El milagro de Murillo


Richard Ford. Convento de los Capuchinos, Iglesia de San Hermenegildo y murallas de Sevilla. 1831.
Richard Ford. Convento de los Capuchinos, Iglesia de San Hermenegildo y murallas de Sevilla. 1831.

          En el Museo de Bellas Artes de Sevilla se conserva, prácticamente íntegro, el retablo que realizó Bartolomé Esteban Murillo para el altar mayor de la iglesia del convento de los Capuchinos de Sevilla entre 1665 y 1669. El convento, fundado en 1627, sufrió la invasión napoleónica y tras la desamortización de Mendizábal, únicamente se conservó la iglesia para el culto siendo el resto del edificio destinado a hospital. La Orden de los Hermanos Menores Capuchinos fue fundada en 1525, se trata de una rama de la Primera Orden de San Francisco fundada por San Francisco de Asís en 1209. Los capuchinos visten hábito marrón unido a la capucha, tal como lo usaba el mismo fundador.

Bartolomé Esteban Murillo. San Leandro y San Buenaventura. 1665-1666. Museo de Bellas Artes de Sevilla.
Bartolomé Esteban Murillo. San Leandro y San Buenaventura. 1665-1666. Museo de Bellas Artes de Sevilla. Sevilla.

          En 2017 con motivo de la conmemoración del cuarto centenario del nacimiento del maestro, el museo sevillano expuso el retablo al completo. Para tal fin El Jubileo de la Porciúncula, que se conserva en el museo Wallraf-Richartz de Colonia, fue trasladado a Sevilla. El gran lienzo (4,3 metros de alto por 2,95 de ancho), que representa la aparición a San Francisco de Cristo y la Virgen en la capilla de la Porciúncula, ha sido cedido a la pinacoteca hispalense por un periodo de diez años a cambio de su restauración. Para tal fin se habilitó un espacio en la sala V del museo, en el que a través de una pequeña ventana, el visitante podía ir siguiendo la evolución del trabajo.

Bartolomé Esteban Murillo. Santa Justa y Santa Rufina. 1665-1666. Museo de Bellas Artes. Sevilla.
Bartolomé Esteban Murillo. Santa Justa y Santa Rufina. 1665-1666. Museo de Bellas Artes. Sevilla.

          Murillo trabajó para la Orden de los Capuchinos entre 1666 y 1670, sus años de plenitud creativa. Junto a los lienzos del retablo mayor, el artista pintó otros seis para las capillas laterales, que también conserva el museo sevillano. Durante la realización del conjunto, Murillo y su taller se alojaron con los frailes en el mismo convento. Nos encontramos ante uno de los ciclos pictóricos más importantes del Barroco español, no solamente por su calidad artística, sino por el mensaje que emana: una religiosidad que trata de ofrecer al fiel consuelo y esperanza. Un mensaje de perdón, caridad y bondad que llega claramente al espectador sin necesidad de complejas metáforas. En palabras del profesor Valdivieso: “Murillo fue un pintor que desdramatizó la vida religiosa. Antes que él, quien había presidido la pintura sevillana era Zurbarán, y tú coges su catálogo y no ves nunca nadie que sonría, debido a las normas de costumbres que hasta esa época estaban rigurosamente controladas por la iglesia. Pero llega la época de Murillo y se encuentra una ciudad arruinada y que había caído en desgracia después de la peste. Eran momentos de desesperanza, entonces la iglesia no podía seguir apretando de la manera rigurosa, fomentando la oración y el arrepentimiento de los pecados, el miedo al infierno… lo que hizo fue abrir un poco la mano, para que el cielo aparentase ser más comprensivo con la tierra, y que los personajes del cielo mandasen mensajes de alivio, de consuelo, y ahí está Murillo” y continua: “Murillo no es el que inventa eso, es el mundo social y económico, que en una circunstancia determinada hace que quieran comunicarse mejor, transmitir que el cielo nos acogerá, que aunque la vida es un valle de lágrimas, seremos recompensados con la gloria celestial, donde veremos para siempre a Dios… todo eso consolaba y ayudaba… a mostrar unas vírgenes amables, unos niños cariñosos, unos santos que abrazan a los personajes de la tierra, se alivian, y no son tan tensos ni tan duros como los que utilizaba Zurbarán. Desaparece la contundencia tanto en el dibujo como en el colorido. Todo se ablanda, se aligera, se vaporiza, se hace más etéreo”.

Bartolomé Esteban Murillo. San Antonio de Padua con el niño. Hacia 1665. Museo de Bellas Artes. Sevilla.
Bartolomé Esteban Murillo. San Antonio de Padua con el niño. Hacia 1665. Museo de Bellas Artes. Sevilla.

          Todo el conjunto artístico logró evitar el expolio del mariscal Soult, aunque parte fue requisado en el Alcázar de Sevilla donde permaneció, mientras el resto del retablo fue trasladado a Cádiz para evitar que cayera en poder de los franceses. Posteriormente El Jubileo de la Porciúncula estuvo custodiado en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en Madrid. En 1814 todas las pinturas fueron devueltas a su primitiva ubicación, siendo restauradas por el pintor sevillano Joaquín Bejarano, a quien los frailes regalaron El Jubileo de la Porciúncula. Desde 1828 el cuadro pasó por diferentes manos hasta que en 1876 entró a formar parte de la colección del Museo Wallraf-Richartz de Colonia.

Bartolomé Esteban Murillo. Jubileo de la porciúncula. 1666. Museo Wallraf-Richartz. Colonia.
Bartolomé Esteban Murillo. Jubileo de la porciúncula. 1666. Museo Wallraf-Richartz. Colonia.

A continuación las impresiones que dejó Antonio Palomino en su tratado El museo pictórico y escala óptica publicado entre 1715 y 1724:

          “No dan menor testimonio de su ventajosa habilidad los mudos panegíricos de los diez y seis lienzos de la iglesia de los Capuchinos de dicha ciudad, todos muy grandes, y verdaderamente grandes lienzos. Y especialmente uno, que él llamaba su lienzo que es santo Tomás de Villanueva dando limosna á los pobres, donde está uno de espaldas recibiéndola que parece verdad. En el altar mayor tiene el del Jubileo de la Porciuncula, de mas de seis varas de alto, que parece estar allí la gloria; porque está Jesu-Christo con la cruz mirando a su Madre santísima á la mano derecha intercediendo por aquel gran beneficio de los mortales, y tanta diversidad, y hermosura de los angeles, que cuando lo vieron los pintores dixeron, que hasta entonces no habian visto que cosa era Pintura ni colocar un quadro en aquella distancia.”

Bartolomé Esteban Murillo. Santo Tomás de Villanueva dando limosna a los pobres. 1668-1669 Museo de Bellas Artes de Sevilla.
Bartolomé Esteban Murillo. Santo Tomás de Villanueva dando limosna a los pobres. 1668-1669 Museo de Bellas Artes de Sevilla. Sevilla.

4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Radosal dice:

    Bien mirado, para mí lo verdaderamente milagroso es que consiguiera tanto con tan pocos medios, especialmente en gama de colores.

  2. Stella Cerón R dice:

    Gracias doctora Bárbara, a través de tu obra nos transportas, nos haces vivir y sentir estos bellos milagros para goce de nuestro espíritu. Y tal como hizo Murillo, aún en las tinieblas de la peste, hoy queremos sentir que hay esperanza y después de esta pandemia veremos más sonrisas y más niños felices.

    1. Muchas gracias por tus palabras Stella. Me alegra haberte producido esa impresión. Un saludo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s