“Las mujeres de Sevilla justifican su fama de belleza; se parecen casi todas, como suele ocurrir en las razas puras y de un tipo marcado; sus ojos, rasgados hasta las sienes, rodeados de negras pestañas, producen un efecto de blanco y negro desconocido en Francia. Cuando una mujer o una muchacha pasa a vuestro lado, baja lentamente sus párpados, luego los levanta súbitamente, os lanza a la cara una mirada de un brillo insostenible, mueve las pupilas y vuelve a bajar las pestañas. La bayadera Amany, cuando bailaba «el paso de las palomas», es la única que puede dar una idea de las miradas incendiarias que el Oriente ha legado a las mujeres de España; no tenemos términos para expresar el manejo de pupilas; ojear falta en nuestro vocabulario. Esas miradas de una luz tan viva y tan brusca, que casi azoran a los extranjeros, no tienen, sin embargo, nada precisamente significativo, y se dirigen con indiferencia sobre el primer objeto que se presenta. Una joven andaluza mira con ojos apasionados a una carreta que pasa, a un perro que da vueltas tras de su rabo, a los chicos que juegan al toro. Los ojos de los pueblos del Norte son apagados y vacíos al lado de éstos; el sol no ha dejado en ellos sus reflejos.

Dientes blanquísimos y colmillos muy puntiagudos, que por el brillo se asemejan a los de los perros de Terranova, dan a la sonrisa de las mujeres jóvenes de Sevilla algo árabe y salvaje, de una extrema originalidad. Tienen la frente alta, abombada, limpia; la nariz fina, tendiendo a aguileña; la boca muy roja. Desgraciadamente, la barbilla termina muchas veces con una curva demasiado brusca, un óvalo divinamente comenzado. Hombros y brazos un poco delgados, son las únicas imperfecciones que el artista más exigente encontraría en las sevillanas. La finura de los contornos, la pequeñez de las manos y de los pies no dejan nada que desear. Sin ninguna exageración poética, en Sevilla se encontrarían muchos pies de mujer que cupiesen en la mano de un niño. Las andaluzas están muy orgullosas con esta cualidad, y se calzan en consecuencia; de sus zapatos al brodequín chino no hay mucha distancia. Con primor se calza el pie, digno de regio tapiz, es un elogio tan frecuente en sus romances, como la tez de rosa y azucena en los nuestros.

Los zapatos, ordinariamente de raso, cubren los dedos apenas, y parece que no tienen talón, pues llevan en él una cinta del color de la media. En nuestro país, una niña de siete u ocho taños no se podría poner unos zapatos de una andaluza de veinte. Así se explayan en burlas sobre los pies y el calzado de las mujeres del Norte; con los zapatos de baile de una alemana han hecho una barca de seis remos para pasear por el Guadalquivir; los estribos de madera de los picadores podrán servir de zapatillas a las ladies, y otras mil andaluzadas por el estilo. Yo he defendido cuanto he podido los pies de las parisienses, pero sólo he encontrado incrédulos. Desgraciadamente, las sevillanas no se han conservado españolas sino en los pies y en la cabeza; por el zapato y por la mantilla; los trajes de colores a la francesa comienzan a estar en mayoría. Los hombres van vestidos como figurines de modas. Algunas veces, sin embargo, llevan chaquetillas blancas, con el pantalón parejo, la faja encarnada y el sombrero andaluz; pero esto es raro, y, por otra parte, el tal traje es poco pintoresco.

Durante los intermedios del teatro se va a tomar el aire a la Alameda del Duque, que está muy cerca, y, sobre todo, a la Cristina, que es donde da gusto ver, entre siete y ocho de la noche, ir y venir a las lindas sevillanas en grupos de tres o cuatro, acompañadas por sus galanes, en ejercicio o en expectativa. Tienen un aire vivo, alegre, ágil, y saltan más que andan. La presteza con que el abanico se abre y se cierra en sus manos, el brillo de su mirada, Ja seguridad de sus movimientos, la flexibilidad ondulante de su talle, le da una fisonomía particular. En Inglaterra, en Francia, en Italia, puede haber mujeres de belleza más perfecta, más regular; pero seguramente no las hay más bonitas, ni más picantes, ni graciosas. Poseen en alto grado lo que los españoles llaman la sal. Esto es algo muy difícil de explicar en Francia: una mezcla de abandono y viveza, de respuestas atrevidas y de modales infantiles; una gracia picante, una salsa, como dicen los pintores, que puede encontrarse fuera de la belleza, y que muchas veces se prefiere a ésta. Así, en España se le dice a una mujer: «iQué salada es usted!», y es la flor más expresiva.”
Teófilo Gautier. Viaje por España. Madrid: Editorial Calpe, 1920. pp. 197-200.
Viaje por España se publicó en París en 1843.
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