Los pies de las españolas


Claudio Coello. Doña Teresa Francisca Mudarra y Herrera. Hacia 1690. Museo de Bellas Artes de Bilbao.
Claudio Coello. Doña Teresa Francisca Mudarra y Herrera. Hacia 1690. Museo de Bellas Artes de Bilbao. 

         “He notado que las mujeres estaban todo el día sobre su estrado, sentadas casi como nuestros sastres, o todo lo más sobre un cojín, apoyadas sobre otro. Sus saludos consisten en inclinaciones del cuerpo y de la cabeza como nuestras religiosas, cuando son muy corrientes; lo hacen más o menos según quieran honrar a las personas que reciben. Conservan siempre la cabeza descubierta; sus cabellos, partidos a un lado, están sujetos, colgando por detrás y cubiertos de encajes. Pero, en cambio, tienen un cuidado extraordinario en tener sus pies muy cubiertos y bien ocultos. De todas las faldas de que están cargadas, porque las llevan siete u ocho y a menudo aún más, hay una que es esencial y sin la cual una mujer no se atrevería a dejarse ver: la llaman guardapiés, es la de encima; es siempre demasiado larga en cuatro o cinco pulgadas, con un pliegue de tres o cuatro dedos en medio de la altura, a fin de que se puedan alargar cuando el borde está usado. Las carmelitas, originarias de España, tienen un pliegue semejante en su traje por esa misma razón.

Juan Bautista Martínez del Mazo. La familia del artísta. 1665. Kunsthistorisches Museum. Viena.
Juan Bautista Martínez del Mazo. La familia del artísta. 1665. Kunsthistorisches Museum. Viena.

          Ese pliegue podría hacer creer que las mujeres españolas son muy económicas; sin embargo, no lo son más por eso, sino es sólo la costumbre la que ha conservado esa moda, que, al parecer viene de los primeros tiempos en que las mujeres de los patriarcas cadisianos eran tan buenas señoras de su casa como Sara, Rebeca y Raquel; pero ese tiempo ha pasado. Las de ahora han conservado el pliegue o alforza y cuidan de comprar faldas nuevas en cuanto la parte baja de las primeras empieza a usarse. En efecto, no he podido ver una falda sin pliegue, lo que sucedería necesariamente si la deshiciesen cuando la parte baja estuviera usada, a menos de que pusieran postizos para hacer creer que sus faldas aún no han tenido necesidad de ser alargadas. Si eso es, las perdono: el sexo es sagrado en España como en otras partes.

          Las mujeres que van a pie por las calles jamás se recogen sus faldas ni sus guardapiés por mucho barro que haya; es más decente recoger un pie de barro y de porquerías que dejar ver la punta del pie, porque una mujer que deja ver su pie al hombre le declara por eso que está dispuesta a concederle los últimos favores. Por otra parte, los españoles tienen ciertas reglas de proporción con relación a los pies que son tan ridículas que sería desagradable para mí el referirlas.

Francisco de Zurbarán y taller. San Jerónimo con Santa Paula y San Eustoquio. 1640-1650. National Gallery of Art. Washington.
Francisco de Zurbarán y taller. San Jerónimo con Santa Paula y San Eustoquio. 1640-1650. National Gallery of Art. Washington.

          Ese escrúpulo de enseñar los pies se extiende a los religiosos como a las mujeres: el padre Mimbiela me advirtió un día que nuestros padres estaban escandalizados que yo levantase mi hábito al marchar por la calle, porque decía, los pies de un religioso y los de una mujer deben estar igualmente ocultos, a causa de ciertas consecuencias que de ello sacan, a lo que no era bueno dar lugar. A lo que respondí que esas consecuencias no me causaban el menor cuidado, pero que las tendría de verme ensuciado hasta las rodillas, como yo veía a la mayor parte de los frailes; que no censuraba sus costumbres, pero que antes de que me creyese obligado a someterme a ellas era preciso que tuviesen la bondad de hacer limpias sus calles que estaban impracticables.

