Los inventarios: fuente para la historia de la moda


          La ropa ha tenido una importancia clave a través de los siglos, no en vano es nuestra segunda piel. Las prendas tenían muchas vidas, se reciclaban y reutilizaban. Todo se confeccionaba a mano, ya que la mecanización a gran escala no se produjo hasta el siglo XIX. Según lo que hemos podido constatar a través de labor de archivo, su precio era elevado en comparación con otros elementos del ajuar doméstico, de hecho se recogía en los inventarios post-mortemcomo una partida más de los bienes del difunto. En el inventario de un caballero sevillano fallecido en 1729 leemos: “Quatro pares de calzoncillos de crea muy remendados”. Poner en inventario unos calzoncillos viejos y rotos explica claramente que no solamente se recogían las piezas importantes, sino también las que no valían nada. Durante la Edad Moderna la moda surgía en las cortes y poco a poco las tendencias pasaban al resto de la sociedad en formas más sencillas y prácticas. Las personas se diferenciaban por su manera de vestir, la clase social se debía apreciar a primera vista, sin equívocos de ningún tipo.

Traje masculino. Probablemente francés. Hacia 1730. Metropolitan Museum. Nueva York.
Traje masculino. Probablemente francés. Hacia 1730. Metropolitan Museum. Nueva York.

        El fallecimiento de un individuo conllevaba la elaboración de un inventario. Este requisito abarcaba a todo el espectro social, desde los reyes a los nobles pasando por los comerciantes o cualquier persona que tuviera bienes, aunque fueran escasos. Todo era recogido de una manera relativamente minuciosa, detallándose la pieza y su estado de conservación. Esto último resulta muy curioso desde nuestra perspectiva actual donde los objetos en mal estado se desechan, a no ser que tengan un valor probado. Los inventarios de bienes se nos muestran como una herramienta esencial para el estudio de la indumentaria y de la vida privada, ya que  nos permiten conocer el ajuar doméstico y adentrarnos en los espacios de habitabilidad de la casa española.

Inventario de bienes de 1677. Loja. Granada
Inventario de bienes de 1677. Loja. Granada.

        Los inventarios post-portem constituyen una valiosa herramienta para conocer al difunto, ya que valoran su comportamiento hacia el consumo, sus devociones y gustos artísticos. En ocasiones, este tipo de documento iba acompañado de un “Aprecio de bienes”, en el cual cada objeto se anotaba junto a su tasación correspondiente. Hoy nos vamos a hacer eco de varios  ejemplos de esta tipología documental. En primer lugar, el de una dama que falleció en Sevilla en 1702 llamada doña Petronila de Sangronis, su marido y albacea don Alejandro Carlos de Licht, fue el encargado de llevarlo su ejecución. En el citado documento aparece, no solamente la ropa de la finada, sino también la de su cónyuge y la de sus hijos. Doña Petronila gozaba de un guardarropa bastante bien pertrechado compuesto por prendas de todo tipo. En su guardarropa había varios conjuntos formados por hongarina, monillo y saya; lo que hoy llamaríamos chaqueta, cuerpo y falda.

Corpiño. Primer cuarto del siglo XVIII. América. Metropolitan Museum. Nueva York.
Corpiño. Primer cuarto del siglo XVIII. América. Metropolitan Museum. Nueva York.

        La hongarina era un tipo de casaca que fue llevada ambos sexos, mientras que el monillo era un jubón para uso femenino sin faldillas ni mangas. En el inventario aparecen unas ocho faldas (sayas) de distintos tejidos y forros. En dos de ellas se nos indica que para su confección se necesitaron nueve varas, es decir, unos siete metros y medio.  El tafetán fue un tejido muy usado para forros. Uno de los conjuntos de la difunta parece bastante lujoso a juzgar por la descripción: “Un tapapiés encarnado de tela de oro y plata briscada con ocho paños forrado en tafetán sencillo celeste con guarnición de encaje ancho de plata. Una hongarina y monillo de lo mismo guarnecido uno y otro con encajes de oro y plata de Milán finos”.

Casaca femenina. Siglo XVIII. Museo del traje Madrid.
Casaca femenina. Siglo XVIII. Museo del Traje Madrid.

