“Siendo como es Lima la corte y emporio y una como perpetua feria de todo este reino y de las otras provincias que se comunican con él, adonde se hace la descarga de las mercaderías que se traen de Europa, China y Nueva España, y desde donde se distribuyen a todas las partes que con ella tienen correspondencia, bien se deja entender el crecido trato y comercio de sus moradores; de los cuales la mayor parte viven de traer su dinero al trato, comprando y vendiendo por sí o por terceras personas, aunque su profesión no sea la mercancía. Por lo cual es muy grande el bullicio y tráfico del comercio, especialmente al tiempo que se despachan las armadas, para cuando suelen ser de ordinario los plazos y pagos de compras y ventas; se recogen las rentas reales y se embarcan para España con la plata de los particulares, que es el principal empleo que este reino allá envía en retorno y cambio de las muchas mercaderías que le traen las flotas. La cantidad que cada año sale por registro de esta ciudad en la armada que va a Tierra Firme es de seis millones de ducados para arriba, en barras de plata, reales y tejos de oro, sin otro buen pedazo que se lleva el trato de Nueva España y el del puerto de Buenos Ayres, por donde saliera mucha mayor cantidad de plata sino estuviera de por medio la prohibición tan apretada que ha puesto su Majestad.

Demás del trato de las mercaderías forasteras hay en esta República otras de no menor consideración o intereses, que es la continua saca que hay para provisión de los otros pueblos del reino de todas las obras que hacen los muchos oficiales y artífices de todos los oficios que aquí residen, que son tantos en número y diversidad, que no sé yo se halle oficio en las ciudades más populosas y proveídas de Europa que no se ejercite en esta, con ser tan nueva. Porque dejados aparte los que entienden en curar nuestros cuerpos, labrarnos casas en que vivir, y proveernos de vestidos y calzado, cosas que no se pueden escusar, de todos los otros oficios de curiosidad, sin los cuales suelen pasarse otros muchos pueblos, apenas falta alguno en este, como son: tejedores de seda y telas ricas y preciosas, pasamaneros, guadamacileros, guanteros, chapineros, artífices de toda suerte de armas y herramientas e instrumentos de hierro, como plomo, estaño, latón, hoja de lata, fundidores de artillería, relojeros, plateros, batihojas, escultores, pintores, doradores, artífices de vidrio y de todas maneras de loza, y se hace alguna, tan buena como la más estimada de España; de anteojos de cristal y vidrio, impresores, con todos los demás oficios que ha inventado la curiosidad y regalo de los hombres y en Europa se usan; de todo se hallan aquí muy aventajados artífices y tienen muy cierta la ganancia, respecto que de muchos de ellos se carece en lo restante del reino, adonde se provee de esta ciudad. Es cosa que admira ver el gran número de tiendas y oficinas que hay por toda la ciudad, mayormente en las calles vecinas a la plaza principal, pues solo las tiendas de los mercaderes pasan de ciento y cincuenta, sin muchos almacenes que hay en casas particulares; y los plateros solo ocupan una calle de las más principales de la ciudad; apenas hay una esquina en que no haya una tienda o taberna de vino y de cosas de comer, que acá llamamos pulpería de manera que pasan de doscientas y setenta las que se cuentan por toda la ciudad.