Zapatos. Europa. 1690-1710. Metropolitan Museum. Nueva York
Zapatos. Europa. 1690-1710. Metropolitan Museum. Nueva York.

          A propósito de pies, encontré un día un par de zapatos nuevos que acababan de traer para la señora de la Rosa y que habían olvidado por descuido sobre una silla junto a la que yo estaba sentado. Me parecieron hechos de una manera tan particular, que dominando la curiosidad al bien parecer, cogí uno para mirarlo de más cerca, no pudiendo imaginarme que fuesen para aquella dama, tan pequeños eran, ni para alguno de sus hijos, que eran todavía demasiado jóvenes. Entró una doncella en el momento en que yo tenía el zapato de su señora, hablando a la señora de la Rosa en una lengua que ella no entendía; pareció tan desconcertada, que me vi obligado a preguntarle el motivo. La señora de la Rosa me lo dijo y me aconsejó entregar el zapato que yo había cogido y fingir que creía  que era el de la niña; seguí ese consejo y fingí tan naturalmente, que la doncella, a la que explicó mi pretendida idea, se creyó obligada a mentir para ayudar a confirmarme en esa idea, por miedo a que yo pudiera alabarme de haber visto los zapatitos de su señora. Creo que habían disminuido los pies de la señora de la Rosa desde que ella estaba en España, porque me pareció imposible que esos zapatos fuesen los de una mujer que había tenido ya tres o cuatro hijos. Verdad es que eran de tafilete y recortados por todos lados en forma de losanges¹ y que, por consiguiente, podían prestar y extenderse más que los zapatos de cuero fuerte.

Juan Pantoja de la Cruz. La infanta Ana de Austria. 1602. Monasterio de las Descalzas Reales. Madrid. De su cintura cuelgan una poma de olor, campanilla e higa de azabache (adorno en forma de puño cerrado que se creía beneficioso para ahuyentar a los malos espíritus, al igual que el coral).
Juan Pantoja de la Cruz. La infanta Ana de Austria. 1602. Monasterio de las Descalzas Reales. Madrid. 

          No son sólo las mujeres las que llevan la cabeza al aire: los niños en la cuna, de cualquier sexo que sean, y todo el resto del género humano español permanecen de este modo día y noche. No saben lo que es una cofia o gorro de dormir. Estaba yo sorprendido de ver a los religiosos de todas las Órdenes, excepto a los jesuitas, en sus conventos y en las calles, con la cabeza al raso y completamente desnuda, expuesta al frio bastante grande y al sol ardiente, sin demostrar sentir por ello ninguna incomodidad; cuando les testimoniaba mi sorpresa, me decían que había más motivo para asombrarme de cómo los franceses podían vivir con la cabeza siempre cubierta de día y de noche. Gracias al cielo, nos hemos corregido mucho; todo el mundo va ahora con la cabeza descubierta; si eso dura, los criadores de castor y los sombrereros quebrarán todos.”

¹Es una variante del rombo, también llamado diamante. No existe una definición estricta de losange, y a veces se utiliza simplemente como sinónimo del francés losange.

Jean-Baptiste Labat. Viaje por Andalucía en los años 1705 y 1706. Sevilla. Centro de Estudios Andaluces y editorial Renacimiento. 2007. pp.109-111.

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. STELLA CERON dice:

    Hermosa la indumentaria de aquellos tiempos pero, eh avemaria, insoportables y más aún los zapatos con todo y sus connotaciones tal como lo comenta el señor Labat.
    Gracias Barbarita

  2. Miguel mesquida dice:

    Hola Barbara
    Me ha encantado este artículo sobre los pies de las mujeres. Considero que tus escritos sobre la historia de la moda y el calzado es una aportación muy valiosa y esencial para no perder nunca la perspectiva de lo que fuimos en esa época .
    Gracias por tu dedicación y entusiasmo en estos temas.
    Nos vemos pronto…🙏🏼

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