        El tapapiés o guardapiés era una pieza muy usual. Se trataba de una falda larga que tapaba completamente los pies. En España enseñar los pies se consideraba pecaminoso. Los complementos de una dama sevillana del siglo XVIII eran la mantilla, los manguitos, el manto para salir a la calle y el delantal. Este último no solamente se usaba para labores domésticas, sino como pieza importante, doña Petronila tenía uno de raso encarnado guarnecido con encajes. Probablemente el delantal se usara para proteger la falda. La mantilla era de uso obligado para salir a la calle, casi todas las mujeres casadas tenían al menos una. Los colores de las mantillas eran muy vistosos y las más ricas se guarnecían con encajes. Doña Petronila dejó una mantilla nueva color de fuego guarnecida con hilo de plata y forrada en celeste.

Casaca femnina. Siglo XVIII Museo del traje. Madrid.
Casaca femnina. Siglo XVIII Museo del Traje. Madrid.

        El citado inventario nos permite conocer a su vez, cómo sería un traje de cristianar de la época: “Un tterno de ropa de Bapttissar que se compone de una hongarinitta de rasso lisso encarnado bordada de plata con guarnicion de encaxitto de platta, y una faxa de los mismo forrado ttodo de tafettan Celestte sencillo” que supongo iba acompañado de: “Un mantton de raso lisso blanco con guarnicion de encaxe de ôro y plata forrado en ttafettan encarnado senzillo”. Esta transcripción nos deja bien a las claras el riquísimo colorido con el que se vestían, no solo los adultos, sino también los recién nacidos. Evidentemente, el blanco no se asociaba todavía con los trajes de novia ni con los de cristianar.

Miguel Jacinto Meléndez. Luis I, Príncipe de Asturias. 1712. Museo Cerralbo. Madrid.
Miguel Jacinto Meléndez. Luis I, Príncipe de Asturias. 1712. Museo Cerralbo. Madrid.

        En los primeros años del siglo XVIII los hombres todavía vestían a la manera tradicional española con jubón, ropilla, calzones y capa. Los antiguos “usos” fueron literalmente barridos por la moda francesa. El nuevo traje estaba compuesto básicamente por casaca, chupa, calzones y corbata al cuello. Esta pieza, que en versión simplificada ha llegado al siglo XXI, se fabricaba con lienzos finos y podía estar guarnecida de encajes. Un hombre de negocios francés dejó en 1715: “Seis corbatas de olan (holanda, lienzo muy fino) y muselina usadas las cinco con encages y la otra llana”. En el inventario del citado caballero, llamado don Pedro Dutramble, vemos como en Sevilla la moda  francesa estaba plenamente instaurada por esas fechas. Las casacas y chupas llevaban botones de arriba abajo, los más lujosos fabricados con plata u oro. La casaca tenía el talle en la cintura e iba abierta en la espalda y en los laterales. Su cuello era de tirilla, mientras que las mangas eran bastante exageradas con amplias vueltas y adornadas con botones. Avanzando la centuria, los puños fueron perdiendo tamaño y se pegaron al brazo.

Traje masculino de corte. Hacia 1760. LACMA. Los Ángeles.
Traje masculino de corte. Hacia 1760. LACMA. Los Ángeles.

        La chupa o chaleco se llevaba bajo la casaca, era larga y también cuajada de botones. La delantera se confeccionaba con materiales ricos, mientras que la trasera era muy sencilla ya que no estaba a la vista. Los calzones tapaban la rodilla y se cerraban a los lados de esta con tres o cuatro botones. Volviendo a las fuentes otro caballero sevillano dejó también en 1715: “Un vestido de paño de francia de hombre que se compone de casaca chupa y calzones con botonadura de oro”. Las botonaduras también se podían ser de seda o del mismo tejido de la prenda en los casos más sencillos, por ejemplo: “Dos cassaquillas de paño vasto ôbscuro con botones de los mismo”. La importancia de los inventarios post-mortempara conocer la indumentaria de hace siglos es crucial. Diversos museos custodian magníficas colecciones de indumentaria del siglo XVIII, pero son muy pocas las piezas que han llegado a nuestros días debido a que los textiles son materiales efímeros y perecederos. Por otro lado, no se debe olvidar que todavía no existían las revistas de moda. En 1770 se editó The Lady´sMagazine en Inglaterra. La publicación, de tirada mensual, recogía las últimas tendencias de París y Londres. La prensa escrita supuso una revolución para conocer las últimas creaciones de las grandes capitales y así poder ir vestido a la última, aunque se residiera en provincias.

The Lady´s Magazine. Portada de la primera edición. Agosto 1770.

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