El turismo de masas se ha convertido en uno de los grandes azotes de nuestro tiempo. Pocos lugares lo escenifican tan bien como el Museo del Louvre, el gigantesco palacio parisino de los reyes de Francia, transformado en museo tras la Revolución Francesa. El Louvre es inmenso, inabarcable en una sola jornada, tanto por la magnitud de sus colecciones como por los tesoros que alberga, desde el Código de Hammurabi hasta La Libertad guiando al pueblo. Sala tras sala, quedamos maravillados al contemplar esas soberbias piezas que nos hablan de la fascinante historia de la Humanidad, como los colosales toros alados del palacio del rey Sargón II, un fragmento de las panateneas del Partenón o la orgullosa Victoria de Samotracia haciendo frente al viento.

El Louvre ofrece poderosos contrastes, no solamente en cuanto a la diversidad de obras que atesora, sino en sus mismos espacios, ya que hay salas en las que reina un apacible silencio, pero basta con avanzar hacia las zonas más concurridas para que la atmósfera cambie de forma abrupta. Surgen entonces las colas, el trasiego incesante de centenares de personas en todas direcciones, el ruido, la confusión. La multitud avanza hacia la sala de pintura italiana del siglo XVI y, al fondo de una selva de brazos y teléfonos móviles, apenas se adivina la Gioconda, la enigmática joven de la sonrisa más célebre de la historia. Desde hace tiempo, la Mona Lissa sonríe tras un cristal, se la contempla como a una estrella de rock, protegida por una valla y vigilada por bedeles obligados a trabajar en un espacio de continua sobreexcitación.

Y, sin embargo, en esa misma sala reposan otras maravillas casi ignoradas: La Venus del Pardo, de Tiziano, que parece seguir durmiendo tranquila a pesar del barullo reinante, o las inmensas Bodas de Caná, de Veronés. Permanecer allí un rato, observando esas obras (lo que permite el gentío y el ruido) y al mismo tiempo el fragor de los turistas, suscita varias preguntas inevitables: ¿qué sentido tiene visitar un museo solo para arrancar una fotografía entre empujones? ¿Por qué se tolera semejante desorden en un lugar que debería invitar al respeto? ¿Qué buscan realmente quienes llegan, a veces, desde la otra punta del mundo? ¿La prueba fotográfica para colgar en redes? ¿Se debería prohibir, como se hace en El Prado, hacer fotografías, lo que disminuye drásticamente las aglomeraciones ante determinadas obras? ¿Por qué la Gioconda despierta tal expectación, cuando a su alrededor hay joyas a las que nadie mira?
![Veronese, P. (1563). Las bodas de Caná [Óleo sobre lienzo]. Museo del Louvre, París, Francia.](https://barbararosillo.com/wp-content/uploads/2026/06/paolo_veronese_008-1.jpg?w=1000)
Los museos no pueden convertirse en parques temáticos, pero ¿cómo se puede organizar ese aluvión continuo de miles y miles de visitantes? Los museos son lugares de observación, de deleite, de reflexión y de sosiego. Las obras de arte exigen una determinada disposición interior en quien las contempla, y el estruendo, desde luego, no contribuye. Los móviles y las redes sociales son una realidad aplastante y no hay marcha atrás, aunque no vendría mal una cierta reflexión que pusiera coto a estos disparates.