«Frente al Japón se extiende un inmenso imperio que goza de profunda paz y que, según lo que dicen los mercaderes portugueses, es superior a todos los Estados cristianos en la práctica de la justicia […]. Los chinos que he visto […] son agudos y con ganas de aprender […]. Nada me hace suponer que haya allí cristianos».
Francisco Javier
“La audiencia.
El prefecto Wang Pan vestía una amplia túnica de seda roja, enriquecida con una pechera cuadrada en la que destacaba un elaborado bordado con dos patos salvajes. Las mangas del vestido eran tan largas y amplias que le escondían las manos. Del cinturón, embellecido por abigarrados adornos, pendían colgantes de plata, madera y marfil.

El sombrero, negro como los botines, era un casquete rígido con dos alas redondeadas que bajaban hacia los hombros.

Todo, tanto en el vestido como en el porte del funcionario de mediana edad, que administraba una región del sur de China tan grande como un pequeño Estado italiano, denotaba prestigio. La elección de los ornamentos no estaba dejada al gusto personal, a la casualidad o al deseo de exhibir opulencia, sino que era regulada por un preciso protocolo establecido en Pekín, en la corte del emperador.

Los detalles del vestido, sobre todo el tipo de ave bordado en la pechera, indicaban que el «mandarín» —término con que los portugueses llamaban a los altos dignatarios chinos, tomado del verbo mandar, es decir, «gobernar»— ocupaba el cuarto de los nueve niveles de la burocracia imperial.

Aunque no estuviese en la cumbre de la administración estatal, su poder era suficiente para intimidar a cualquiera que se encontrase en su presencia. Sentado en una silla de altos brazos e imponente respaldo, apoyaba los brazos sobre una mesa de madera oscura, donde se habían colocado unos volúmenes recubiertos de tejido adamascado.

Sobre un soporte de madera y porcelana policromada con el motivo de un dragón, una especie de elegante y pequeño portalápiz vertical, estaban colocados pinceles de caligrafía, de madera y bambú, de varias dimensiones, flanqueados por la habitual lastra de piedra negra para la tinta y de un jarro especial de jade blanco en forma de pájaro para el agua. A su espalda, en una librería de anaqueles asimétricos, estaban expuestos jarrones de porcelana blanca y azul y esculturas de jade decoradas con menudas taraceas. Frente al funcionario estaban arrodillados, además de algunos ciudadanos chinos, dos jóvenes misioneros de rasgos europeos, que tenían la cabeza afeitada y vestían una modesta túnica gris de algodón, similar a la de los monjes budistas.

Los religiosos conocían muy mal la peliaguda lengua de sus interlocutores y no tenían aún familiaridad con la historia, la cultura y las costumbres de aquel imperio remoto, situado en el más lejano Oriente y tan diferente al mundo por ellos conocido. La China a la que se asomaban con temor era un país misterioso y hostil que prohibía la entrada a los extranjeros, considerados bárbaros incultos y enemigos peligrosos.

Ayudados por un intérprete y respetando los dictámenes de un ceremonial complejo y extraño para ellos, los dos jesuitas italianos, Matteo Ricci y Michele Ruggieri, pidieron permiso al mandarín para residir en su país. Querían tener un terreno donde poder construir una casa y una iglesia, y honrar a su Dios, Señor del Cielo y de la Tierra, en paz y en el respeto a las leyes locales.
El momento era solemne y la fecha, el 10 de septiembre de 1583, quedaría para siempre impresa en la memoria de los dos jesuitas. Después de al menos treinta años de infructuosas tentativas de asentamiento en el territorio del imperio por parte de religiosos occidentales, la primera misión jesuita en la China de los Ming estaba convirtiéndose en realidad y, gracias a ella, comenzaría uno de los períodos más significativos en la historia de los intercambios culturales entre Oriente y Occidente. Por medio del treintañero Matteo Ricci comenzaba una aventura humana, intelectual y espiritual destinada a durar toda la vida.
Treinta años antes…”
Michela Fontana. Matteo Ricci. Un jesuita en la corte de los Ming. Bilbao. Ediciones Mensajero. 2017. pp. 2-4.