La España del siglo XIX, un país ignoto


David Wilkie. La defensa de Zaragoza. 1828. Castillo de Windsor.
David Wilkie. La defensa de Zaragoza. 1828. Castillo de Windsor.

          “La España del siglo XIX contemplada por ojos asombrados de los viajeros foráneos que transitan por sus inexistentes caminos es un país empobrecido y desolado por la guerra de la Independencia y los enfrentamientos civiles entre isabelinos y carlistas, un país atrasado, inculto hasta la saciedad, extremadamente supersticioso y donde el poder de los sacerdotes desde sus púlpitos campa por sus respetos en una nación prácticamente analfabeta. Por si faltara algo, la extrema injusticia social calaba ampliamente  los cimientos de una sociedad agotada. Richard Ford, empecinado viajero inglés por el solar hispano y gran conocedor de las cosas de España, nos dejó dos obras imprescindibles para que nos conociéramos un poco mejor, Cosas de España y Manual para viajeros por España y lectores en casa. De una de ellas extraemos esta significativa opinión:

       Este original e inmutable país, donde la antigüedad le pisa los talones al presente, donde el paganismo le disputa el altar al cristianismo, donde los excesos y el lujo reinan junto a las privaciones y la pobreza, donde negación de todo sentimiento generoso y humanitario va de la mano con las más heroicas virtudes, y donde la ignorancia y la erudición se presentan en un violento y notable contraste…

Gustavo Doré. Mezquita de Córdoba. 1867. Le Tour Du Monde. París.
Gustavo Doré. Mezquita de Córdoba. 1867. Le Tour Du Monde. París.

           Él y muchos y atrevidos transeúntes por la  piel de toro hispana llegaron decididos a dejar constancia de la realidad de un país exótico, plagado de ruinas romanas y árabes, donde la presencia de bandoleros en cualquier recodo, siempre dispuestos a aliviar del peso del dinero a los osados viajeros, otorgaba un plus de riesgo aventurero que siempre podían exagerar a sugerencia de sus avispados editores. Un buen ejemplo sobre este asunto nos lo dejó el francés Théophile Gautier en su obra Viaje a España:

     Un recorrido por este país sigue siendo una empresa peligrosa y fabulosa. Hay que exponerse, tener ánimo, paciencia y fuerza; uno pone en peligro a cada paso su vida; el peligro de ir por caminos realmente intransitables para cualquier persona menos para para los conductores de mulas andaluces, un calor infernal, un sol capaz de haceros estallar el cráneo, son los más pequeños inconvenientes, porque tenéis además los facciosos, los ladrones. El peligro os rodea, va por delante de vosotros.

Manuel Barrón y Carrillo. Emboscada a unos bandoleros en la cueva del Gato. 1869. Museo Carmen Thyssen. Málaga.
Manuel Barrón y Carrillo. Emboscada a unos bandoleros en la cueva del Gato. 1869. Museo Carmen Thyssen. Málaga.

          Si en el siglo anterior, la centuria ilustrada, ingleses y franceses apenas dejaron obras de importancia en su paso por estas tierras, con las excepciones siempre indiscutibles de Arthur Young, el reverendo Towsend, Alexander Jardine, Jean François Peyron o el diplomático barón de Bourgoing, el siglo del Romanticismo nos deja una abundante nómina de escritores viajeros que se pasean por España con las dificultades que sus caminos y sus diligencias presentaban, alojándose en incómodas y peligrosas posadas donde los mesoneros resultaban tan amigos de lo ajeno como los bandidos que acechaban por sus alrededores. Fuera de los circuitos europeos conocidos como el Grand Tour, el viaje iniciativo que comenzaban los jóvenes ingleses por parte de Europa al finalizar sus estudio, España era poco frecuentada por extranjeros, y, menos, por autores de cierto renombre.

Carl Spitzweg. Inglés en la Campagna. Hacia 1835. Alte Nationalgalerie. Berlin.
Carl Spitzweg. Inglés en la Campagna. Hacia 1835. Alte Nationalgalerie. Berlin.

          Por lo tanto, no resultaba un objetivo, ni siquiera secundario, para los transeúntes de otros países, excepto los que debían cumplir sus obligaciones diplomáticas, religiosas, militares o políticas y no tenían más remedio que transitar por nuestras tierras, muy especialmente los oficiales ingleses que permanecían de guarnición en Gibraltar y que aprovechaban cualquier permiso para darse un garbeo por Andalucía y olvidar por unos días la opresiva reclusión que les significaba la Roca. España, pues, resultaba, a finales del siglo XVIII, un país desconocido hasta de sí mismo. Voltaire, en correspondencia con su amigo Sherlock, escribía en 1766 y simplificaba una opinión generalizada en toda Europa:

      España es un país del que sabemos tan poco como de las regiones más salvajes de África. Pero no vale la pena conocerlo…

          Curiosamente, unos años más tarde, la cosa cambió de forma radical. Los viajeros del siglo XIX, sobre todo los franceses, redescubrieron un país vecino y olvidado por la historia a través de los relatos de viaje, más o menos novelados, de sus predecesores, a los que ellos, a lo largo de las décadas que fueron transcurriendo, no hicieron más que añadir nuevas anécdotas cada vez más separadas de la realidad.

Eugene Giraud.  Recuerdo del viaje de París a Cádiz realizado en 1846 por Alexandre Dumas y sus amigos. Hacia 1855. Museo Carnavales. París.
Eugene Giraud. Recuerdo del viaje de París a Cádiz realizado en 1846 por Alejandro Dumas y sus amigos. Hacia 1855. Museo Carnavalet. París.

          Un ejemplo bien patente, si sirve de algo, nos lo otorga el célebre Alejandro Dumas, quien, con un gran séquito de amigos y familiares emprende su trayecto español, De París a Cádiz, llevando un baúl repleto de armas de fuego para defenderse de los cacos que espera encontrar en su deambular hispano. Unos días antes de salir de París, el mayor de los Dumas, Don Alejandro, consciente que puede encontrarse sin bandoleros que echarse a la diligencia y defraudar de esta manera a sus compañeros y a su editor, escribe a un conocido salteador de caminos andaluz para proponerle una simulación de atraco cuando la comitiva parisina atraviese Sierra Morena, enviándole mil francos para cubrir gastos. El bandido, con una gran dosis de sentido del humor, le envía un telegrama anunciándole que no le va a ser posible efectuar la representación que le pide su admirado autor al haberse retirado del lucrativo negocio, agradeciéndole, eso sí, el generoso donativo que había tenido a bien enviarle…”

Emilio Soler Pascual. “La España del siglo XIX, un país ignoto” en Emil Adolf Rossmäsler. Recuerdos de un viajero por España. Ediciones Polifemo. 2010. Madrid. pp. 25-27.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Gabriela Espinosa Badial dice:

    Me maravilla toda España

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