“Antes de meterse el corsé, deberá una señora apartar los pliegues de la camisa, a fin de que no incomoden después de abrochado aquel. Colocará los hombrillos sobre el borde de los hombros, y si el corsé ha servido ya, los destorcerá en el punto en que se juntan con la parte delantera: lo tirará hacia abajo por las nesgas del vientre a fin de que haga buen cuerpo, y empujará el hierro o madera hacia abajo para que no apriete demasiado la garganta. Todos estos movimientos deberá ejecutarlos en tanto que se la encordonará el corsé. Esto se practicará del modo siguiente. El cordón deberá siempre estar asegurado a la derecha abajo. Se empezará por esta parte no apretando hasta que el cordón esté pasado, debiendo por consiguiente tener este unas tres varas y media de largo. Cuando se habrá pasado en todos los ojetes, se ajustará el corsé flojo por abajo y por arriba, cerrando bien en medio: esto se hace a fin de presentar la cintura más delgada; pero a mi ver, es lo primero el no andar demasiado apretada, mayormente cuando la moda de ajustar demasiado el corsé por en medio es una de las cosas que más dañan al estómago; con todo es siempre ventajoso el que el corsé esté más flojo en las partes superior e inferior.

Se tirará en seguida la camisa, no en el medio sino derecha e izquierda de la parte inferior del corsé hacia las mangas, a fin de que nada parezca encima de su borde. Se vestirá en seguida el jubón, sobre lo cual solo tengo que observar que conviene tener mucho cuidado en colocar sobre los hombrillos del corsé la cinta de hilo que sirve de elástico para las enaguas, porque si se cae sobre los brazos ocasiona un dolor insufrible. Si el vestido es de ropa clara o trasparente deberá llevarse camisolín: este es un cuerpo de vestido escotado de batista o percala fina con mangas cortas: se le sujeta por detrás, y el lujo en esa pieza llega términos que se le borda al rededor con hermosos dibujos adornados con punto de encaje, y guarneciendo cada diente con blondas de Malinas o Valenciennes. La manga tiene un puño bordado; pero dejando à un lado estos adornos excesivos que pueden reemplazarse con facilidad por medio de un poco de tul de algodón, los camisolines son muy útiles para esconder la orilla de la camisa, el borde del corsé y la parte superior de los pechos, y ahorran la guarnición que antiguamente se ponía en los cuellos de las camisas. A propósito aconsejo muy particularmente el tener alrededor del cuello de la camisa una vaina con un cordón pasado, porque de otro modo no sería fácil el hacerse encordonar sin indecencia.

Convendrá tener mucho cuidado en no achuchar el peinado al ponerse el vestido: para esto se bajará mucho la cabeza, en tanto que la camarera tenga lo alto del vestido abierto sobre sus brazos, y se pasará la cabeza sin tocar el pelo. Así que el vestido haya entrado se le levantará un poco para que no se arrastre y se colocará la pañoleta. Obsérvese que yo prescribo el que se ponga el vestido antes que la pañoleta, aunque esto parezca contra el orden de vestirse; la razón es porque debe evitarse achuchar la garganta, lo que no dejaría de suceder, si se ponía esta antes que aquel, a más de que ya es bastante dificultoso el preservar el peinado de este mal. Con todo si el cuello tiene la forma de valona puede ponerse antes el vestido. Al ajustar la camarera la parte superior de este, deberá relevarse el cuello a fin de que no la estorbe ni se estregue. Deberá colocarse un alfiler al través en medio del cinturón sobre el cual el vestido está colocado, a fin de que la parte delantera no sobresalga. El cinturón no exige cuidado alguno siendo liso; pero cuando no lo es conviene para que sea agradable y sólido que esté colocado como corresponde. En tal caso no debe formar pliego alguno al rededor del cuerpo que convendrá que ciña justamente, pero sin demasiados esfuerzos que echan a perder la cinta; para lo cual conviene que esté ajustado conformemente. Por lo que mira al nudo, se coloca un alfiler entre los bollos para unirlos al cinturón, poniendo otro en cada uno de ellos para fijarlos delicadamente en el lugar que les corresponda.

Solo falta, por decirlo así, dar la última mano à nuestro tocador. Se trata de colocar un pañuelo alrededor del cuerpo por la punta dentro el cordón al igual del cinturón, esto releva los pliegues del vestido, les hace flotar agradablemente y dispensa en verano del uso de más de unas enaguas de muselina: en invierno cuando se llevan dos jubones puede dejarse, pero conviene tener mucho cuidado de que la añadidura de este pañuelo no sea reparable, porque podría sospecharse que era una de aquellas máquinas de tela engomada que forman una especie de cimbra y que las mujeres sumamente flacas, y aun mucho más coquetas, se ponen detrás para aparentar un punto de gordura que no tienen. Esto debe seguir la misma suerte de los culos y pechos postizos, el blanco, rojo y todo el miserable arsenal de la despreciable coquetería.

Para que una señora acabe de ponerse con elegancia, tirará un poco el vestido hacia los lados, se apretará bien sobre las nalgas con el dorso de la mano, y hundirá muchas veces los dedos sobre los pliegues de detrás. Estos son muy calientes en verano. Cuando las guarniciones del vestido son un poco altas, el vestido no es de una ropa transparente, y la camisa es larga, se podría, colocando un pañuelo como dejo insinuado, ahorrarse el llevar enaguas, lo que da una frescura agradable; pero es mucho mejor tener un jubón de muselina muy almidonado, esto da cuerpo a la ropa al paso que es muy fresco.”
Madame Celnart. Manual para las señoras o arte del tocador, de modista y pasamanero. Barcelona: Librería de M. Sauní y Compañía. 1830. Editorial Maxtor, 2009. pp. 253-262.
