVIII, cuando la industria textil del norte de Europa empezó a comprar campos, que llamaron campos de blanqueo, para extender sus piezas blancas al sol, sobre la hierba, durante meses; algo que ha quedado reflejado en la pintura flamenca.

El sistema de campos de blanqueo requería mucha agua, pues había que humedecer las telas con regularidad, por lo que estos lugares se ubicaban cerca de los ríos, que se contaminaban debido a la adición de otros productos de blanqueo. Esto causó problemas con las autoridades, y hacia 1800 esta industria desapareció cuando surgieron otros productos blanqueadores que podían utilizarse en interior y que exigían menos tiempo. Sin embargo, las amas de casa siguieron utilizando el truco, como probablemente lo habían empleado antes y durante la época de los campos protoindustriales de blanqueo. No hacía falta dejar la ropa meses sobre la hierba; la filosofía detrás del truco de la abuela era simple: «La ropa blanca queda más blanca si se tiende sobre la hierba». Por supuesto, las abuelas siempre tienen razón, incluso cuando no saben por qué la tienen. En este caso, el agente blanqueador era el oxígeno producido por las plantas durante el día, que se liberaba directamente sobre el tejido. Es razonable que, en las numerosas áreas verdes de Europa, este truco lo hubieran empleado las amas de casa con la ropa blanca durante más de un milenio. Bastaba con que una mujer observadora de la región se diera cuenta de que, cuando tendía la ropa blanca sobre arbustos o hierba, quedaba mejor que cuando la tendía al aire, y se lo dijera a sus hijas y vecinas.
En cualquier caso, secada al aire o al verde, a menudo lo ideal era plegar la ropa cuando todavía estaba un poquito húmeda, para que no quedasen arrugas. También se realizaban, desde la Antigüedad, tareas de planchado en frío. En los negocios textiles o las viviendas más acomodadas y espaciosas, esto se hacía con una prensa de tuerca (prelum) en la que posiblemente se intercalaban tablones de madera (tendiculae) entre pieza y pieza para distribuir de manera uniforme la presión. En los hogares más humildes, se apañaban con piedras planas, o la tendicula de madera plana con un mango.

En los entierros de la época vikinga se han encontrado decenas de «suavizadores/aplanadores de lino» de cristal oscuro: una especie de manos de mortero, con la cabeza ancha, que se pasaba sobre la ropa para aplanarla y eliminar las arrugas. En Gran Bretaña están documentados desde el siglo VIII, y recientemente se ha encontrado uno en un enterramiento en Surrey, datado entre los siglos x y XIII. Puede observarse un ejemplar de entre los siglos XVII y XVII, cuya forma es exactamente la misma que se había utilizado durante al menos un milenio.

No contentos con los aplanadores de piedra, madera o cristal, algunas sastrerías, lavanderías y hogares medievales acomodados incorporaron una potente innovación tecnológica: la plancha de hierro, cuyos primeros ejemplares empezamos a encontrar en Europa a partir de los siglos XII y XIII, probablemente fruto de un mayor contacto comercial con China, donde, ya desde la Antigüedad, se utilizaban hierros planos calientes para alisar la ropa. Aquellas primeras planchas eran muy rudimentarias, apenas una forma triangular con un mango, que se dejaba sobre el fuego para calentarla y luego se aplicaba a la ropa. Por desgracia, el hierro se enfriaba enseguida, lo que obligaba a la desdichada lavandera a disponer de varias planchas calentando a la vez o, de lo contrario, a calentar una, esperar, aplicarla sobre la ropa y recalentarla hasta haber completado la tarea. Los modelos huecos que permitían introducir brasas dentro no aparecerían hasta la Edad Moderna, época en que la plancha en general se difundiría mucho más, aunque como hemos visto conviviría durante mucho tiempo con los alisadores de ropa. Algunos investigadores se han preguntado por qué se difundió a partir del Medievo la práctica de planchar la ropa, si resultaba tan incómoda. Es imposible obtener una respuesta definitiva a esta cuestión; quienes esto escriben creen que la mejor apariencia estética de la ropa planchada debió de ser un factor importante para que este instrumento se incorporase a los talleres y se empleara en el planchado de manteles y piezas especiales en las casas aristocráticas. Pero otra hipótesis es que el origen de la práctica fuera sanitario y odorífico, ligado a la creencia de que el planchado podía eliminar olores o parásitos.
De un modo u otro, la ropa acababa plegada de la forma adecuada y guardada a buen recaudo en arcas y arcones (indicados siempre en los inventarios de bienes como la pieza de almacenamiento básico de menaje de cualquier hogar), en los que a menudo se metían hierbas aromáticas locales, tanto directamente como en bolsitas: la lavanda, el laurel y el geranio, por ejemplo, eran plantas que no solo daban buen olor, sino que también podían repeler insectos como las nocivas polillas…»
Javier Traité y Consuelo Sanz de Bremond. El olor de la Edad Media. Salud e higiene en la Europa medieval. Ático de los libros. Barcelona 2023. pp. 664-668.
Muy interesante, Barbara!!!!
Muchas gracias Manolo. Es un libro altamente recomendable de reciente publicación.