El traino (?) y lustre de los ciudadanos en el tratamiento y aderezo de sus personas es tan grande y general, que no se puede en un día de fiesta conocer por el pelo quien es cada uno; porque todos, nobles y los que no lo son, visten corta y ricamente, ropa de seda y toda suerte de galas, sin que en esta parte haya medida ni tasa, porque no llegan acá las pragmáticas que se publican en España sobre los trajes, antes los vestidos contra prepramáticas, desterrados de allá, suelen enviarlos a vender a esta tierra. Y a esta causa es increíble la cantidad que se gasta de todo género de sedas, telas, brocados, lienzos delicados y paños finos; y la ganancia que los mercaderes tienen en estos géneros, porque todos se traen de Europa y de otras partes por mano de ellos, lo cual es causa de que el año que falta o tarda la flota anden estas mercaderías muy subidos precios, y se sienta mucho la falta de ellas; que es la que se experimentó el año pasado de mil seiscientos y veinticuatro, que llegó haber el ruan á dieciséis reales la vara, por haber faltado la flota; y por el mismo tenor suben y bajan los precios de todas las mercancías, conforme es la abundancia o penuria que hay de ellas: tiempo suele haber en que una mano de papel se vende por dieciséis reales y otro en que una resma no tiene mayor valor.
El crecimiento que he visto de treinta años acá en esta ciudad, ha sido esta vanidad de trajes, galas y pompa de criados y librea, que pone admiración. De solo las carrozas quiero hacer argumento, de donde se podrá colegir lo que pasa en lo demás; cuando entré en esta ciudad el año de mil quinientos y noventa y nueve, no había en ella más de cuatro o cinco, y esas bien llanas y de poco valor, y al presente pasan de doscientas y todas ellas son costosísimas, guarnecidas de seda y oro con gran primor: viene a costar cada carroza, con dos mulas que la tiran, tres mil pesos y más. Verdaderamente que si en esta profanidad hubiera moderación, excusando gastos superfluos, pasaran los moradores de esta República con más descanso, y sin el afán y congoja que traen en sustentar esta vana pompa, con tan gran menoscabo de sus haciendas, expendiéndolas en sustentar más lustre y autoridad que ellas sufren ni puedan llevar; aunque son bien gruesas, no solo las de las gentes que están en predicamento de ricas, sino aun las de aquellos que son tenidos por de moderado caudal. Porque hombres tiene Lima de a trescientos y cuatrocientos mil ducados de hacienda, y de ahí para arriba, y no se llama rico a boca llena el que no pasa de cien mil; a los que tienen de cincuenta mil ducados para abajo contamos entre los de moderado caudal, y son muchísimos los que entran en esta clase, de a veinte, a treinta y a cuarenta mil, y están en opinión de pobres las personas de calidad y obligaciones que no llega su hacienda a veinte mil pesos.

La riqueza de los más consiste en dinero y bienes raíces, como son: heredades, huertas, viñas, ingenios de azúcar, obrajes de paños, estancias de ganados, posesiones y rentas de mayorazgos y encomiendas de indios. Hanse fundado hasta ahora en esta ciudad catorce o quince mayorazgos y vínculos, rentas ordinariamente de ocho a diez mil pesos cada uno, unos más y otros menos, pero ninguno baja de tres mil. Los que gozan de renta eclesiástica y llevan salario de su Majestad, son muchos, como se verá adelante, – de manera que podemos afirmar que estas rentas y pagas, así de los ministros de justicia como de los que siguen la milicia y están a sueldo del Rey, son las que más engruesan el trato de la República por repartirse al año entre ellos más de un millón de ducados, que todo se viene a quedar aquí.

No es menor la riqueza de esta ciudad que está en bienes muebles de mercaderías y alhajas de sus moradores, respecto del mucho adorno y aparato de sus casas, el cual es tan extraordinario, que pienso no se halla ninguna, aún de la gente más humilde y pobre en que no se vea alguna joya o vaso de plata o de oro; y es tan excesiva la cantidad de estos ricos metales y de piedras preciosas, como son perlas, diamantes y de otros géneros que está recogida en vajillas, joyas, prendas y dineros, que según opinión de gente práctica se valúa en veinte millones esta riqueza, fuera de las mercaderías, vestidos, tapicerías y de toda suerte de ajuar de casa y del culto divino, baste decir que la hacienda que tienen los vecinos en esclavos pasa de doce millones.”
Bernabé Cobo. Historia de la fundación de Lima. 1639.
Bernabé Cobo (1580–1657) fue un sacerdote jesuita, cronista y naturalista español que pasó la mayor parte de su vida en el Virreinato del Perú. Destacó por su rigor científico y su capacidad de observación, cualidades que lo convirtieron en uno de los investigadores más importantes de la geografía, la flora, la fauna y las costumbres andinas durante la época colonial. Su obra Historia de la fundación de Lima, terminada de escribir en 1639, es una de las crónicas más valiosas sobre la capital peruana del siglo XVII, detallando su origen, trazado urbano, iglesias e instituciones. Aunque fue concluida en el virreinato, el manuscrito permaneció inédito por más de dos siglos bajo el resguardo de la Biblioteca Colombina de Sevilla, España, hasta que fue rescatado de sus archivos y publicado por primera vez en 1882 por el historiador Manuel González de la Rosa.